LA MAESTRA Y LA FOTO EN EL ESPEJO. Liana Fornier De Serres

Arturo había comenzado la tarea de aprontar las mesas para el desayuno. Cuando llegó a la de Lucía, la maestra, alisó cuidadosamente el mantel, puso los cubiertos con esmero y la panera frente a ellos. Sacó un croissant de los que doña Ana, la dueña de la pensión, guardaba solo para los domingos. En un plato pequeño, colocó dos trozos de mantequilla en vez de uno, que era lo acordado. Hacía un mes que Lucía había llegado a la pensión. Arturo la recibió con un apretón de manos y ella lo miró con extrañeza. Ana interrumpió el momento y le dio la bienvenida. Doce años atrás, Lucía había estado alojada con ellos durante tres meses, supliendo a una colega de la escuela. En ese entonces, Arturo tenía diez años y dificultad para hablar. Lucía, había preguntado a doña Ana la causa. La respuesta fue evasiva; «antes hablaba, pero más tarde dejó de hacerlo».

Después de servir el desayuno, Arturo se ubicó en otra mesa: disfrutaba verla tomar su café. Con pequeños sorbos, ella terminaba rápidamente el pan y la mantequilla. En algunos momentos él recibía su mirada, la misma del primer día, interrogante, como si buscara en su rostro una respuesta, un destino. Con otra taza de café y el croissant, daba por finalizado el desayuno y se marchaba a la escuela. Era amable con las personas, pero reservada.

Por las tardes, sentado en el porche, Arturo espera su regreso. Las clases finalizan cuando baja el sol. Es bonito verla acercarse con su paso elástico, ágil, su cabello recogido en una cola de caballo y sus ojos, cuyo color es un misterio que él no ha podido resolver, así como su propio origen, quiénes fueron sus padres.

A sus ocho años, con señas que Ana entendía, comenzó a preguntar por su mamá: la primera, acotaba con un dedo. A Ana, le había llamado: la segunda. «Eras un bebé hermoso. Llegaste en un invierno que me obligaba a tener tu cuna en la cocina, al abrigo del calor de mis guisos y siempre te he querido como el hijo que no tuve».

Él le señalaba la cuna gemela, para dos niños, que todavía estaba arrinconada en una esquina de la enorme cocina. «Sí, cierto, la cuna es para dos niños, pero solo tú eres mi hijo, a tu hermano, nunca lo he visto». Arturo se refugiaba en sus brazos y la besaba.

También a esa edad había comenzado la escuela, con ciertos reparos de la maestra de entonces, reparos que no tuvo Lucía al hacerse cargo de las clases durante la suplencia. Con el regreso de la profesora anterior, Ana decidió suspender su estudio. Al niño no le importó dejar la escuela. Lo entristecían las burlas de sus compañeros. Él quería expresarse, pero solo lo podía hacer con señas. Cuando las risas se convertían en coro, él regresaba a su asiento con la cabeza baja. Un mechón de pelo rubio caía rebelde sobre su frente, pero sin ocultar la armonía de su rostro.

Ana, comenzó a enseñarle a limpiar los cuartos de los huéspedes y con el paso del tiempo, en la medida en que él fue creciendo, le incorporaba otras tareas, como asear y aprontar el comedor antes y después de las comidas, incluso, servirlas. Con buen humor y el beneplácito de Ana, tomó posesión de esa rutina.

Distribuía bien su tiempo. Por las mañanas, temprano, disfrutaba de un paseo. En el camino de regreso, saludaba con la mano a los que ya salían para sus trabajos. El pueblo era pequeño. Algunos se reían de él, de su vaivén al caminar, de sus esfuerzos para expresarse, pero la mayoría le tenía cariño.

Arturo cumplía veintidós años cuando regresó Lucía. Ana, había organizado un pequeño festejo junto a los huéspedes, a la hora del desayuno. Algunas de las personas preguntaban acerca de ese joven que, a pesar de su limitación, era la mano derecha de la dueña. Apuesto, fuerte y siempre decidido a solucionar algún problema. Como término de la reunión, Ana quiso compartirles un recuerdo.

—La primera vez que llegó Lucía, ese día Arturo cumplía diez años. Me había pedido una red para cazar mariposas que, por supuesto, le regalé. ¡Estuvo feliz! ¡Corrió toda la mañana detrás de ellas! ¡Así conoció a la maestra, en medio de su caza de mariposas!

