APUNTES PARA UN NÁUFRAGO. Paúl Benavides

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2.- Ahí está la patria de la infancia entre juguetes de plomo y loros de lengua absuelta. Es una selva cósmica de orugas de luna verde, monos crepusculares y gatos pardos en la punta del aire. La infancia vuelve con el girasol y el relámpago. Es una obsesiva fuga hacia atrás que detiene al futuro y su flujo de incerteza. Es un vicio de la memoria que se niega y afirma en un ruido de triciclos y gritos entre los pliegues imposibles del día. La infancia destroza los rigores de sueño y los panales del tiempo. Es una ventana abierta para fugarse cuando el miedo arrecia y el padre tensa el lienzo para pintar un hombre y una botella triangular con glaciares fogatas de eucalipto. Es el relumbrón del zinc que se retuerce bajo el óxido de febrero. Es la escalinata de la iglesia y el sermón lúgubre de la tarde. Es la cantina del tío y el hervidero de hombres borrachos que oyen a Pedro Infante. La infancia es el viento que agita los fantasmas de la casa paterna, como sobreviviendo al caos de muertes  y nacimientos, que ondea su soledad de isla oscura sobre la madera irregular del tiempo.

3.- El cuarto de la abuela está ocupado por las sombras. Se libra una batalla campal entre arcángeles desnudos y demonios empalados en la pared de adobe; talud del mundo y muro de los desagravios. Y allí la abuela pasa sentada al filo de la noche, lejana e íntima, próxima a hundirse más allá del tiempo para penetrar en el origen de la predestinación. La abuela es una sombra proyectada del pasado entre linimentos para el pecho y brebajes para la tos sobre la cama breve, capaz de apaciguarlo a él con la mano sobre la frente. Es imposible imaginar ya su voz ronca de tren demorándose y salvar sus palabras de la vasta región del olvido. Delgada e ínfima en su sangre de alcoholes heredados (cuánto diera él por su mano en la cabeza en el silencio del cuarto) en la pobreza díscola de la libertad. La abuela es la última de una especie de inmigrados en la frontera del sueño y del desacato. Con luz entre los dedos y dolor en las palabras se levanta para cortar el pan salido del horno. No recuerda su voz, pero si la atmósfera grávida de aceite y oscuridad. La abuela con el pelo aguerrido en la punta del mástil señalaba con su mano flaca hacia el cielo plateado y desconocido (cuánto diera él por su mano en la frente, por el enigma de su calor trizando los últimos demonios del miedo). La abuela presagiaba el designio pútrido de los cuerpos, intuía el futuro de aquel niño esmirriado y frágil que no vería hacerse hombre (qué diera él por sentir la mano que lo despojaba de la suciedad del día, que le devolvía la claridad del mundo). La abuela entre todas las mujeres, bendita la tela gris y negra que arropó la soledad que llevaba entre rosarios largos y secretos dichos a dios en el silencio y la nada.

5.- Ese niño entre las piedras del río es el hombre que lo ve atrapar las olominas rojas desde el futuro. Se pulveriza el tiempo por una daga de luz y de memoria, de pupila a pupila, juntos, distantes: él es el niño. El niño es el hombre. Ambos divididos por un silencio de años y de cuerpos, de agua y de cansancio, de ternura y de muerte. Sin verse se observan. Es la ecuación misteriosa del tiempo resuelta por la memoria. El tiempo es la memoria. La memoria es el tiempo. El tiempo, el niño, el hombre, él mismo. Otredad que se ensucia el pecho y penetra las entrañas de la tierra con sus dos manos para buscar el secreto del mundo, el misterio de la vida donde se oculta el mar, el tesoro o las ruinas de alguna ciudad. El niño, el hombre, el hombre-niño, siente el desentrañamiento de la vida y no detiene la búsqueda en el costado de la tierra. ¿Qué busca el niño? ¿Qué halló el niño y retiene el hombre como un amuleto frío entre las manos, sin tenerlo, en la memoria? El sol, apenas tibio sobre la piel en un diciembre de 1975, entre los cipreses altos de un verde oscuro, el niño ve al hombre desde las piedras, sin saberlo, con su mirada puesta en el porvenir o en vértigo de la nada. El niño sorprende a la libélula brillante que vuela a ras del agua y el hombre lo toma con las pinzas invisibles de sus dedos, la siente volar loca en el aire recordado. El niño sale del río y sube la colina, el aire le trae el olor a humo de eucalipto y el hombre lo aspira desde la concavidad de un tiempo equivocado. Se acaba el día y el hombre lo siente en los ojos y los cierra desde un extremo de la memoria. Caminan juntos entre largas fumarolas de olvido, bambús de frío, agujas de agua sobre la piel quemada por la brisa. El tiempo, el niño, el hombre retornan de su aventura por el potrero con una bolsa imaginada de peces azules. El niño, el hombre, asesino de insectos y cazador de pájaros, atravesó la larga selva de la aldea y durmió entre los cedros con el cuerpo herido de espinas. Lleva en su piel el triunfo de la libertad, la potencia de la vida, pero también el olvido. El niño, el hombre… se acerca al final del día y le toca el pelo y se despide desde algún rincón oscuro del sueño. Tratará de decirle que no toque con la punta del dedo el aire de la vida. Que se quede a sentir el calor húmedo de mayo, que cargue para siempre la bolsa imaginaria con los peces girando en la pupila. Que siga la trayectoria lenta del búho que flota en el aire y se resiste a la guerra incesante del bambú. Le dirá que no salga del círculo mágico de la abuela, pero el niño que ve hacia el futuro es el hombre que abraza el territorio incierto del sueño. Y duerme.

