MI PRIMER MOTEL. Una confesión erótica infantil. Eduard Reboll

El primer beso que di en mi vida fue a la puerta de un armario, en casa de mi prima. Yo tenía ocho añitos y ella casi diez. “Si quieres besarme…primero tienes que practicar aquí ” me dijo con sus gafas verdes de culo de botella y una vanidad hermosa en sus gestos que atraía mis sentidos…“ A mí no me besa nadie si no sabe cómo hacerlo” Después me acerqué a su pecado y, a la par, inauguramos nuestro inicial juego de médicos. Sin más bisturí que los deditos que la infancia permite, y con el olor aún a barniz que desprendía la madera, pensé que el mundo empezaba a dividirse entre lo prohibido y la lujuria.

Todo sucedía en una cabaña improvisada, hecha con plásticos y cañas de río, en una habitación donde, teóricamente, estaba destinada a la criada. (La criada no estaba). Al fondo del dormitorio había una galería pequeña donde se tendía la ropa. Allí desprendíamos los copos del jabón de lavar Omo y nos lo pasábamos de mano en mano para absorber mejor su aroma y desmenuzar como juego su cera entre las uñas. La ropa limpia recién salida de la lavadora era el perfume para inaugurar al final nuestras fantasías de ternura. Y la ropa sucia de toda la familia que se amontonaba en el suelo, la utilizábamos como colchón improvisado para nuestros primeros pecados: la lencería de la abuela, los pantis negros agigantados de mi tía, los delantales repletos de sangre y vísceras de pescado que mi tío Manu usaba para vender en el mercado de la Boquería de Barcelona, o las medias de costura carmelita que servían para cubrir las piernas perfectas de mi otra prima Isabel. Aquellas libras y libras de ropa nos servían de atmósfera para hacernos preguntas como ésta: ¿Por qué los grandes utilizan tantas cosas para taparse la tita y la figa? Mientras, investigábamos las forma cónica o labial de nuestros órganos reproductores, regresaba la pregunta freudiana que aún marca nuestra vidas. ¿Por qué tú tienes eso y yo no? La angustia por ser pillados por nuestros padres era otra de las sensaciones mixtas de placer y culpa que gobernaban nuestras vidas.

Esta pasada Navidad, en la cocina de mi prima Flora, desmenuzábamos un hermoso pollo horneado con ciruelas pasas y piñones. Al yo hincar demasiado el tenedor de servir en la pechuga de la bestia, salpicose el jugoso caldo interior del ave, y manchó sin piedad un lindo delantal blanco con flores rojas y verdes que mi prima iba a utilizar para servir el ágape en la mesa. “Hazme un favor…desabróchame el delantal y ponlo en la lavadora”. De repente, me coloque detrás de su figura, y deshice el nudo que tensaba su vientre y su pecho. “Ahora abre la puerta de la galería y déjalo por ahí, que yo lo lavo después”.

Ejecutado su mandato sin cuestionarla: la miré. Y mientras se chupaba las yemas de sus dedos con la salsa del guisado navideño me dijo: “Ni se te ocurra. Con los calzoncillos sucios de mi marido en la canasta… esto sería un fracaso seguro”. Yo, a mi edad, me limité a sonreírle plácidamente, y me senté a conversar con la familia sobre el sexo de los ángeles.

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Eduard RebollEduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

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