LA CÁRCEL DE BELEM, INFIERNO MEXICANO DE TRAVESTIS, BANDIDOS E INTELECTUALES. Xalbador García

El contoneo del hombre causa revuelo entre los presos. Alguno de los más osados le grita piropos preñados de humillación, ignorando que la cara morena, con matices indígenas, donde las cicatrices subrayan la fealdad, es advertencia de las venganzas que “La Turca” suele emprender, cuando está borracho, en contra de quienes lo ofenden. La navaja escondida entre las ropas revela un carácter vehemente; el apodo, la inclinación sexual de aquel reo que “un cinco de mayo se vistió de china (poblana) con un castor rojo, zapatillas de lentejuelas doradas, rebozo terciado y en las orejas arracadas de plata. Bailó el jarabe tapatío sobre una tarima que sus admiradores le colocaron”.

Al igual que “La Turca” en el lugar se encontraban recluidos “La China”, “La Pancha” o “La Diabla”. Todos ellos, travestis de finales del siglo XIX recluidos en la Cárcel de Belem de la Ciudad de México. La violencia, aderezada con muerte, relaciones homosexuales, desesperanza y condiciones insalubres, donde abundaban las ratas, pulgas y personajes grotescos, es descrita por Heriberto Frías en sus crónicas y retratos que hace de la prisión, algunos de ellos recogidos en el libro La cárcel y el boulevard (Conaculta/Planeta, 2002).

Frías estuvo dos veces preso en Belem. La primera, a los 14 años de edad, huérfano de padre, cuando vagabundeaba por la ciudad y había empezado a experimentar los seductores pliegues del alcoholismo por medio del pulque. La segunda, a los 25, para salvar de la prisión a su amigo José Ferrel, director del periódico El Demócrata, acusado de difamación por parte del régimen porfirista. Fue en esta ocasión en la que escribe sus textos penitenciarios y puede observar, con ojo crítico de periodista, la pudrición que se padecía en la cárcel, pese a los objetivos ideológicos de Manuel Payno y José María Luis Mora, impulsores intelectuales de un nuevo sistema penitenciario en México en la segunda mitad del siglo XIX, que buscaba reformar a los reos a través del trabajo en diversos talleres como de zapatería y carpintería.

Desde su origen pareciera que el inmueble estaba condenado al exceso. Ubicado en la esquina de Arcos de Belem y Avenida Niños Héroes, al extremo noroeste de la Ciudad de México, el edificio fue fundado en el año de 1683 por Domingo Pérez Barcia. El adinerado español había nacido en Villa Marzo, Asturias, y se decía, por una parte, que buscaba ayudar, en sus refugios espirituales, a monjas arrepentidas. Pero por la otra, se le acusaba de ser un libertino que había viajado a la Nueva España en busca de aventuras y amantes, lo cual logró por medio de la fundación de su casa de asilo a “las arrepentidas del sacerdocio sexual”, en donde llegaron a vivir más de 300 mujeres.

Cuando el edén del asturiano declinó por cuestiones económicas —prueba de que el paraíso no es eterno—, el recinto albergó a las religiosas de Santa Brígida, para luego ser utilizado como Colegio de Niñas de San Miguel de las Mochas o San Miguel de Bethlem y, ante la promulgación de la Leyes de Reforma, finalmente se convirtió en una prisión que se suponía representaba un paso civilizatorio en el sistema penitenciario nacional mexicano. Por supuesto el proyecto no ocurrió y la Cárcel de Belem se estableció como un crisol de la delincuencia y una sucursal del infierno en México. El mismo Frías pedía en sus artículos establecer la pena capital como un gesto humanista frente a las condiciones de hacinamiento y pudrición de los reos.

Entre los huéspedes de la cárcel se encontraron personajes como Jesús Negrete, “El Tigre de Santa Julia”, quien murió en la prisión, y Chucho el Roto que días después sería trasladado a San Juan de Ulúa, de donde escapó en dos ocasiones. Como un juego de espejos, quien sí tuvo el tiempo de fugarse de Belem fue Roberto Alexander Hernández, conocido como “El ladrón Elegante”, por su forma de actuar y su galantería y buen porte del que se valía para asaltar a la aristocracia mexicana durante fiestas o reuniones que lo convirtieron en una figura de ocho columnas al inicio del siglo XX. Con una arrogancia hasta aplaudible, cuando fue capturado señaló que se escaparía en no más de tres meses. Así sucedió. Basado en su dominio del arte dramático se disfrazó del custodio que lo vigilaba noche y día, y salió por la puerta principal de la prisión sin que nadie se diera cuenta sino horas más tarde.

La siguiente noticia que se supo de Alexander fue que había sido capturado en Torreón, donde diversos funcionarios y gente de todas las clases sociales buscaban retratarse a su lado. En 1958, el director de cine Alejandro Galindo filmó la película Raffles, basada en la vida de este personaje. La cinta debe su nombre al protagonista de la novela de E. W. Hornung, The Amateur Craksman, pues Alexander utilizaba el mismo modus operandi que éste.

La cárcel de Belem también fue el hogar de presos políticos durante el porfirismo. El 26 de abril de 1903, el editorial de El hijo del Ahuizote denuncia la aprehensión de Juan Sarabia, Ricardo y Enrique Flores Magón, Alfonso Cravioto y Santiago R. de la Vega, acusados de “haber ultrajado a agentes de la autoridad en ejercicio de sus funciones”, con especial agravio al General Bernardo Reyes (padre de don Alfonso Reyes), “desventurado aspirante a la Presidencia de la República”, señala el texto.

Y durante la Decena Trágica, Belem fue un escenario imprescindible para que se consumiera el Golpe de Estado en contra de Francisco I. Madero, iniciador de la Revolución Mexicana. Aquel 12 de febrero de 1913, la artillería de los traidores dirigió sus disparos a la prisión, provocando un motín y un intento de fuga masiva de los reos, varios de los cuales se unieron al alzamiento. El miedo se apoderó de la ciudad y luego el traidor Victoriano Huerta se hizo de la presidencia. En consonancia, el General maderista Gabriel Hernández se levantó en contra del traidor, pero fue encarcelado en Belem y, según algunas versiones, no fue fusilado, sino más bien quemado vivo en la misma prisión. Con su estela de leyenda, la cárcel de Belem dejó de funcionar en 1933 para dar paso a otra joya de las prisiones mexicanas: el Palacio Negro de Lecumberri.

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).

Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la CulturPoesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años. 
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra.

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