PUNTADAS Y DOBLADILLOS. Alejandra Ferrazza

El ruido de la máquina de coser llenaba el ambiente pero también se infiltraba por las paredes hacia los apartamentos contiguos.

Era insoportable escuchar ese sonido monótono durante todo el día, que enervaba a todos los que estaban alrededor. Por esto la señora Catalina de Giprietto no era bien mirada por sus vecinos. Su compulsión por la costura con esa antigua máquina estaba desquiciando los nervios de todos los inquilinos del viejo edificio.

Nadie sabía qué era lo que cosía, no lo hacía para ganar dinero, su jubilación más la pensión del marido – ella misma había dicho – le eran más que suficientes para vivir. Su hábito por la costura iba más allá de ser un pasatiempo, la mujer no cesaba en su empeño más que por cortos períodos.

Frente a su máquina, Catalina rezongaba contestándole a la radio:

“Sí, díganme ahora que estamos mejor que antes, o acaso no ven lo que pasa diariamente, los asesinatos, la indecencia de la juventud; la gente poco a poco se está volviendo loca; uno por uno.”

Mientras decía esto, sus dedos hábiles trabajaban con la rapidez con que una araña teje su tela. Perseverante hilvanaba puntillas para luego coserlas a máquina. Y seguía diciendo:

“Y ahora cada vez más la gente pide ser cremada en vez de ser sepultada decentemente, como Dios manda. Ya no quieren ser veladas ni que les manden flores; ¿será que quieren ganar tiempo? ¡Como si lo necesitaran una vez que pasan a mejor vida! Porque en definitiva la muerte es eso, terminar con las desdichas de este mundo para gozar la paz eterna del Reino de los Cielos.”

Mientras ella seguía cosiendo la radio anunciaba: “Casa de Sepelios…, su mejor elección…”

“¡Si hasta hacen propagandas! ¡Ay, lo que tengo que escuchar con mis setenta años! Si ya ni siquiera ellos tienen respeto por los muertos, no los embellecen como corresponde para que su rostro refleje el estado de beatitud.”

Diciendo esto en voz alta se detuvo con la máquina y se levantó para ir a la cocina donde sacó cuatro platos de la alacena que llenó con comida.

“Mish, Mish, vengan a comer preciosos que mami ya les tiene su almuerzo preparado.Vengan mis chiquitos, así está bien, coman todo para estar sanos y fuertes.”

Catalina decía esto mientras agachada acariciaba con ternura a sus mascotas de pelaje erizado.

“¡Ah si no fuera por ustedes qué sola me sentiría…!

Bueno, bueno, no me puedo quedar todo el tiempo acá, tengo que seguir con mi costura”

Y sentándose frente a su máquina seguía hablándoles en voz alta.

“Miren a la señora de enfrente, es una anciana como yo y también está sola. Los viejos terminamos solos porque dicen que no servimos para nada. Siempre está ahí con su máquina de coser y rodeada por sus gatitos…, como yo; parecemos almas gemelas. Me da una lástima… espero que no se dé cuenta que yo la espío, no me gustaría que anden diciendo por ahí que soy una fisgona.”

Mientras hablaba cortaba una tela blanca que tenía extendida sobre la mesa con una enorme tijera que manejaba con increíble habilidad.

“¿Saben una cosa?, pronto vamos a tener compañía. ¿No se alegran? Estamos siempre tan solos… ¿Qué hora es? Me voy a ir a arreglar un poco”. La mujer les seguía hablando mientras se dirigía a su cuarto.

“A ver…, vengan gatitos, ¿les gusta este vestido? No, no es el apropiado, estas florecitas aunque pequeñas son una falta de respeto, lo mejor es este negro ¿no creen? El negro denota dignidad para la ocasión. Y ustedes a comportarse, no quiero tener que llamarles la atención, bueno, ahora salgan de aquí que tengo que cambiarme, vamos, vamos, ¡fuera!”

Catalina de Giprietto se puso su vestido, sus zapatos negros y salió del cuarto hacia el baño. Mientras se estaba peinando sonó el timbre. Con toda tranquilidad terminó de arreglarse, por último se pintó los labios de rojo. El timbre volvió a sonar insistente y yendo hacia la sala les habló nuevamente a sus gatos en voz baja:”¿No les dije? ya está acá, – y elevando su tono: Ya voy, ya voy.”

