RÍO ADENTRO. Melanie Márquez Adams

Publicado el

El Río burbujeante inicia su recorrido cotidiano. Se estira y contornea, colándose por la puerta de la cocina. Va creciendo y ocupa la sala, lamiendo las migajas de la pizza devorada frente al televisor la noche anterior, serpenteando sigiloso por el pasillo donde arrasa con los juguetes olvidados de Miguelito. Se escurre en la habitación principal, despertando a los padres con su ebullición escandalosa y escucha impávido las protestas e insultos de siempre mientras se aleja en un cascabeleo desafiante. El paseo ondulante acaba en el cuarto de Antonio, quien festeja su llegada con caricias y frases cariñosas. El Río le devuelve melosos ronroneos y relinchos de cascadas. El niño brinca a la balsa que lo espera anclada a un lado de su cama y el río lo arrastra con su canto efusivo hasta la bañera, llenándola de agua cristalina para que Antonio se refresque antes de ir a la escuela.

La Madre ya tiene listos una docena de trapos en la sala y espera a que Antonio y el Río abandonen la casa para secar, exprimir y limpiar, una y otra vez, y así olvidar que por allí pasó aquella bestia detestable. Miguelito llora por los juguetes arruinados y el padre protesta por el periódico que se deshace en la entrada. La misma escena se repite cada día, todos los días, desde hace siete años, cuando Antonio cumplió los cinco y dio sus primeros chapuzones, aquel día caluroso que la Madre quisiera borrar del tiempo.  Desde entonces, el Río ha sido un tormento en sus vidas y todos los esfuerzos para deshacerse de aquel intruso han sido inútiles.

Al menos con el tiempo, al igual que cántaros de lágrimas, ha logrado que se acorten las visitas y que solo transcurran por las mañanas. Antes de eso, el Río solía acecharlos durante todo el día, saltando del rincón en el que estaba agazapado en los momentos más inoportunos, invadiéndolo todo con sus aguas turbias y apestosas. Porque el agua cristalina, es un detalle que la criatura ofrece únicamente a su Antonio.

El niño supo desde edad temprana que su familia no compartía su cariño por el Río. Antonio amó al ser cosquilloso desde el instante mismo en que su pie diminuto entró en contacto con aquella espuma efervescente que hace brincar de felicidad su corazón. Él fue quien convenció al Río, luego de tener que soportar los lamentos y el llanto de su Madre cada noche, que únicamente entrase a la casa por las mañanas. Llegaron a un acuerdo y esa es la razón por la que, luego de la escuela, el niño pasa el resto del día junto al Río. Hace la tarea rápidamente con ayuda de su amigo, quien le susurra las respuestas, y, luego, montado en la estrecha balsa, se inventa juegos de piratas y tesoros, escapando a otros mundos inundados de colores imposibles, monstruos con tentáculos y héroes inmortales.

Por la noche Antonio acaricia el lomo fluido de su compinche, haciéndole prometer que no se escabullirá por las rendijas de las ventanas y que esperará paciente al nuevo día para continuar las aventuras.  El Río le contesta con un salpicar de maullidos de protesta que acaban borbotando complicidad y expectativas de tiempos felices.

Llega un día, sin embargo, en que la Madre no puede más. Está cansada de tener que privarse de objetos hermosos (porque el Río maldito corroe y acaba con todo), de la eterna exprimidera de agua y, sobre todo, del dolor que todavía la carcome por lo que pasó con su Fufi adorada, su terrier preciosa que desapareció una mañana sin dejar rastros. A pesar de las promesas de Antonio, ella sabe de sobra lo que ocurrió con su perrita y desde hace tiempo ha esperado el momento de vengarse de aquel monstruo sin forma.

Esa misma noche, luego de que Antonio regresa a la casa le comunica que los juegos tontos de niño se han acabado, que ya está por cumplir los trece años, y que no puede pasar el resto de la vida fantaseando junto a un río de pueblo.  Se mudarán a la ciudad para vivir en lo alto de un edificio, resguardado por murallas impenetrables para que no los moleste nunca más ningún río mugriento.

Antonio ruega a su Madre, le explica como el Río ha estado siempre a su lado; es su mejor amigo, su hermano, su maestro. No es justo alejarlo de lo que más le importa en el mundo. De nada le valen al niño los reclamos y las súplicas. Ni su llanto incontenible ni el lamento del Río que empuja cientos de piedritas contra las ventanas, conmueven el corazón de la Madre. No hay vuelta atrás. Al día siguiente de que se acabe el año escolar, la familia empacará las pocas pertenencias que no están arruinadas y se irán de allí para siempre.

El último día de clases Antonio no regresa hasta muy tarde y se retira a su cuarto en absoluto silencio. La Madre no dice nada. Ya no hay razón para enojarse. Pronto estarán libres de aquella criatura insoportable.

A la mañana siguiente, los del camión de la mudanza y los vecinos contemplan atónitos los despojos de la casa. Apenas quedan unas tablas podridas, un par de juguetes rotos y unos trocitos de la bañera. Alguien jura por todos los santos haber escuchado en la madrugada un rugido espectacular seguido por unos gritos de espanto. El miedo le había impedido asomarse y al despuntar el amanecer, cuando por fin se había atrevido, fue tarde. Otro asegura haber visto la silueta del niño mayor montado en la balsa navegando río adentro, jugando con un palo como si fuese una espada y peleando vigorosamente contra el viento.  Como es el loco del pueblo, nadie le hace caso.

Despachan a los del camión de la mudanza, recogen los restos míseros de aquellas cuatro vidas y los sepultan en la profundidad lúgubre de la tierra seca. Luego van todos a enjuagarse al río, ofreciéndole cánticos de alabanza y veneración, prometiéndole que nunca le contarán a nadie lo que allí sucedió. Él otorga a cambio chorros de agua dulce y brillante.  Un eco tintineante de cascabeles se escucha durante el resto del día.

Del Libro Mariposas Negras

© All rights reserved Melanie Márquez Adams

Melanie Márquez Adams (Guayaquil, 1976) es escritora y editora. Reside en Tennessee donde trabaja como profesora de español. Su colección de relatos, El lugar de lo absurdo, será publicada en el 2017 por Eskeletra Editorial.

@melmarquezadams

melaniemarquezadams.com

Leave a Reply

Translate »