6.- La muerte, la muerte, siempre la muerte. La patética pregunta que se inició como una mancha sin nombre y luego tomó forma hasta cegar el murmullo de los abuelos que señalaban hacia el árbol de limón o a hacia lo hondo de la tarde. La muerte, la muerte, la sustancia cruda entre el adobe y la tierra fresca, que se traga las conversaciones, los conejos, los perros milenarios, el fuego perenne del horno como ojo que se iría apagando. La muerte levanta el velo de la noche. Busca entre los sobrevivientes a pintores, panaderos, diletantes de brocha gorda, arrasa a tías adictas a la locura y a las taras en hospitales y sanatorios. La muerte… siempre la muerte en las instancias hediondas del sueño, en la presunción de la propia muerte a manos de un zarpazo inexplicable. La muerte, el miedo a la muerte de la madre, su ahogo indefinible, su tierna locura que alejaba toda sombra o mano que intentaba resucitarla de aquel maldito caos de la nada. ¿En qué oscuro rincón del suplicio se refugió y aun así nos dio las querencias más dulces, el aliento filial que terminó por apagarse? El abandono de toda razón axial para mantenerse entre los otros, los demás, los suyos. ¿Qué inhóspita fiebre le quemó las entrañas y la piel desde antes de nacer, para venir al mundo negándolo, quizás odiándolo? ¿Qué perverso mal la condenó a ese silencio a punto siempre de estallar con las astillas del miedo y de la rabia? ¿Qué silencio podrido nacido del más oscuro fondo hirió las pupilas y puso ese doble fondo del ojo para no ver el castigo del sol sobre el cielo y la luz del día donde estaba quizá el bálsamo a tanto dolor antiguo e inexplicable? La muerte, la muerte, la muerte, la muerte de la madre en vida, desde antes de la vida, legó esa herencia que se lleva sin saberlo. Ese fantasma inclemente y ubicuo que aparece en las instancias rotas del día y de la noche. Ángel del miedo que nace en las horas en que un cuerpo parece colmar de humedad los rincones inexplicables del desamparo y una mano desata todo lo que se parece al amor y a la ternura. Y se esconde y fuga. La muerte la muerte la muerte de la madre desde antes del primer aire, cuando algún pájaro adivino saltó sobre su boca y puso el perro más negro del día. La muerte, la muerte. Ese pecado injusto que carga quien es herido por el miedo. La muerte, la muerte de la madre, sobre la mesa de madera tatuada de olores inequívocos, donde los hermanos dejaron su huella, los rastros inapelables del tiempo. La muerte de la madre desde antes de su muerte, su amor debilitado y puro, real e invisible en la cercana llegada de la noche, en la oscura duermevela del cuarto. Sobre ese sueño imposible suspendido frente a la ventana, o detrás el espanto impreciso de la noche sobre el pasadizo angosto y clausurado. Y luego el regreso de su cuerpo y de su mente clara, el abrazo suspendido que anunciara el vuelco sonoro de sus manos llegadas del hueco denso de la sinrazón. Como si un volcán irrumpiera desde el origen combustible de la tierra. La madre, la muerte, la vida. Ella incorporándola, encarnándola, enardeciendo la fe ciega de la lluvia y del amor.

7.- Cómo olvidar la orilla del mar, la mano que palpó tu entrepierna para comernos con hambre y empezar siempre un día a la vez. En la arena hallábamos el reverso invisible de la verdad, en aquel silencio eléctrico de sal vimos un resto de luna apagarse en su viaje por el perímetro del agua. ¿Dónde el origen? ¿En la estrella o en su reflejo clandestino? Y callabas en el escarceo moribundo de la ola. La distancia entre el agua y la luna será siempre el maullido de un gato, la medida gatuna del mundo. El lomo erizado que funda el tiempo antes del mar. Tu cuerpo devuelto por la marea y el naufragio. Primer tallo de la primavera y, luego, cobre necio de la hoja, tumulto de la ciudad en donde las ramas piaban como tigres alados, y el viento azotaba al mundo dentro del aire. ¿Eras el invierno con el agua en el cuerpo, veneno cóncavo en la pupila, fogonazo de algún dios olvidado donde tu piel halló su medida? Sin la metafísica del miedo, siempre estuviste abierta al mundo y nos dijimos tanto, pero al final fue tan poco lo vuelto a vivir sin las maneras tuyas, fugitivas y tiernas siempre, dolosas en el preámbulo de la fuga. Un campo extenso de abedules se densifica en el tiempo y en el origen. La sábana abierta del frío como un dolor ártico y temperamental, entonces.

Del libro Apuntes para un Náufrago (2017, Editorial Letra Maya).

© All rights reserved Paúl Benavides Vílchez

Paúl Benavides Vílchez (1966, Heredia, Costa Rica). Poeta, sociólogo, asesor parlamentario y profesor en la Universidad Nacional de Costa Rica. En poesía ha publicado Duelos Desiguales (EUNED, 2011), Oficio de Ciegos (2014, Arboleda Editores) y Apuntes para un Náufrago (2017, Editorial Letra Maya), así como artículos académicos y publicaciones sobre  Cultura, Política y Sociedad en diversas  revistas nacionales e internacionales.

Comments

APUNTES PARA UN NÁUFRAGO. Paúl Benavides

  1. Los relatos son muy bellos y bucólicos. Son una dulce reflexión de la vida cotidiana que por ser natural se va pasando como algo simple pero esta vida al ser retratada por una mente sensible y talentosa, la vuelve hermosa y trascendente.

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