EL VAMPIRO DE BUENOS AIRES. Luis Benítez

Lo cuenta Marcelo Pisarro, antropólogo argentino, en su blog pintorescamente llamado “Nerds All Star”. Mientras revisaba documentación añeja sobre otros crímenes cometidos en el siglo XIX, dio Pisarro con un expediente judicial, extenso de veintiséis fojas, suscripto por los tribunales ordinarios de Potosí, entonces una rica ciudad del Alto Perú (1), en 1807. La desidia, el descuido o la simple torpeza de la burocracia —que no son privativos de ninguna época— nos hicieron el tenebroso favor de poner al alcance de un investigador ese expediente inquietante, redactado con toda la retórica jurídica acostumbrada, parsimoniosa, que se usaba para dar detalles de un accidente de carretas o la escapada inútil de un esclavo. Más de doscientos años después, esas fojas tienen para nosotros un interés mayor.

Las actas, siempre según el relato de Pisarro, detallan el caso de un sujeto de cuidado, llamado Valerio Cabero, formalmente acusado de robarle dos caballos, una mula y un plato a un vecino. Cabero es apenas un pobre diablo, un descuidista de la época. Su mísero prontuario así lo certifica: purgó dos semanas de prisión por el hurto de una peluca en Oruro, luego diez días por agenciarse de igual modo una guitarra. Además de ladrón de poca monta, era un delincuente viajero: el expediente sigue sus trayectos continentales, siempre atento el perdulario a huir de la justicia. Ello parece, sin embargo, haber extrañado a sus jueces, e interrogado al respecto el reo, declaró entonces (según cita Pisarro): “Que ansiaba un lugar que lo recibiera con abrazos, que la vida fuera más fácil, que ningún malévolo le adjudicara, por fuera de los robos precitados, una reputación de atrevido y deshonroso”. Para nosotros, que somos la posteridad de tantos delincuentes como habitaron nuestra América, lo mejor viene más adelante, en las declaraciones del triste Cabero, pues dice respecto de su paso por Buenos Aires, en 1804: “Que conduciéndose siempre tan honradamente que no le acuse su conciencia delito alguno, decidió marcharse el confesante apercibiéndose del asesinato, desmembramiento y conflagración de otro pardo, Morgiño de Tal, conocido como Jucucha, natural de Río de Janeiro, estados de la potencia de Portugal, bajo acusación de vampirismo y ofensas contra Dios Nuestro Señor”.

Bien señala Pisarro que las referencias a casos de vampirismo en el Virreinato del Río de la Plata no son muchas, a diferencia de lo que sucedía en Europa; en todo caso, la desgraciada suerte de este Jucucha es el primer caso detallado con esmerada jurisprudencia, en 1807, por un testigo ocular, Cabero, que habría presenciado la ejecución del supuesto no muerto en 1804.

Poco sabemos sobre la vida de este primer vampiro oficial de Buenos Aires, pero quizá los detalles más interesantes sean aquellos que corresponden a su encarnizada muerte. Vemos que Jucucha era un mulato proveniente de Río de Janeiro y nos preguntamos cuándo y cómo había llegado a este puerto. Pisarro en su breve relato acude en nuestra ayuda, agregando el dato de una referencia al tal Jucucha de Bernardo Ramos Mejía, citado por el folklorista Juan B. Portela en su Compendio de las tradiciones pampeanas, editado en 1909 (2). Dice Portela, según Pisarro: “Bernardo Ramos Mejía afirma en Mitologías en las pampas (publicado en 1894) que el primer vampiro del Río de la Plata fue un viajero asociado al anchanchu. Lo llamaban Jucucha. Arribado en los tiempos de antaño, encontró su final en los años primeros de la centuria pasada. El inicio de la tradición se desconoce; sobrevive en la actualidad en zonas rurales del Centro de la Provincia”.

