SU ÚNICO OJO. Andrea Ciria 

Letras bajo el volcán

Bajo el volcán es la novela que convirtió a una región de México en un hito literario. Cuernavaca, en particular, y Morelos, en general, se reconocen en ese Quauhnáhuac donde Malcolm Lowry sitúa su narración. Pero en ese mismo territorio, a medio camino entre la historia y el mito, personajes como Hernán Cortés, Alexander von Humboldt, Maximiliano y Carlota, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, Tamara de Lempicka, Pablo Neruda, Elena Garro, Gutierre Tibón, Erich Fromm, Iván Illich, Manuel Puig, entre muchos otros personajes, hallaron un espacio de sosiego y libertad que enmarcó sus proyectos.

Siguiendo esa tradición cultural, desde las últimas décadas del siglo XX, oriundos y residentes de la región —no hay distinción entre unos y otros— han nutrido un diálogo literario en el que se reúnen diversas voces, géneros y promociones. La sección “Letras bajo el Volcán” en Nagari Magazine busca precisamente tender un puente intelectual entre este fluir artístico de Morelos y el movimiento literario en español de Estados Unidos. Mes a mes se presentará una escritora o escritor morelense cuyas letras gozan de luz propia. El objetivo es claro y único: que en la literatura nos reconozcamos como parte de esa patria grande y transcendental que es el castellano en el Mundo.

En esta segunda entrega compartimos “Su único ojo” de Andrea Ciria

Xalbador García

Su único ojo.

Teníamos la misma edad. La primera vez que la vi fue desde la ventana de mi habitación. Ahí estaba aquella niña, en el ventanal, sentada en su silla de ruedas; el cabello negro le cubría toda la cara, salvo un ojo. También me miró. Con ese único ojo. Tenía la cabeza enorme, como un globo muy inflado atado a su delgado cuerpo inmóvil y escurrido.

Mamá y yo salimos de casa. Debíamos comprar mis útiles escolares para el primer grado, además del uniforme del colegio nuevo: zapatos negros, pantalones grises, chaleco rojo y una camisa blanca con un bordado de coronas en el bolsillo. Mi madre me enseñó el camino que debía tomar para ir a la escuela, tan cerca de casa que esta vez podría hacer el recorrido yo solo, caminando, sin que nadie me dijera por dónde ir. Por fin utilizaría el uniforme del colegio que tanto me gustaba. Llevábamos todo en bolsas: cuadernos, lápices, libros, crayones.

A pocos metros de llegar a la casa, mi madre señaló las calles, me dijo sus nombres. Fue ahí donde la vi de cerca. Arrumbada en su silla de ruedas, empujada por un hombre gris y en los huesos que vestía un overol percudido y desgastado, la niña con cabeza de globo miraba el suelo. Las ranuras en la banqueta hacían que sus labios temblaran y que largas gotas de saliva cayeran en su regazo. Mi madre apretó mi mano cuando pasamos junto a ellos, como advirtiéndome que guardara compostura. Ella los saludó cordialmente; yo miré a la niña, su rostro, su ojo descubierto, negro profundo, inquieto. Lentamente lo movió, bailó y después se detuvo a la altura de los míos. El hombre y su hija pasaron de largo y mi madre disminuyó la presión que ejercía en mi mano.

La noche antes del primer día de clases, la niña me miraba a través de su ventanal. Su ojo no se movía. Alisté mis cosas y me fui a la cama. Me sentía incómodo, observado. Me asomé por la ventana. Ella seguía ahí, iluminada sólo por el tenue tono ambarino de la luminaria de la calle. Adiviné el movimiento de su ojo y sentí que recorría toda mi habitación. Cerré las gruesas cortinas castañas, con su nefasto estampado de flores, y regresé a la cama.

Salí temprano rumbo al colegio. Al pasar por la casa de la niña levanté la mirada hacia el ventanal mientras caminaba. Por poco me estrello con ella. La remolcaba al jardín el famélico hombre de ojos hundidos con oscuras bolsas de piel. No pude seguir andando. La dejó ahí después de cubrirle las piernas con un abrigo marrón. Ella movió su ojo, que lloraba. Un gato gris de ojos verdes se acercó a su silla. Maullaba de forma demandante. Entonces estornudé y el felino me descubrió. Anclado a la banqueta, sentí las gotas de sudor recorriendo mi espalda bajo el chaleco rojo. El gato se acercó.

—Dado  —dijo ella.

Su voz parecía salir de una lata.

Mi primer día en el colegio nuevo transcurrió rápidamente. Sospeché, desde las primeras horas en el salón de clases, que no querría regresar caminando. Al llegar a la acera frente a su casa, ella no estaba en el jardín. Suspiré aliviado. Mi madre me esperaba con la mesa puesta.

—Habrá una reunión en la escuela. Es para platicar sobre las excursiones —le entregué un documento que la citaba al día siguiente—. Mamá, ¿podrías ponerte un vestido?

