EVERYBODY DRINKS THE SAME WATER. Stephanie Ansin, Fernado Calzadilla. Miami Theater Center

everybody drinks the same water

everybody drinks the same water

Autores: Stephanie Ansin y Fernando Calzadilla

Dirigida por Stephanie Ansin.

Miami Theater Center. 9806 NE 2nd Ave. Miami Shores, Fl 33138

Opening 05/03/2014. Dates May 3, 4, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 27, 28, 29, 30, 31, / June 1. Tue-Thu 10:30am | Wed-Fri 10am | Sat 7pm | Sun 2pm 

Se inicia la obra con la apertura del telón bajo un esgrafiado geométrico. Un signo avanzado quizás de esta laberíntica, enigmática en el conocimiento, pero jerárquicamente construida sociedad de la época: La alta Edad Media en los reinos de la Península Ibérica. 

Todos los actores agrupados en la primera escena como coreografía única, nos define en sí el conflicto que va a suceder. Y, a la misma vez, anticipa el final de alianza en que va a acabar. Un mundo de seres ligados a la monarquía, a la nobleza, al estamento militar, a la ciencia o a la jerarquía religiosa del lugar. De los cuales, al principio, aprenderemos su función y sus demandas. Y que con sutileza, y bajo la mano autoritaria de la reina Berenguela (Bárbara Sloan) irán afirmándose y construyendo su perfil en la corte del reino. Como trasfondo: un conflicto por el envenenamiento del agua en la ciudad de Córdoba ha afectado al regente. Ciudad andaluza donde sucede la acción y que pondrá a prueba el entendimiento entre tres culturas fundamentales en el desarrollo de la historia: la cristiana –la dominante en aquel momento-, la judía y la musulmana –las sometidas en aquel periodo de la historia española.

Bajo los pies del elenco, se ubica un mosaico cuadrado ornamental que se sostiene a pocos centímetros del escenario formando una pequeña inclinación. Esta superficie se convertirá en un personaje más a través de su movimiento rotatorio y levadizo. Un espacio el cual, dependiendo de las coordenadas textuales del libreto, nos va permitir trasladarnos al salón de recepciones cuya Berenguela gobierna con mano autoritaria el territorio…A la cima de una montaña donde divisamos un valle…A la ribera de un río donde el baño puede representar la muerte a Fátima o Leah … o al lugar de culto donde, en diferentes acciones, se santificará el elemento que, ya de por sí, sabemos que nos une a todas las razas y religiones del mundo independientemente de donde habitemos:  el agua. Este líquido incoloro, inodoro, pero en esta ocasión “con cierto regusto a sal” nos dice el doctor judío, por las condiciones minerales de las montañas que circundan a esta población, capital del Califato árabe en el antiguo Al Andalus en aquel periodo.

Esta obra es de una belleza particular que combina a la perfección la sincronía entre los distintos movimientos en escena (magníficamente dirigidos por Octavio Campos) y el sonido del agua o la música religiosa (excepcional y lírico la creación de Luciano Stazzone), por ejemplo  en la impecable escena final donde se crea un “todo” coral una vez se resuelve el conflicto. 

El vestuario respira autenticidad sin ser precisamente el original de la época. Y valga la redundancia, este detalle crea una particular originalidad y mirada estética que inviste a los personajes y al publico de un simbolismo  peculiar en cada uno.  A veces es hierático  y lúgubre, como corresponde, cuando Berenguela entra a rezar en el templo cubierta de negro por una especie de tela de gasa enrejada y protegida inspirado en modelos de Dolce&Gabanna. Otras de una delicadeza pastoril cuando Leah, Fátima, y el príncipe Alfonso (Troy Davinson) con gran naturalidad e inocencia se dirigen al campo. 

Las luces fungen como lo que tienen que ser: creaciones de cuadros escénicos donde dan vida al recogimiento al orar, o se omiten hasta casi una opaca oscuridad cuando la noche deviene bajo el influjo del astro. Ceremoniosa en sus hechos contados. Digna en su discurso fraternal y humano. Posiblemente con un ligero toque didáctico en el guión -a mi entender- totalmente justificado para que pueda ser apto para todos los público. Y lleno de elementos escenográficos muy simples: una lámpara cobriza, un juego de vasos y jarras para servir el agua, un ventanal enrejado árabe, una arqueta… (inteligentemente diseñados, junto al vestuario y las luces del cual hice mención, por Fernando Calzadilla ) pero de gran valor escénico creando una atmósfera, entre mediterránea y monacal, muy propia del periodo evocado. 

Nada enaltece más a esta ciudad, Miami, que se convierta en un referente en América y el mundo por sus producciones culturales. En un momento donde el teatro en ambas lenguas –sobre todo el hispano- ha hecho una eclosión como la propia primavera que ahora sufrimos. Es digno decir que, en este caso, Everybody Drinks the Same Water da una lección al mundo del espectáculo local –es innegable su producción de medios y patrocinadores- de lo que debe ser una obra bien concebida en su decir, bien dirigida en su hacer, y por tanto bien recibida y aplaudida por una audiencia que se volcó el día de su estreno. 

Ir hoy al Miami Theater Center (MTC) a ver esta maravilla te hace sentir como si hoy la urbe que habitamos sea un poco aquella Córdoba del texto. Es decir, una ciudad del mundo donde convivimos todos: con nuestro perfil de piel propio, con nuestras lenguas que importamos de nuestros orígenes, o con un símbolo común llamado Dios bajo distintos espejos…Pero, al fin y al cabo, con el mismo fluido que nos une como humanos en este planeta, hoy más que nunca, condenado a entenderse entre todos los que lo anidamos. ER

Leave a Reply