«Sí, Arturo lo recordaba. Las recogía en un frasco transparente y se maravillaba con la mezcla de colores. Estaba por retirarse cuando voló hacia él la roja y negra. Esa, no la tenía. La tomó, y vio a Lucía que se acercaba sonriendo. La brisa hacía ondear su cabello negro, esparcido sobre una camisa roja. Pensó que se parecía a la mariposa que acababa de atrapar.

—¡Hola! Soy Lucía, la nueva maestra. ¿Cómo te llamas? Él la miró, asombrado.

—¿Mañana nos veremos en clase?

Afirmó con la cabeza, abrió el frasco y sacó la última que había guardado. Se la ofreció. Sus dedos se rozaron un instante y él retiró rápidamente la mano. Bajó la mirada, confundido. Antes de seguir su camino, ella le dijo:

—¡Gracias! ¡Es preciosa!

Arturo la siguió con la mirada. Abrió el frasco, lo puso en alto y liberó las mariposas. Solo deseaba la roja y negra».

Como todas las tardes, él estaba sentado en el porche. Balanceaba la mecedora rítmicamente; hacia adelante y hacia atrás. Esperaba su regreso, las clases ya debían haber terminado. Ella estaba demorando más que de costumbre y Arturo empezó a preocuparse. Bajaba ya el sol y el cielo consumía lentamente sus colores. Una serenidad gris pronosticaba el fin del día. Como una premonición y acompañada por la brisa del atardecer, llegó la primera estrella, la que no titila, y Lucía después. Se acercaba con un paso diferente, más lento que de costumbre, su rostro traía una expresión que el joven no supo interpretar, su cabello en cola de caballo se había soltado y acoplado a su andar formaban una cadencia maravillosa. La boca de Arturo se abrió en un movimiento rápido. Con la perplejidad estampada en su rostro la vio pasar delante de él sin recibir su saludo habitual, como si no lo hubiera visto, como si ella no fuera capaz de distinguir, en ese momento, más que sus sombras internas. Al pasar a su lado se le cayó un trozo de periódico que Arturo recogió. Se veía en él la foto de un joven sonriente, a punto de abordar un pequeño jet. La sorpresa lo hizo echarse para atrás para mirarla mejor. Decidió llevarla a su cuarto. La puso al lado del espejo y después, se observó. Sus ojos iban, desde la foto, a la imagen que le devolvía el cristal. Nuevamente la tomó… «No entiendo, yo nunca estuve al lado de un avión…». pensó. El periódico, informaba algo así como que ese muchacho había fallecido en un accidente. Tendría que mostrárselo a Ana para que le explicara… o, ¿a la maestra? Sí, mejor a la maestra, era de ella.

A la hora de la cena, dejó el porche y se dispuso a arreglar las mesas. Ella no bajó al comedor. Terminadas sus tareas, Arturo fue al baño y se aseó. Se encaminó hacia su cuarto y pasó delante de la habitación de Lucía. La puerta estaba entreabierta. Se detuvo. Oyó un susurro. Empujó unos centímetros y sus ojos penetraron. Ella estaba desnuda frente al espejo y le daba la espalda, pero él también podía verla de frente, reflejada en el cristal. Su cuerpo blanco parecía escapado de la estatua que adorna la sala. La mandíbula de Arturo cayó repentinamente, como si un mecanismo interno se hubiera desajustado en ella. La foto, apoyada en el espejo, sonreía. El rostro de la joven tenía la misma expresión con que había llegado por la tarde. Sus manos en el cuello bajaban en una caricia que erguía sus senos y con las palmas hacia arriba descendían para llegar donde termina la blancura de su piel. El cabello suelto se mecía en esta danza triste lo que hacía más hermoso el conjunto. Arturo sintió un calor que le subía de la entrepierna hacia la garganta. Entró en la habitación y se ubicó unos pasos más adelante. Ella estaba absorta en sus caricias. Arturo hizo lo mismo en él, tomando esa parte de su cuerpo que emergía con una fuerza sin pensamientos, sin preguntas, solo emergía. Entró a un placer desconocido que lo llenó de paz, de bienestar. Cerró los ojos y le pareció ver el cielo poblado de estrellas. Cuando los abrió, estaba solo. Salió despacio.

