MELVILLE EN MAZATLÁN DE VICENTE QUIRARTE. Xalbador García

El hombre que se ha enfrentado al mar comprende la insignificancia de la vida humana y la enormidad de la naturaleza, los pliegues del miedo y los matices del asombro, las capacidades del amor y las bendiciones de la soledad. Frente al mar y sus criaturas nos quedamos impávidos. Siempre en movimiento, el oleaje es ajeno a nosotros y, sin embargo, susurra nuestro nombre. Exige silencio. Hay que callarse para escucharlo. Su sonido es la respiración del universo.

A Herman Melville le gustaban las palabras del mar. Las palabras que le recordaran el sabor húmedo y salado de los puertos. Mazatlán era una de ellas. La repetía armoniosamente para no olvidar el océano y sus enseñanzas. “Ma-za-tlán, Ma-za-tlán, Ma-za-tlán”, el joven Melville cantaba, pensando en aquella mujer que había visto, a mitad del siglo XIX, en costas mexicanas: “Recuerdo además una mulata monumental, vasta, elástica y airosa, no obstante su humanidad elefanta, con una charola de fruta en la cabeza: la pregonaba como si en su voz estuvieran todos los colores de las joyas comestibles que ofrecía”.

Así nos lo presenta el académico, poeta y escritor Vicente Quirarte en la obra Melville en Mazatlán, una deliciosa pieza que nace del guiño entre ficción y realidad, el cual se da entre el puerto mexicano y el novelista neoyorquino. En la calle Constitución se ubica el hotel The Melville –explica el texto de presentación–, cuya fachada muestra a los visitantes un poema como recordatorio de las tres semanas que el escritor, a bordo de la fragata United States, permaneció frente a la bahía. Según datos biográficos, durante ese tiempo de espera en el barco, Melville nunca habría tocado tierra mexicana. Aspecto sin importancia cuando la literatura entra en salvación de la historia.

La pieza que ya fue presentada, a inicios de 2015, en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario UNAM, con las actuaciones de Arturo Ríos y Pedro de Tavira Egurrola, bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón, ahora se ofrece en forma de un hermoso y cuidado libro, como parte del proyecto editorial Ardiente Paciencia, concebido por Frédéric-Yves Jeannet y el propio Quirarte.

Al respecto, en el registro de pliegos se menciona: “El diseño es de Mónica Zacarías Najjar, quien acudió a tipos de la familia Espinosa Nova, cuya interpretación digital fue dibujada en 2010 por Cristóbal Henestrosa, a partir de tipos empleados por el impresor novohispano Antonio de Espinosa, fundidor y cortador del siglo XVI. Gabriela Ordiales tuvo a su cargo el cuidado editorial”.

Con esta destacable propuesta editorial, el texto de Quirarte nos deja ser espectadores del encuentro entre un Melville joven y un Melville viejo. El hecho pudo haber ocurrido tras el desembarco del primero en cuyo viaje conoció Mazatlán. También puede situarse a principio de la década de los ochenta del XIX, cuando la vida del escritor tomaba tintes de ocaso. La obra que discurre entre esos dos polos, juventud y vejez, va navegando por los asuntos imprescindibles para los protagonistas. El mar, las ballenas, el suicidio, la pérdida, el amor y la escritura son los puntos esenciales de la cartografía de Quirarte.

El joven Melville es una fuerza nutrida por el entusiasmo. El mundo todo cabrá en sus palabras. Lo sabe. No hay duda en sus argumentaciones. Desde la inocencia forja su destino. El viejo Melville, en cambio, saborea la desgracia de la escritura, ha conocido la perversión de los años y su alma está podrida por el dolor de haber perdido a su hijo. Son el mismo y son diferentes. Dos polos que todos padecemos por la necesidad de querer ser y el sabernos traicionados de lo que hemos sido: “La gran pregunta, la única, es por qué permanece el mal y la juventud destruye y desaparece”, se establece en la obra.

Sobre la literatura el viejo Melville argumenta: “El escritor nace para perturbar conciencias. Es un profesional de la subversión. Es el hombre invisible. Trabaja primero para vencer a sus propios fantasmas, llamados conformismo, silencio, medianía. Escribir es alterar al otro, decantar las palabras que transforman el fulgor momentáneo en obra permanente. El trabajo del escritor es dominar el miedo, utilizarlo y hacerlo cómplice y aliado”. Y cierra con una frase brutal. El viejo Melville le asegura al joven: “Si quiere ser feliz, como toda la multitud inerte, no escriba”. Es cierto lo que asegura el personaje de Quirarte. La literatura no sirve para hacernos felices, la literatura sirve para hacernos libres.

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).

Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la CulturPoesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años. 
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra.

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