A BORDO DE UN BARDO DE UNA A OTRA ORILLA DE LA MAR, DE JAIME GARCÍA MAFFLA.  Manuel Quiroga Clérigo

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Esta tan denigrada hispanidad tiene en los poetas unos interesantes representantes. Por ejemplo en el caso de este libro de Jaime García Maffla que dirige, dedica o envía a al creador peruano-salmantino Alfredo Pérez Alencart, gran trabajador en los ámbitos de la literatura de largo alcance y muy estimable poeta que hace del español un verdadero monumento a la lengua de tantos países y protagonistas.

 

Seguramente la amistad funciona en estos espacios de la poesía, no tanto en los de la vida cotidiana. Y de esa amistad nace un libro como éste, publicado por Hebel Ediciones de Santiago de Chile, titulado “A bordo de un bardo de una a otra orilla de la mar”, que cuenta con ilustraciones de portad y contraportada de Luis Cabrera Hernández y magníficas esculturas de portadillas interiores que son obra de Edgar Negret, como “La estrellas”, el “Nudo agustiniano” o el “Calendario azteca”, todas de muy interesante factura y colorido, que presiden unas palabras prologales de García Maffla, donde leemos:” Esta carta, poeta Alfredo, habla de las palabras que pasan de ser sólo “monedas de cambio” a transmutarse en aquello que hacen la misma esencia nuestra… ¡Ay!. El desvelo, la destrucción que es atracción, lo mismo que el trazar una palabra es abrir un puente”.

 

Y aquí abrimos no puente sino un río de palabras, de versos, de intermitencias repletas de afecto, de ternura, de vitalidad, de cierto riesgo: “Navegando en el blanco / De lo blanco más blanco, / Así sigo la rosa de los vientos / Así mi corazón abre sus velas/A una navegación entre la niebla/Y me roza la rosa de un consuelo/Compañía y bitácora de lejos/Que se hace cercanía en la mar alta/Y es viento que me lleva hacia mi entraña/Ay, verdaderamente ignoro todo/Ay, verdaderamente nada puedo saber…”.

 

Son 20 los poemas que el autor colombiano dedica a Pérez Alencart. En ellos García Maffla, además de inaugurar el mundo, descubre sus misterios, analiza la existencia de quienes lo habitan y, a la vez, vuelca todos sus afectos y sus cercanías a quienes, como el propio Alencart, hacen de la poesía una interesante dedicación. En el poema “De la Amazonía a Salamanca” habla de “Ecos de voces y cantos de aves”. En el siguiente advierte: “Los poetas son como pájaros / Ninguna / Cualidad aparte de volar y cantar / Ninguna posesión que no sea el aire/Inofensivos y depredadores / Lloran con el llanto del mundo / Y el dolor es su dolor/Saben que es la vida y no la pueden vivir”.

 

Existe una curiosa hermandad entre los poetas, algo así como un movimiento de concordia que, efectivamente, niegan las bolsas de comercio por su afán de rapiña, los político por su discurso perverso o determinados deportistas por su individualismo permanente. Esa hermandad permite, como en este caso, que las palabras vuelen, transitar por los espacios de la amistad y los afectos y, finalmente, aterricen en los territorios de una pasión poca veces llevada a la realidad. Maffla escribe: “Mis horas con un Sahara/Luego mi corazón es el beduino de los horas” (“Caravana”). Precioso es “Tríptico de Salamanca” de que elegimos “Espadaña / De España con la pluma / De quien en su agonía y su Justa/Dentro de un vivir/Todo el eterno es uno y otro lado de la Atlántica Mar”. Al aparecer “Don Quijote” nos queda un documento soneto con estrambote: “Por sendas de La Mancha caminaste / Fuiste al amanecer de un claro día / En busca del Amor y eterna Fama”. Y aparece, claro espejo de poesía contestataria y humana, la figura de Gloria Fuertes: “Cuánta / Justicia y justeza/Pides. Y en la sonrisa, / Además, preguntas, / Más lo dices / Nunca por lo fugaz / El lance, el llanto…”, como si no infundiera una fuerza colosal para seguir viviendo, incluso en un panorama de sufrimiento, de atropellos, de negatividades. Tal vez, como escribía el poeta postista Carlos Edmundo de Ory: “La poesía es una mano debajo de la puerta”. Esa mano va desparramando el valor de la palabra, la insinuación de la protesta, los espejos de una violencia que aunque desee atraparnos tratamos de situar lejos del ámbito más cercano de los claros horizontes.