A la mañana siguiente, creyó que el tiempo estaba detenido. Deseaba que llegara la noche para ascender nuevamente hacia las estrellas. El día transcurrió sin ningún cambio en la vida diaria. Después de la cena, Arturo se detuvo frente a la habitación de Lucía. El silencio se imponía a su ansiedad. Apoyó la cabeza en la puerta y absorbió los recuerdos de la noche anterior. La emoción entró a su cuerpo y de su miembro emergió el deseo.

En una oportunidad en que el joven entraba a la cocina, oyó decir a Ana:

—Sí, parece que fue mal de amores lo de la maestra… el novio tenía la misma edad de Arturo y ya habían fijado la fecha de la boda. Fue terrible el accidente.

—… ¿sería el…?

Pablo detuvo su frase cuando el joven entró.

Arturo se habituó a la nueva rutina después de la cena, pero la puerta permanecía cerrada. A la semana siguiente, casi por costumbre, se detuvo ante ella. Una pequeña abertura permitía ver algo de luz. Su corazón latió más fuerte. Entró con sigilo. No había nadie, solo la foto, que desde el espejo lo miraba en silencio. Se agachó detrás de un sillón al oír pasos provenientes de la terraza, entonces la vio. Una bata corta amarraba su cintura y las piernas trazaban, en cada paso, una larga cadencia. La joven se sentó a su lado y lo miró. La sorpresa de Arturo no le impidió desatar la bata mientras sus ojos la recorrían. La atrajo y con suavidad, comenzó a acariciarla. Lucía cerró los ojos y él aprendió de su rostro, el placer. El calor le impedía respirar y ella le ayudó a desvestirse. Arturo apoyó la cabeza entre sus senos y sintió el abandono de la sensualidad. Su miembro erecto buscaba un camino que no encontraba, las manos de Lucía le orientaron y él, insaciable, recorrió ese camino una y otra vez. Extenuado, la miró. Sorprendió los ojos de ella en los de él y develó el misterio: eran azules y lo miraban con infinita bondad. Acariciándola la cubrió con la bata. Se puso sus ropas inmerso en una sensación de dicha y antes de salir, colocó su foto en el otro margen del espejo. Miró a Lucía que sostuvo su mirada. Cuando cerró la puerta, ella fue hasta el espejo, y, observando las fotos, quitó una y la echó a la papelera.

A la mañana siguiente, Arturo se despertó más tarde que de costumbre, bajó rápidamente para comenzar la tarea de aprontar las mesas para el desayuno. Doña Ana, de espaldas a él y sin mirarlo, inmersa en sus fogones, dijo:

—No arregles la de la maestra. Abandonó las clases y se marchó hoy muy temprano.

Asustada, Ana giró su cuerpo hacia el joven y la repetición de aquél grito desesperado, desgarró su corazón:

—…¡¡¿Por qué, Ana?!!… ¡¡¿Por qué?!!…

© All rights reserved  Liana Fornier De Serres

Liana Fornier De Serres. Desde muy pequeña se sintió atraída por la música y la lectura. En la actualidad es pianista y escritora.

Distinciones

En el año 2004, en México, en un certamen de Narrativa Breve convocado por la escritora, premio Cervantes, Elena Poniatowska.

En el año 2008, en Costa Rica, Literatura Infantil, con su libro “Una Extraña Desaparición”

En el año 2016 y 2017, consecutivamente, Narrativa Breve en el Instituto de Cultura Peruana, en Miami, Estados Unidos.

En el año 2017, finalista en el certamen de relatos “ Cuentomanía”, Miami, Estados Unidos.

En el mismo año obtiene en Miami, el “International Latino Book Award 2017”, con su libro “Arturo el niño fantasma”

En el año 2018; Academia Norteamericana dela Lengua Española con el libro “Una Extraña Desaparición”, y vuelve a ser finalista en el certamen de relatos “Cuentomanía”.

Sus Micro relatos “Letras de Sirenas” están publicados en Madrid, en la antología “Al encuentro de Todo” prólogo del escritor Ángel Zapata.

Colaboró con el periódico La Nación de Costa Rica en críticas literarias y musicales.

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