MARÍA DE AGUA. Raúl Victoriano

En medio del cardumen tu historia se presenta como un tiempo que surge desde los confines del pasado. Aunque ni vos ni yo somos peces, formamos parte de la vida. Miro hacia la profundidad sin horizontes rectos, en el silencio líquido que me rodea, y me pregunto si vos también estarás inmersa en tu mar tórrido, tan alejado de estas aguas meridionales, porque te imagino rodeada de corales y moluscos gigantes quietos sobre el fondo marino de arena clara.

Por aquí todo es tan profundo y oscuro que no alcanzo a ver los vestigios de los navíos hundidos. Ni palos, ni arboladuras. Ni cascos, ni anclas oxidadas.

Hace rato que te pienso, acodado en la mesa y con la mirada perdida, en mi invierno, al calor de los leños encendidos en el hogar.

Mientras el licor reposa en el vaso hago un alto en esa tarea, corro la cortina y me asomo por detrás de los vidrios de la ventana cerrada, para observar el jugueteo del agua en la orilla. Titán ha movido la cola con arte expresivo al ver que yo he dejado de estar sentado. Mi perro espera que salga a caminar con él por la playa. Y puede que lo haga. Hay luna llena, como a él le gusta.

Me pongo la campera porque afuera hace frío.

Sopla una brisa helada que viene de lejos, desde el océano hacia el continente, nacida en los témpanos que se han desprendido más al sur.

Bajo con mi perro por la escalera estrecha de cinco peldaños. Mis botas aplastan la grava gruesa y escucho cómo las suelas mastican los granos a cada paso, dejando las huellas marcadas con la precisión de la geometría.

—María, te extraño mucho.

Recuerdo el último verano que estuve con vos en tu cabaña del Caribe, sobre la costa de tu isla volcánica, pequeña como vos, con una ladera curva y frondosa de plantas de perfumes dulces.

Fue en la estación de las lluvias.

La primera noche bailamos descalzos sobre el sencillo muelle flotante, hasta que el mulato de la banda de música se tuvo que ir y nos quedamos sin la alegría de la percusión.

Ante mi asombro me llevaste a compartir tu cama con el mandato de una diosa que dispone de sus libertades. Pero siendo mortales, ni vos ni yo fuimos capaces de vencer a las tres tentaciones del amor: la sensualidad, el erotismo y la embriaguez del agotamiento. El muchacho rubio entonó boleros encantadores hasta el amanecer y vos me los susurrabas al oído —porque oíamos las melodías a través de las ventanas abiertas de la choza—, de modo tal que el placer de la posesión de los cuerpos fue tan inmaculado como el azúcar.

—¿Me creés, María?

Una vez agotado el frenesí del deseo no me cansé de recordar que yo, solo un Hermes terrenal, viajero, ladrón y mentiroso, había poseído a la magnífica Afrodita del Olimpo caribeño.

Aún hoy lo siento así.

Cavilando en la noche salina te escucho, te oigo en el rumor de las aguas agitadas por el aire y ensueño que tu aliento acumula las gotas de escarcha que cuelgan de mi barba. Si la tonada latina de tu voz no me cuenta historias de amores apasionados me siento un niño en orfandad, me falta el salobre contacto de tus labios tanto como el sabor agrio de tu sexo.

Mañana con mi traje de buzo me sumergiré en el mar con el anhelo de acortar las distancias entre ambos hemisferios. Llevaré en mi mente el mensaje que he estado pensando y lo soltaré en medio del cardumen. Los peces lo llevarán a tu playa y vos sabrás entender el significado a través del canto de los tiburones plateados.

Quisiera que me envíes una respuesta.

Sin sobre ni papel.

Solo escribila en el viento para que él la introduzca a través de las hendijas de esta casa solitaria, amparada en las dunas oceánicas, y la deposite en el licor de mi vaso, que yo sabré cómo descifrarla.

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Este relato pertenece al libro Cielo rojo de Raúl Ariel Victoriano. Editorial Autores de Argentina. 2018

© All rights reserved Raúl Ariel Victoriano

Raúl Ariel Victoriano nació en la ciudad de Lanús, provincia de Buenos Aires, Argentina. Ha obtenido diversos premios en concursos literarios realizados en Argentina y España. Algunos de sus cuentos han sido incluidos en antologías de estos mismos países y en revistas literarias de Argentina, España, Estados Unidos, México y Costa Rica. Ha publicado los libros: El sonido de la tristeza (2017), Páginas barrocas (2018), Escarcha (2018) y Cielo rojo (2019).

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