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Febrero 2026

RECONOCIMIENTO DE LA TIERRA (Acknowledgment of Country). Luis Felipe Ferra

 

Apenas eran cuarto para las seis de la tarde pero en Melbourne parecían ser las diez de la noche. Sobre Collins, una de las avenidas con mayor prosapia de la metrópoli, los oficinistas caminaban cuesta arriba enfundados en sus abrigos invernales. La mayoría se dirigía a Southern Cross, la estación de tren, y unos cuantos, a la parada más cercana de autobús. El letrero luminoso de un banco bañaba de amarillo los cuerpos de los transeúntes que uno tras otro desfilaban frente a la sucursal. Con el rostro oculto bajo el percudido hoodie de una sudadera un vagabundo entrado en años clavó su mirada sobre una rubia que cruzaba por el paso de zebra mientras se escuchaba el peculiar pitido para auxiliar a los ciegos; el viejo ladeó la cabeza, esbozó una mueca de complacencia y bebió un buen sorbo de leche sabor fresa directamente de una botella de plástico.

 

 

Fue entonces que, con portafolio en mano, Martin Zhang, un expat shanghainés que llegara hace tres años a la ciudad, salió de la puerta giratoria del corporativo como si la existencia fuese ingrávida. Zhang sabía que sus abultados pómulos, los ojos rasgados y su tez, blanca como el arroz oriental, adquirían un nuevo lustre dentro de una nación que superaba el millón de migrantes chinos. Un golpe de viento antártico hizo ondular su gabardina color camello que cubría un traje de lana merino y conforme avanzaba, a través del cristal de sus anteojos resplandecieron los múltiples colores a los que daba vida la circulación de los tranvías, el transporte por antonomasia de los melbournenses.

 

 

Era miércoles y Martin, quien rozaba los 40, no tenía en mente volver a casa temprano, así que decidió desviarse por un flat white y un anillo de avellanas bañadas en chocolate. El distintuguido chino llevaba incrustados auriculares inalámbricos que le permitían escuchar lo último sobre el mercado inmobiliario, asunto que le impidió percatarse de que, el mugriento indigente, con un caminar que bien podría calificarse como descompuesto, lo siguía hasta Brunettis. Martin Zhang, el nuevo Leasing Manager de un edificio de departamentos todo incluido, estuvo cerca de cuatro horas revisando las láminas de una presentación que expondría a la mañana siguiente frente a una comitiva de inversores bombayeses. Pero supo que era tiempo de marcharse cuando comenzara a llorarle el ojo izquierdo. Ciertamente, se asombró al notar que en la cafetería italiana sólo quedaban él y un trío de señoras que reñían en griego y dado que la lluvia no cesaba desde pasadas las ocho de la noche, resolvió que iría a casa por la ruta del tranvía 70, aunque ello implicara pasar por el populoso callejón Degraves. Sin embargo, antes de doblar en la esquina, por vez primera notó al homeless orinando inverecundo sobre el ventanal de una chocolatería —Detengan el gran reemplazo, ¡deténganlo ya!— refunfuñaba con el ininteligible acento australiano.

 

 

Apenas salir de aquella turística calle Zhang vio venir su tranvía, por lo cual apretó el paso. Con el perfil enrojecido por el reflejo del semáforo de peatones que había ignorado, atravesó Flinders para llegar al apeadero ubicado a mitad de la calle. El oriundo de Shangahi puso un pie en el escalón del tram al tiempo que presentaba su pase electrónico sobre la maquina lectora. Al alzar la vista se encontró con el mismo vagabundo que despatarrado en uno de los asientos verdes del transporte lo miraba con fijeza. Con todo y sus anteojos empañados, Zhang no pudo evitar hacer contacto visual y advertir la dentadura entre negra, podrida y rota del sujeto, para después parapadear fingiendo distracción. El viejo lo increpó enfadado: —¿se te perdió algo perra de oficina? Luego, con la vista extraviada prosiguió su diatriba —porque mi chuchillo y yo, odiamos a los apestosos chinkys que creen ser dueños de Australia. Si bien Zhang traía los auriculares en las orejas, ya para entonces estaban descargados y fue capaz de escuchar el improperio con claridad meridiana. Sintió entonces un tirón helado en el centro del estómago. Así, segundos antes de que el tranvía avanzara, logró pegar un salto que lo puso a salvo en tierra firme. Pero, como si lo anterior hubiese sido poco, a través de las ventanas verticales de las puertas plegables, los ojos azules del loco volvieron a cruzarse con los del asiático. Y aunque sólo durase un instante, fue la confirmación de que el destinatario había sido él y nadie más.