Puso los ojos en blanco. Después de comer subí a mi habitación. No miré por la ventana. Me contuve para no hacerlo, hasta que escuché a su gato. Me asomé y la vi ahí, como siempre, en el ventanal, con el ojo fijo en mí. El felino había entrado en mi pieza. Temí que mi madre lo descubriera porque odiaba a los animales, en especial a los gatos. Maullaba exigente, inquieto. Intenté ahuyentarlo sacudiendo las manos, pero fue inútil. Apareció mi madre, cansada. Pasó junto al gato con indiferencia y me miró, como siempre, triste, desahuciada. Colocó sobre mi cama la ropa limpia y me dio las buenas noches. No pude evitar mirar a la niña al cerrar las cortinas. El acoso de su ojo me hizo temblar. Temí que me mirara por siempre. Entonces me enfurecí. Abrí la ventana y la miré de regreso, retándola para que dejara de perseguirme con su mirada. Ella levantó su brazo escuálido y tembloroso. Respondí a su saludo con una seña obscena y cerré las cortinas floreadas nuevamente.

Mi madre y yo salimos temprano al día siguiente. La niña estaba en el jardín, con el gato en sus piernas. El hombre esquelético se aceró a su hija y le colocó el abrigo marrón sobre los hombros. Mi madre asintió a manera de saludo y apuramos el paso. Pensé en decirle que la niña me observaba a toda hora, pero temí sus respuestas, siempre evasivas.

La primera excursión del año sería al zoológico de la ciudad. Ya había estado ahí antes y recordaba bien los senderos de tierra y graba, y las jaulas con tigres, leones, panteras, linces. Los niños y sus padres en la reunión observaban a mi madre. No podía esperar a que se fuera. Verla vestida siempre así me causaba repulsión. Al finalizar la charla, la maestra llamó a mi madre; yo regresé al salón de clases. Un compañero, con quien apenas había entablado conversación el día anterior, se me acercó con mirada temerosa.

—¿Tu padre está enfermo? —no valía la pena responderle. Yo no sabía dónde estaba mi padre ni si estaba enfermo—. ¿Quién es Dado?

No sé qué me molestó más, si la curiosidad del niño o mi madre, que no se puso un vestido.

Esa tarde regresé furioso. Pasé frente al jardín de la niña con cabeza de globo sin levantar la mirada. Entré en la casa y cerré la puerta bruscamente. Mi madre reparaba las bisagras de la puerta de una alacena. Caminé hacia ella y la examiné sin miedo.

—¿Tenías que ir vestida así?

—La comida está lista.

No comí. Para ella era normal ver que dejaba mi plato intacto.

El gato estaba en mi habitación. Dormía sobre el abrigo marrón. Lo hice a un lado y me metí en la cama.

El día de la visita al zoológico me alisté más pronto de lo usual. Corrí rumbo a la escuela, aliviado de no ver en el jardín a la niña del ojo con su gato. Todos mis compañeros estaban formados para subir al enorme camión amarillo con foquitos multicolores. La maestra me puso en primera fila, aunque fue el último en llegar. Mi madre, supuse, había causado el efecto deseado de lástima para que pensaran que era una pobre moribunda, y ahora hasta la maestra sentía pena por mí.

Al entrar en el camión, sentí que el corazón se me atoraba en la garganta. La niña con la cabeza inflada estaba ahí, pálida, babeante, con su ojo descubierto, en un lugar reservado para discapacitados. Caminé velozmente hasta el último sitio. Atrás, lejos de ella, donde se sienta la gente normal. Antes de partir, la profesora se paró al frente, a un lado del conductor. Llevaba una carpeta y fue sacando, uno a uno, dibujos que habíamos hecho en clase.

—Tenemos de todo un poco —sacó un amasijo de papeles—. Gatos, perros, canarios, tortugas, conejos, loros y hasta un caballo —el chofer encendió el motor—. Voy a entregarles sus dibujos para que los muestren a sus compañeros.

Me entregó un dibujo del gato gris:

—Dado. Lindo nombre.

El zoológico era un laberinto; subidas, bajadas, jaulas, espacios abiertos. La celda con enormes felinos me enloqueció de gusto. La maestra, que empujaba a la niña escurrida en su silla, se acercó y tomó mi mano.

—Mira, corazón, son como tu Dado, pero mucho más grandes y peligrosos.

La niña señaló una pantera:

—¡Dado!

En ese momento, una de mis compañeras, también estúpida y lisiada, se derrapó bruscamente y su cabeza impactó contra un muro.

—¡Cuídala! Ponle el seguro, el freno a la silla —la profesora corrió a auxiliar a mi compañera.

La niña del gato me miró con su ojo profundo, infinito. Tal vez intentó sonreír, pero el cabello cubría su boca. Entonces levantó una mano temblorosa, consumida, transparente. Quería tocarme. Giré la cabeza para no mirar su ojo, y descubrí un sendero estrecho que bajaba, empinado… perfecto. Desembocaba en un lago con tiernos patos y elegantes cisnes. Empujé su silla, corrí con ella y la dejé ir.

Mientras el agua inflaba mis pulmones, pensé que no extrañaría a mi padre, en los huesos y encorvado. Lo imaginé mirando por el ventanal, hacia las cortinas floreadas, acariciando a Dado, dormido sobre el abrigo marrón, arrugado, en el asiento de mi silla.

© All rights reserved Andrea Ciria

Andrea Ciria Ciudad de México, 1979. Novelista y cuentista. Maestra en literatura. 1er lugar: XXII Concurso Nacional de Cuento “Mujeres en vida”: Homenaje a María Luisa Bombal, 2019; mención honorífica: antología Mala leche, Convocatoria para Obra Inédita, Secretaría de Cultura del Estado de Morelos, 2019; 1er lugar: Publicación de Obra Inédita Lengua de Diablo Editorial, Conjeturas imposibles, 2017; mención honorífica: Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila (2015).

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