Catalina abrió la puerta y se encontró con un muchacho que tenía una caja en la mano.

– ¿Usted es la Sra. de Giprietto?- preguntó.

– Sí, soy yo jovencito.

– Tengo este paquete para usted. Me tiene que firmar aquí.

– Por favor pase y déjemelo arriba de la mesa.

– No pesa nada Señora.

– Yo sé… pero hágame el favor. ¿Dónde le firmo jovencito?- le decía mientras cerraba la puerta con dos vueltas de llave.

Ya había anochecido y los gatos maullaban histéricos requiriendo la atención de la anciana quien parecía no escucharlos.

Después de un largo rato de estar ensimismada comenzó a hablarles en voz alta al mismo tiempo que seguía cortando la tela.

“No, ya les dije que no vamos a abrir la caja todavía. ¿No ven lo que pasó? Esto es terrible, yo ya dije que la gente se está volviendo loca. No puedo creer lo que he visto, la viejita de enfrente apuñalando a una persona así como así, con tal desparpajo, eso me pasa por estar espiando, pero yo… yo no vi nada. Nadie va a decir de mí que soy una chismosa, yo no me meto en los asuntos de nadie. ¡Ay Dios, este mundo está loco!, seguramente que va a ser otro muerto para cremar, sin velorio, sin flores. ¡Qué horror! ¿A dónde vamos a ir a parar?….y ustedes sigan diciendo que todo está bien, sigan riendo y pasando música sin respetar a los difuntos”- decía dirigiéndose a la radio que estaba a todo volumen.

“Ustedes ya cállense y váyanse a dormir que ha sido un día muy largo. Salgan de ahí irrespetuosos, maleducados, dejen descansar en paz.” -les decía a los gatos mientras ella se sentaba frente a su máquina para seguir cosiendo.-

A esta altura los vecinos ya se habían congregado en el pasillo para terminar con ese tormento, era un escándalo, la radio, la máquina de coser, el maullido de los gatos, los gritos…

Los inquilinos golpearon la puerta con fuerza pero nadie abrió. Decidieron llamar a la policía. Cuando llegaron tuvieron que tirar la puerta abajo. El panorama que tenían frente a sus ojos era macabro.

Catalina de Giprietto seguía cosiendo a máquina sin darse cuenta de lo que estaba pasando, hasta que en un momento levantó la vista y vio a toda esa gente mirándola, absortos. Ella también se sintió desconcertada.

Sólo habló cuando dos policías la tomaron por los brazos y la llevaron hasta la puerta.

“¿Qué pasa? ¡No! – decía mientras trataba de zafarse – Yo no soy la asesina, ustedes se equivocan, es la viejita de enfrente, yo la vi, es aquella – gritaba mientras señalaba su imagen que se reproducía en el enorme espejo de la sala.-

Es ella, y yo que le tenía lástima… Yo la vi, es una indecente, ni siquiera habrá velorio, ni flores, ni funeral. Fue ella…”

Entre tanto los gatos seguían maullando alrededor del cuerpo del muchacho que estaba inerte en el piso, enfundado en una ensangrentada mortaja blanca. Su rostro maquillado; y ni aun así denotaba la paz de la muerte como hubiese querido Catalina, por el contrario su rictus era aterrador.

A su alrededor había flores de plástico como coronándolo rey de lo absurdo.

La tela blanca y la tijera sobre la mesa estaban teñidas de rojo al lado de una caja vacía; y muy ordenadas; con una prolijidad exagerada, se veían docenas de mortajas esperando su dueño, mientras se oía el maullido histérico de los gatos y a lo lejos los gritos de Catalina de Giprietto que no dejaba de acusar a su vecina de enfrente.

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ALEJANDRA FERRAZZA- FOTOAlejandra Ferrazza. Nació en Buenos Aires, Argentina. Cursó los primeros años de Arquitectura y Urbanismo en la UBA (Universidad de Buenos Aires.) Actualmente reside en Miami. Cofundadora de Proyecto Setra, Inc. (organización sin fines de lucro dedicada a promover el arte y la literatura) y de la revista Nagari (Arte y Literatura). Codirige un Taller Creativo mensual en la librería Books & Books de Coral Gables desde el año 2004. Fue elegida para formar parte de la selección poética “La ciudad de la unidad posible” que se presentó en la Feria Internacional del libro en Miami en el 2009.

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