 

 

Zhang se montó en el siguiente tranvía el cual, como pocas veces, llegó enseguida. Iba cuasi vacío de no ser por una mujer con hiyab que hablaba por teléfono en el primer vagón, cerca del conductor; él, por su parte, prefería los asientos del fondo. De tal suerte que, tan pronto se puso cómodo le llamó la atención lo mucho que el desencuentro con aquel sujeto lo había agitado. Pese a que en Australia era “Martin”, su nombre chino, Fú, significaba prosperidad, y para Fú, forjado en la disciplina y el trabajo, lo anterior pareciole inverosimil —¿Qué puede hacerme un viejo sin techo?—, se dijo a sí mismo riendo a la par que se secaba la frente. Vio la hora en su reloj digital, cuando menos le quedaban diez minutos de viaje a Docklands, así que le entregó su atención al teléfono. No obstante, transcurrió poco tiempo para que percibiera que un desagradable olor a amoníaco se colaba por algún lado. Sin concederle demasiada importancia se levantó para abrir la ventanilla, pero para su desconcierto total, cuando Zhang regresó a su asiento, encontró sentado al lado suyo al indigente de la sucia sudadera.

 

 

Desasosegado, el anciano se afianzó a un brazo del chino y con la boca retorcida por la resaca de una vida disoluta, dijo: —Reconocemos al pueblo Wurunjeri de la nación Kulin, custodios tradicionales de esta tierra. Rendimos homenaje a sus ancianos del pasado, del presente y a los que vendrán. Al tiempo que recitaba el acknowledgment of country con un penetrante aliento alcohólico, el homeless rebanó en diagonal el cuello de Zhang con un cuchillo retractil, de inmediato lo hundió en el estómago y despúes, con toda intención, buscó herir el pulmón. Turbado, el asiático dejó caer su portafolio de piel, faltándole manos para detener las hemorragias que ya encharcaban la tela afelpada del asiento. Zhang fue incapaz de emitir una sola palabra. En tanto, el vagabundo tiró del cordón solicitando la parada. Bajose del vagón a escasos metros de William Street y convencido que en ese país los blancos rara vez son culpables, caminó sin apuros por uno de los bajo puentes en dirección al río Yarra. La sombra que proyectaba en la banqueta dejaba ver su andar desarticulado y espasmódico. En medio de la lluvia chiflaba la pegajosa Who can it be now? de Men At Work.

 

 

 

© All rights reserved Luis Felipe Ferra

Luis Felipe Ferra es Comunicólogo por la IBERO, Maestro en Gestión de Arte y Cultura por la Universidad de Melbourne y Maestro en Cine por la Universidad Queen’s de Belfast. Actualmente cursa el doctorado en RMIT. Es cofundador de la productora cultural independiente Polytropos AC, con la cual ha podido filmar varios proyectos vinculados al jazz mexicano. Por otro lado, ha sido colaborador de diferentes revistas ya sea con artículos de divulgación, entrevistas o a través de la creación literaria. En 2023 publicó De puertas para adentro, un libro que problematiza las industrias creativas. Luis Felipe nació en Ciudad de México, desde el 2022 vive en Melbourne, Australia.

luisfelipeferra@aim.com

 

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