El filósofo y poeta Jaime García Maffla, nacido en Cali en 1944, debe ser un hombre viajero, aunque se encuentra siempre también al lado de algunos de los mejores amigos del hombre, a los cuales otros hombres maltratan y esclavizan, o sea sus perros Pércival y Lana. La mayoría de los versos aquí contenido son poemas inéditos aunque otros han aparecido en diversos medios o revistas y luego agrupados para este menester. En un poema titulado “Glosa de Silos” anota:

 

“Ahora al par/Que poeta del cielo/ Arquero es, enhiesto/Alfredo Pérez Alencart”, con lo cual permite que el ciprés y la figura del poeta homenajeado se confundan, como ya habíamos leído un minuto antes. “Escribo en un Hoy / Cuando el tiempo / Va ya ganando/A la eternidad”, de donde nos queda la resonancia de algunas canciones memorables versos del cubano Silvio Rodríguez, a quien no aplaudimos en su faceta de revolucionario sino de artista humanista y humano, quien en una entrevista apuntaba que “Un trovador lo que puede hacer sencillamente es ser uno más. Con su esfuerzo puede cooperar a modificar toda la sociedad. Sus canciones, sus versos pueden, de alguna manera, alentar al pueblo, darle esperanzas”. Esa eternidad forma parte del quehacer poético, del mensaje que los soñadores desean legar a sus semejantes.

 

Los “Poemas dedicados al bardo y a su obra” configuran la primera parte de la obra. La segunda es “En grata compañía”. El poema titulado “La hora” dedicado a Hugo Mujica y A.P.A dice: “Hoy me ha mirado la hora que pasa / Y me he mirado al pasar de esa hora / Hoy la hora que sabe de su paso/Ignora todo cuanto en su seno lleva / Hoy me ha mirado el pasar a un pasado / La presente hora que a través mío pasa en la hora”. Siguen acompañándonos las esculturas de Negret como esos Sol y Pájaro que además de un adorno son una intuición que adelanta las reflexiones poéticas.

 

 

 

Esos versos son parte de un todo un tanto especial pues, al dirigirse al hombre, trata de convertir a su interlocutor en un ser humano como, de alguna manera, leemos en la obra de Miguel de Cervantes. Gonzalo Rojas decía que “el poeta únicamente debe escribir, sin ocuparse de más”, el interpretar sus versos, desde luego, forma parte de la obligación de quien se acerque a estos versos, a esas reflexiones. El poema de Maffla “Un instante” dedicado al pintor Miguel Elías, además de a Alencart, nos regala unas deliciosas estrofas: “Más que aquello ganado se alza lo perdido, / Más que lo conquistado es lo nunca tenido. / Más que la luz en torno son las sombras / De otro adentro nuestro y el no estar con nosotros”.

 

Garcia Maffla fue Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia en 1997. Con otros intelectuales fundó en 1972 la revista “Golpe de Dados” y dirigió varios talleres de poesía además de figurar como participante en la Casa de Poesía Silva y del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Durante 30 años ha sido un interesante participante de los ambientes cultos de su país. Se le ha considerado como uno de los principales integrantes de la llamada “Generación sin nombre” y es un inexperto en la obra de Miguel de Cervantes como autor, además de la preparación de la primera edición colombiana del Quijote. Como Jefe del Departamento de Humanidades de la Universidad de Los Andes y Director del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana desarrolló una intensa labor intelectual durante sus años de profunda dedicación universitaria. Al hilo de esa dedicación a la obra cervantina una frase de la relación del Caballero de la Triste Figura con el Bachiller Sansón Carrasco a quien le dice que “para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento”. Ese es lo que manifiesta el filósofo al dedicar unas palabras a su amigo el bardo Alencart en un A modo de epílogo, carta que llega desde Guaymaral, viene a decir, poniendo el punto final a toda la obra: “Al contrario del tiempo, el aire nunca pasa, sino que va y viene. Está y no está siempre ‘aquí’, aunque nuestras mejillas sean a su paso otras por lo atemporal que prefigura un pétalo y es figuración del tiempo”.

 

Bueno es, sería, la proliferación de libros como éste que, además, ven la luz y traspasan fronteras, en este caso el mar de los Atlantes y que penetran en bibliotecas, lectores, medios de difusión. Tal vez seríamos mejores si dedicáramos nuestro cariño, nuestro afecto, a quienes ven en la literatura, en la poesía, al menos o sobre todo, una forma de vida.

 

En el poema titulado “A bordo”, página 54 de este memorable libro, el amigo-poeta escribe: “Por la dorada Salamanca / Viaja una Nao / A ella vino / De vuelta de Perú / como amiga que es hoy de la Santa María”.

 

 

San Vicente de la Barquera, 24 de agosto de 2017

 

 © All rights reserved Manuel Quiroga Clérigo 

Manuel Quiroga Clérigo (Madrid, 1945), es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología con una tesis titulada La crítica literaria como fenómeno sociológico. Narrador, autor de teatro, crítico literario y periodista de la cultura, ha centrado su actividad en la labor poética y sus versos figuran en diversas antologías, revistas y trabajos colectivos, habiendo editado hasta la fecha dieciocho libros de poesía, entre los que están  Homenaje a Neruda (1973);  Fuimos pájaros rotos (1980); Vigía (1997); De Morelia callada (1997); Los jardines latinos (1998); Versos de amanecer y acabamiento (1998); Íntima frontera (1999); Desolaciones tardías. Aristas de Cobre (2000); Las batallas de octubre (2002); Mudo mudo (la aventura de Manila),  (2004); Leve historia sin trenes (2006); Crónica de aves. El viaje a Chile (2007); Páginas de un diario (2010) o Volver a Guanajuato (2012). Actualmente es secretario general de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE).

 

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