Cuando mirar hacia atrás se convierte en una forma de encontrarse
Hay novelas que construyen su fuerza alrededor de una trama y otras que encuentran su verdadera dimensión en las preguntas que dejan después de la lectura. Empecé a ver la luz, de Aníbal Anaya, pertenece a este segundo territorio. La obra propone un recorrido por la memoria, la identidad, el desarraigo, los vínculos familiares y la necesidad de comprender aquello que permanece incompleto en nuestra propia historia.
La novela comienza en un espacio aparentemente cotidiano: una librería. Allí, un espejo antiguo despierta en el protagonista una inquietud que pronto desborda los límites de la realidad inmediata. A partir de ese encuentro, la narración se abre hacia recuerdos, sueños y relatos que pertenecen a diferentes momentos y personajes. La estructura funciona como una serie de puertas que se van abriendo unas detrás de otras, hasta revelar que las historias individuales nunca están completamente aisladas.
Uno de los mayores atractivos de la obra está precisamente en esa arquitectura narrativa. Una historia conduce a otra y, dentro de ella, aparece un nuevo relato que modifica la manera de interpretar el anterior. El manuscrito titulado «La Luz», leído por Andrea, introduce una segunda dimensión narrativa marcada por heridas familiares, abuso, deseo, pérdidas y silencios. El lector no recibe toda la información de una vez: debe reconstruir vínculos, reconocer ecos y aceptar que la memoria puede ser tan fragmentaria como reveladora.
El espejo, por su parte, funciona como uno de los símbolos centrales de la novela. Reflejar no significa únicamente devolver una imagen. En la obra, mirar implica enfrentarse con aquello que se ha querido mantener fuera del campo de visión. El espejo termina representando una pregunta más profunda: ¿qué parte de nuestra identidad depende de lo que recordamos y qué parte se encuentra en aquello que hemos decidido olvidar?
La familia ocupa otro de los grandes territorios de la novela. Anaya presenta los vínculos familiares lejos de cualquier idealización. En sus páginas aparecen afectos, abandonos, rencores, lealtades, secretos y formas imperfectas de cuidado. La familia puede convertirse en refugio, pero también en el lugar donde nacen algunas de las heridas más difíciles de comprender. El pasado, en este sentido, no funciona como un escenario cerrado: permanece activo y condiciona la manera en que los personajes se relacionan con el presente.
La obra también incorpora acontecimientos históricos y sociales dentro de su universo narrativo. El episodio del terremoto y tsunami de 1906 en la costa del Pacífico colombiano, así como la historia de Tumaco, amplían la dimensión individual del relato hacia una memoria colectiva. La tragedia histórica deja de ser un simple dato y se convierte en parte de una genealogía marcada por la supervivencia, la fe, la pérdida y la transmisión de historias entre generaciones.
Otro elemento significativo es el tratamiento del desarraigo. Los personajes atraviesan ciudades, países, hogares y relaciones buscando un lugar al que puedan llamar propio. Bogotá aparece como un territorio de dificultad y aprendizaje, mientras que el regreso a los lugares de origen adquiere un significado distinto: volver no garantiza recuperar lo perdido. En la novela, pertenecer no depende únicamente de un territorio; también tiene que ver con reconocerse dentro de la propia historia.
La escritura de Anaya se mueve entre la introspección, la ironía, la memoria y momentos de extrañeza que bordean lo fantástico. El humor aparece incluso en situaciones dolorosas, funcionando como una forma de respiración dentro de una historia cargada de pérdidas. Esta combinación evita que la novela quede reducida a una narración solemne sobre el sufrimiento y permite que sus personajes conserven contradicciones, defectos y humanidad.
Empecé a ver la luz también puede leerse como una reflexión sobre el autoengaño. Los personajes no solo enfrentan secretos ajenos; en distintos momentos deben enfrentarse a las versiones que han construido sobre sí mismos y sobre quienes los rodean. La verdad, cuando finalmente se aproxima, no aparece necesariamente como una solución cómoda. A veces obliga a reorganizar los recuerdos, aceptar pérdidas y reconocer responsabilidades.
El título adquiere así un sentido que va más allá de la idea de esperanza. Ver la luz no significa que desaparezcan la culpa, la ausencia o el dolor. Significa comenzar a mirar con mayor claridad. En esa búsqueda, la novela plantea una inquietud profundamente humana: ¿cuánto estamos dispuestos a conocer de nosotros mismos cuando descubrir la verdad puede cambiar la historia que nos hemos contado durante años?
Empecé a ver la luz es, en definitiva, una novela de capas. Su interés no reside únicamente en saber qué ocurrió, sino en descubrir cómo cada personaje recuerda, interpreta y carga con aquello que ocurrió. Aníbal Anaya construye una historia donde el pasado insiste en regresar y donde los objetos, los sueños, los manuscritos y los recuerdos funcionan como piezas de un mismo mecanismo narrativo.
Al cerrar el libro queda una sensación particular: la de haber recorrido historias ajenas que, de alguna manera, terminan devolviendo preguntas propias. Tal vez ahí se encuentre una de las claves de la novela. La luz que propone no es una respuesta definitiva, sino el instante en que dejamos de apartar la mirada.
«Ver la luz no significa que desaparezcan la culpa, la ausencia o el dolor. Significa comenzar a mirar con mayor claridad.»
Título: Empecé a ver la luz
Autor: Aníbal Anaya
Género: Novela
Editorial: CLU Editores
Edición: Primera edición, 2026
ISBN: 978-628-97573-3-0
Extensión: 182 páginas
© All rights reserved Carolina Garay Cortés
Carolina Garay Cortés es una poeta colombiana radicada en Estados Unidos, traductora legal e intérprete, con formación en lenguas modernas, administración de empresas y estudios paralegales.
En 2020 publicó su primera obra poética bilingüe, Iluminada del Amor y Otros Poemas / Enlightened of Love and Other Poems. Tras su lanzamiento, fue invitada como Poeta Internacional al Tercer Festival de Poesía de Neiva, Colombia, y ese mismo año integró el jurado del Concurso Departamental de Literatura, Poesía, Cuento y Ensayo, organizado por la Secretaría de Cultura y Turismo del Huila.
En 2023 presentó Poemas para mi Amado, Vol. 1, en formato de audiolibro. En junio de 2025 participó en la antología Geometría del asombro, publicada por Santa Rabia Poetry, y en agosto del mismo año publicó Anoche Soñé un Poema, bajo el sello de Valparaíso Ediciones.
Su trayectoria literaria continuó expandiéndose durante 2025 y 2026 con su participación en diferentes encuentros, ferias y proyectos culturales, entre ellos la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) y FILCOL, realizada en el Consulado de Colombia en Miami. Asimismo, su obra ha formado parte de proyectos colectivos como Antología Otoñal e Invierno, silencios y tormentas.