Debemos aclarar el sentido de esta extraña expresión, anchanchu: en quechua, significa literalmente “demonio”, y se aplica a un ser mitológico que habita en los ríos y las cuevas, muy aficionado a brindarle hospitalidad a los viajeros, acogerlos con una sonrisa que lleva permanentemente y luego devorarlos o beberles la sangre; quien sobrevive al ataque del anchanchu, de todas formas no tarda en morir días después, a causa de una misteriosa y desconocida enfermedad, para la que no existe cura alguna. Vemos entonces cómo una tradición preexistente a los hechos que narramos se aplica a ellos.

Vamos ahora al particular tipo de muerte asignado a nuestro primer vampiro local: fue ejecutado, no sabemos cómo porque el documento jurídico no lo especifica, pero luego fue descuartizado (esto no era usual que se realizara con el cuerpo de los ajusticiados) y el malevo Cabero agrega lo de la deflagración.

El asesinato de un reo, en aquellos tiempos, lo perpetraba usualmente el verdugo de Buenos Aires, quien a veces también oficiaba de pregonero, en los ratos libres que le dejaba su macabra tarea principal, y que recibía sus dos reales por cada servicio prestado a la Corona. En la América española la horca era algo bastante común, y también era de práctica el garrote vil, una creación peninsular que amalgamaba los horrores de la estrangulación con la penetración en la nuca del reo de un grueso tornillo de hierro. Pero, aunque la última ejecución en América mediante este espantoso artefacto se concretó en 1926, en Puerto Rico, y en la España franquista en 1974, su empleo legal es posterior a la fecha que estamos señalando. Recién en 1820 se comenzó a emplear en España el garrote vil y luego llegó a las que habían sido sus colonias. La guillotina era desconocida en estas costas y, además, era una costumbre francesa revolucionaria, algo detestado por los Borbones. La muerte por hacha o espadazo es un discutible privilegio, pero era privativo de los reos de casta noble, y nuestro vampiro era pobre, amén de mulato, condición deleznable en dicha época. Con probable acierto, aunque la documentación citada no lo especifique, podemos suponer que nuestro primer vampiro fue ahorcado, como cualquier otro criminal condenado a la pena capital, pero: ¿por qué descuartizarlo? Según las tradiciones, esta medida era muy efectiva para evitar que un vampiro volviera a la vida y siguiera haciendo de las suyas. Este detalle viene a confirmar lo señalado por el testigo Cabero, respecto de que la falta cometida por Jucucha no era otra que el vampirismo. Y lo de la deflagración posterior de las partes corporales no es tampoco un detalle menor.

Por deflagración, muy erróneamente, se supone una explosión. Es, en realidad, una combustión, tal como se entendía cabalmente en esa época de la que estamos hablando. Por otra parte, la única manera de hacer estallar un cuerpo —o las partes ya desmembradas de un cuerpo, en el caso del mísero  Jucucha— por ese entonces era empleando pólvora, que era carísima y reservada a usos militares. Entonces tenemos un reo del Cabildo de Buenos Aires, ejecutado seguramente en el patio del Fuerte —predio que hoy ocupa la Casa de Gobierno— mediante la horca, luego descuartizado y cuyos restos desmembrados fueron quemados. Incinerar un vampiro, así como descuartizarlo, es otro medio eficaz para terminar definitivamente con él y la amenaza que representa.

Nadie se tomaría todos estos trabajos con un vulgar asesino. Jucucha era un caso muy particular, se deduce de todo esto, y dado que en el expediente encontrado en Potosí un testigo, el infeliz Cabero, dice, afirma y corrobora de puño y letra que el cargo contra el reo era vampirismo, clara y concretamente, ya tenemos al menos el nombre y el año de la muerte legal del primer vampiro porteño, Morguiño, por más apelativos Jucucha, otra voz andina, que significa en quechua, humildemente, “ratón”.

Quieran otras casualidades y otras búsquedas brindarnos más datos sobre el primer vampiro que conoció Buenos Aires.

Notas

(1) Llamada la Villa Imperial de Potosí, es una ciudad del sur de la actual república de Bolivia, capital del departamento del mismo nombre y de la Provincia de Tomás Frías.

(2) Editorial Argentina, Buenos Aires, 1909, 1.143 páginas.

© All rights reserved Luis Benítez

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay

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