EL PARADÓJICO CARÁCTER DE REALIDAD DE HOLMES Y DUPIN. Fedosy Santaella

En Estudio en Escarlata (1887) el doctor Watson va a decir que él creía que personas como Sherlock Holmes sólo existían en la literatura, es decir, en los personajes de la literatura: «Me hace usted pensar en Edgar Allan Poe y en Dupin. Nunca imaginé que esa clase de personas existiese sino en las novelas.»[i]

Desde el punto de vista de la estrategia literaria, el doctor Watson le está dando con estas palabras un carácter de realidad a Holmes. Se nombra a un personaje de ficción conocido para constatar su realidad, para dejar asentado que Holmes existe en el mundo real. Es decir, está el universo de la ficción, al que pertenece Dupin, y está el universo de lo real, donde el doctor Watson constata la presencia de Holmes. He aquí la lógica literaria: si hago referencia a un personaje de ficción es porque soy real; si sé que existe la ficción es porque soy real en la realidad, es decir, en el ámbito de la carne y del hueso.

En este caso, el doctor Watson habla del chevalier Auguste Dupin, investigador aficionado creado por Edgar Allan Poe y que hará su debut en «Los crímenes de la calle Morgue» en 1841.

Dupin aparecerá luego en «El misterio de Marie Rogêt» y en «La carta robada», pero me interesa especialmente «Los crímenes de la calle Morgue». Allí, hacia el final del primer cuarto del texto, Dupin hablará de Vidocq, quien, cabe decir, estaba vivo para ese momento. Recuérdese, el cuento fue publicado en 1841; Eugène-François Vidocq, primer director de la Sûreté Nationale y uno de los primeros investigadores privados de la historia, falleció en 1857. De modo que para 1841, Vidocq se encontraba en plena actividad, pues en 1833 había fundado la primera agencia privada de detectives, o, como él la llamó, su «Oficina de pesquisas» (Le bureau des renseignements). No obstante, poco decimos de Vidocq si nos quedamos con esto.

Antes de convertirse en un hombre de ley, Eugène-François Vidocq había sido contrabandista, ladrón, estafador, duelista, escapista e incluso pirata. Cuando decidió reformarse, ofreció sus servicios a la policía francesa. Tan bueno resultó en su trabajo que terminó siendo el primer director de un organismo de seguridad del Estado francés. Se sabe que tuvo gran éxito en su trabajo por su conocimiento detallado de los bajos fondos, por saber deslizarse allí por medio de sus contactos y del arte del disfraz (recordemos que una de las grandes habilidades de Holmes es, precisamente, el disfraz).

Así, Dupin nombra a Vidocq, y de él, de su trabajo, no tiene una muy buena opinión: «La policía parisiense, tan alabada por su penetración, es muy astuta y nada más. No procede con método, salvo el del momento».[ii] Y luego: «Vidcoq, por ejemplo, era hombre de excelentes conjeturas y perseverante. Pero como su pensamiento carecía de suficiente educación, erraba continuamente por el excesivo ardor de sus investigaciones.»[iii] Dupin, como se ve, trae a su mundo un personaje real, a Vidocq, y además tiene una mala opinión de él. Se trata quizás de un procedimiento más común, más visto en la narrativa de ficción: el de mezclar personajes de ficción con personas reales. Dupin existe, es en parte verosímil porque refiere a una persona de la realidad, pero además porque está contaminado de ella. Dupin no sólo sabe de Vidocq, sino que además tiene el tupé de criticarlo. Es decir, es muy humano: pasa por perfecto (cosa que pudiera afectar su verosimilitud), pero esa pretensión de perfección se relaciona con un sentimiento (o pecado) muy humano: la soberbia, el orgullo.

De modo que Dupin refiere a Vidocq para darse carácter de realidad señalando al mundo real y, años más tarde, en 1887, el doctor Watson reseña a Dupin para darle a Holmes —y a él mismo— ese mismo carácter de realidad apuntando hacia el universo de la literatura. El doctor Watson y Holmes serán reales porque Watson hablará de la ficción, pero también serán reales porque nuestro ínclito doctor no puede negar la poderosa presencia de Dupin. Algo similar ocurre con el chevalier: éste no puede negar la poderosa presencia de Vidocq.

Referir al otro es también aceptar una tradición, una historia, una influencia, una fama. Es como si el personaje dijera: «Soy real porque no ignoro ni soslayo la existencia de mi famoso antecesor».

