MEMORIA DE UNA QUIMERA MEXICANA. Marco Antonio Cerdio Roussell

Vivo en una ciudad que se asienta sobre mitos que parecen tan sólidos como las torres de su catedral. Una ciudad que se toma demasiado en serio su origen español (la Ciudad de la Puebla de los Ángeles) con tal de no mirar que fue un lunar hispánico en un cuerpo indígena, tal y como lo demuestran los toponímicos de los poblados vecinos, sus barrios y ríos: Tecali, Tepeaca, Amozoc, Huejotzingo, Hueyotlipan, Cholula; Xanenetla, Xonaca,  Campeche, Totimehuacan, Analco; Alseseca, Atoyac, Almoloya. Mitos son el sueño de Motolinia, el origen de la casa del Alfeñique, la elevación de las campanas por fuerzas angelicales. Realidades profundamente materiales la riqueza del enclave hispánico desde el siglo XVI, la relevancia de los conventos que coronan los poblados indígenas tras el colapso de la conquista, el esplendor del obispado de Juan de Palafox, el bullicio intelectual del siglo XVIII, su papel estratégico como nudo de comunicaciones y espacio de desarrollo industrial en el siglo XIX.

En medio de toda esta historia que va dejando una arquitectura monumental y una particular cosmovisión urbana y regional, las letras se convierten en uno de los elementos centrales de su prestigio. Desde las peticiones a Sor Juana de villancicos para sus misas de catedral (por no mencionar la correspondencia entre el obispo Ramírez Santacruz con la religiosa) hasta la profunda huella que dejan los autores vinculados al Colegio Carolino: desde el expulsado de sus aulas, Sigüenza, hasta el expulsado del país, Clavijero, la producción intelectual y literaria ocupa un espacio central del imaginario de la urbe y su región. En el XIX, figuras como José Joaquín Pesado y Manuel M. Flores serán parte relevante de los debates literarios de su época, si bien ya en esos años puede comenzar a apreciarse una cierta desconexión con la escena literaria de la ciudad de México, una cierta resistencia cultural hacia las novedades que en el siglo XX tomará otras vías y se erigirá como oponente obligado de sus búsquedas vanguardistas.

Ya en el siglo XX encontramos una entidad de contrastes donde la vieja ciudad colonial sigue siendo un destino atractivo para quien quiere educarse sin exponerse a los riesgos que implica la lejana ciudad de México. De todo el sureste del país llegarán estudiantes al Colegio del Estado y posteriormente a la Universidad Autónoma de Puebla. En paralelo, las disputas entre los estridentistas y las escuelas poéticas locales marcarán el tono del medio siglo por venir. Poco se ha escrito sobre estos años: la manera en que figuras como Mucio Martínez, Lombardo Toledano, Gilberto Bosques, Maximino Ávila Camacho, sus contemporáneos  y sus sucesores interactuaron con las figuras culturales del momento resulta sólo memoria o dato de especialista. La manera en que poblaciones importantes del interior de la entidad producían obras literarias e interactuaban con lo estatal y lo nacional, tampoco ha sido suficientemente investigada. Sin embargo, por Puebla pasa Diego Rivera, llega Manuel N. Lira, recibe visitas frecuentes de Vasconcelos. Más adelante, Carlos Fuentes le dedicará páginas memorables, al igual que Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. Vendrá la fundación del colegio de Letras en la universidad, los años bravos de la reforma y las contrarreformas universitarias, se establecerá la Casa de la Cultura y los primeros talleres de creación.

Es en este punto donde me detengo. Tuve el privilegio de ver como florecía un experimento que si indagamos se puede remontar a los talleres de Donoso Pareja y de Raúl Dorra. Sin embargo, esa no es la historia que me tocó vivir. Yo recuerdo en cambio cuando en el Centro Cultural Poblano ― ahora convertido en un Museo Militar― un joven Pedro Ángel Palou intentaba poner en marcha la escuela de Escritores de la Sogem. Luego de la crisis de noventa y cuatro, pocos eran los que podían cursar todo el diplomado y se nos ofrecía materias sueltas. Ahí, en medio de los edificios de la antigua prisión del Estado, vecinos de una escuela de Arte dramático y una biblioteca, un muy joven Gabriel Wolfson y una entregada Beatriz Meyer (entre muchos otros) se dedicaban en palabras de esta última “ […]a picar piedra”.

Apenas unos años después, Pedro Ángel Palou arribaba a la Secretaría de Cultura del estado. Frente a los ritmos ya establecidos de los grupos locales, tan ávidos en competir entre sí que a veces perdían de vista su profunda identidad, el novelista impuso un ritmo de renovación que a veces parecía convencernos de su trascendencia en el tiempo. Fueron los años de los talleres “de alto impacto”. Daniel Sada, José Vicente Anaya, Guillermo Samperio por mencionar a los más renombrados, realizaron una obra de formación y de vinculación con lo nacional y lo iberoamericano que puede considerarse lo mejor de esa época. Quizá por eso, el mejor momento de ese sexenio y el que marca la paradoja por venir, fue la firma del convenio para establecer la Casa del Escritor Refugiado en Puebla. A la mesa se encontraban el secretario Palou, el gobernador Melquiades Morales, el Nobel Wole Soyinka y también próximo, Álvaro Mutis. El único precedente hasta ese momento era la Casa Refugio Citlaltépetl que por esos años recibía a Xveret Bajraj. Parecía que la Casa del Escritor, lo mismo que la Sinfónica, lo mismo que los festivales, auguraban un mayor grado de institucionalización de la cultura en Puebla.

Y sí. Gente como la citada Beatriz Meyer, Enrique de Jesús Pimentel, Juan Carlos Canales, Juan Gerardo Sampedro, Gregorio Cervantes, Ignacio Padilla y muchos otros autores visitantes o residentes fueron construyendo una red de lectores y de afinidades y aversiones literarias que probablemente sea lo único que permanece frente a una progresiva tendencia primero al abandono institucional, a la opacidad y a la corrupción en el sexenio de Mario Marín, después al desguazamiento de los espacios mínimos, bibliotecas, auditorios y espacios culturales del Estado en el actual gobierno. Hoy el edificio de la Casa del Escritor está en venta y en lugar de una Secretaría de Cultura se cuenta con un Consejo de Cultura que tuvo como principal objetivo cerrar bibliotecas, correr empleados, cerrar espacios de encuentro y privatizar lo privatizable.

En ese sentido, la apuesta a la literatura, no fue ninguna quimera en Puebla, la apuesta al auspicio del estado o del mercado de una manera responsable, transparente e institucional, sí lo fue.

Quedan los nuevos y viejos escritores, los nuevos y viejos lectores, la avidez por la cultura y una lección que debe repetirse en todo momento. Sólo el lector puede defender al autor y al libro, más allá de cualquier coyuntura, cualquier agente estatal o comercial y cualquier entorno, por más difícil que este sea. En paralelo, CONACULTA es ahora una secretaría federal. La cuenta regresiva comienza a correr.

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Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

twitter@Marco_Cerdio

 

One response to “MEMORIA DE UNA QUIMERA MEXICANA. Marco Antonio Cerdio Roussell

  1. Excelente reseña Marco. Hacen falta voces como la tuya que abran debates verdaderos en torno al papel de las instituciones y de los ciudadanos sobre la difusión de la cultura.

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