Dupin es tan conocido en el mundo real, o por lo menos entre los lectores de historias detectivescas, que sería imperdonable negarlo en un relato donde el protagonista es otro detective privado con rasgos similares[iv]. Si escribo, por ejemplo, la historia de un hombre que va a cruzar una calle en la Manhattan del siglo XXI, necesariamente tengo que poner carros, taxis amarillos, tráfico. No puedo negar esa realidad, como tampoco puedo negar la «realidad» de la fama del detective creado por Poe. Y lo mismo ocurre con éste hacia Vidocq: Dupin no puede negar la realidad de Vidocq, quien, ya lo sabemos, sí existía y era famoso. Pero la fama es, curiosamente, una especie de ficción; Vidocq se había vuelto tan famoso que era casi un personaje de novela. En este sentido, de nuevo, la ficción tiene carácter de realidad porque hace referencia a otra ficción, en este caso a la «fama», la cual, sin embargo, trasciende lo límites de lo personal y se vuelve del conocimiento de todos y es, al volverse del conocimiento de todos, paradójicamente, garante de lo real. Si todos saben de algo o alguien es porque ese algo o alguien existe: así sea en la ficción o en la realidad.

Negar el poder colectivo, social, grupal, negar la «fama» de un personaje real como Vidocq sería negarle a la ficción un lazo con la realidad que la ficción requiere para poder hacer creíble su juego de representación.

De este modo, Dupin y Holmes han entrado a la «realidad», de este modo se han convertido en personajes más complejos. Tienen un carácter de realidad porque han jugado a ser extraliterarios, pero también porque son metaliterarios. Eso —una vez más dentro de la paradoja— les da aún más carácter de realidad, los vuelve aún más verosímiles.

Debe acotarse, ya para cerrar, que estamos hablando de literatura detectivesca, la cual tiene una fuerte impronta de realismo: un detective se enfrenta a un asesinato y, por vías de las pistas y de la razón (algo así como por las vías del empirismo y del racionalismo), debe resolver el caso. La literatura detectivesca de este tipo necesita asegurarse su espacio de realidad para funcionar allí de manera creíble. Por un lado, el crimen rompe con el orden cotidiano, ordinario del mundo y nos lanza en los terrenos cuasi fantásticos del enigma, y por otro lado, el uso de la razón resulta en estos detectives tan prodigioso, tan imposible, tan cercano a lo inverosímil que el texto pareciera requerir de cierto carácter de realidad con respecto a sus personajes con el fin de poder sobrevivir al lector. Ese carácter de realidad del que he hablado, ese juego de la literatura con la literatura, entre realidad y ficción contribuye a tales sobrevivencias. Es decir, el juego metaliterario, en estos casos, no es solamente un gustoso hacer de intertextualidades, sino que también esa realidad de la ficción contribuye a la verosimilitud, al carácter de realidad de la propia obra. Eso sí, ese carácter de realidad, que valga la delicia del rizo, termina resultando la más literaria de todas las ficciones.

[i] Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes / Obras Completas / Tomo I. Estudio en Escarlata. Ediciones Rayuela (Valencia, 1987), 28.

[ii] Edgar Allan Poe. Cuentos completos, Volumen I. Círculo de lectores (Bogotá, 1983), 383.

[iii] Ibíd.

[iv] Quizás en la narrativa contemporánea tales juegos referenciales tengan un carácter más lúdico, más metaliterario. No obstante, creo que para el momento histórico, tales referencias intertextuales tenían un carácter mucho más estratégico con respecto a la verosimilitud. Es decir, mientras que en la literatura contemporánea las intertextualidades recuerdan al lector que está leyendo literatura, en estos textos que refiero el juego referencial ayuda más bien al lector a «creerse» la realidad de lo leído.

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Fedosy naranja normal reloaded.Fedosy Santaella (1970). Es autor de libros de relatos y novelas, entre ellos los libros de relatos Piedras lunares, Ciudades que ya no existen, Instrucciones para leer este libro y Terceras personas, y de las novelas Rocanegras, Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, En sueños matarás, Los escafandristas y El dedo de David Lynch, esta última con la editorial Pre-Textos en España. En 2006 ganó la bienal internacional José Rafael Pocaterra en narrativa. En 2009 fue elegido para participar en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional. Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2015, quedó finalista del Premio de la crítica a la novela con Los escafandristas. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, al chino, al esloveno, al turco y al japonés.

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