YURI HERRERA Y LA CALEIDOSCÓPICA MUERTE. Marco Antonio Cerdio Roussell

 

En ocasiones la capacidad de asombro parece quedar superada. Ya sea por la exposición reiterada a los contenidos de la mass media o por el peso de una tradición que de tanto ser revisitada empieza a generar frases hechas y lugares comunes, de repente pareciera que ya no es posible darle una aproximación nueva, algún giro diferente a algún tema. O igual el problema no está en los temas, sino en la realidad misma. Entre la reiteración y el escapismo, a veces el cerrar el libro puede ser una respuesta.

Mientras escribo esto, las plazas mexicanas están repletas de ofrendas a los difuntos, flores amarillas, calaveras de cartonería y niños disfrazados. Ese solaz  frente a la muerte (Mictlantecutli entronizado en su santuario veracruzano, el panteón de Mixquic comenzando a recibir turistas) no puede hacernos olvidar los últimos aciagos años. Frente al retorno de los seres queridos así sea en el recuerdo, está el otro recuerdo de la partida prematura de muchos y un aire helado comienza a golpear las plazas como cada año.

¿Se puede escribir de manera nueva algo sobre la muerte? ¿Se puede decir algo nuevo de la vida? Un tópico tradicional también éste, cuya respuesta parece sugerir otro misterio. Pero vamos con tiento: ya muchos han escrito de las raíces grecorromanas del culto a los muertos, los lares. Muchos otros podrían apoyarse en la sensibilidad medieval y su danza de la Muerte, verdadero trasunto plástico de las pestes para encontrar eslabones con el actual frenesí comercial. Otro tanto resulta del espíritu barroco que se solaza en calaveras, Santos Entierros, leyendas de aparecidos y murmullos bajo las capas para generar esa atmósfera que tan adecuadamente rodea al pan de muerto. Me llega ahora mismo, el recuerdo de mi lectura de La llama doble y los entramados estilísticos con que Octavio Paz va desdoblando esa relación entre el Amor y la Muerte que tan presente está en su texto. También recuerdo, ahora por mediación del docto y ya difunto Salvador Cruz, la manera en que los Contemporáneos fueron construyendo una visión de la muerte refulgente de palabras que, más que apesadumbrar o dar miedo, resultaba en una angustia existencial y al final en el disfrute de la intemporalidad de la palabra. Muerte sin fin, Décima muerte, en cierta forma Canto a un Dios Mineral, inscribían la muerte en un espacio más allá de lo religioso, en una proximidad atesorable a todos nosotros, capaz de superar la atmósfera depresiva de la Revolución y la Fiebre española, marcando una especie de mirada filosófica susceptible de serenidad y reticente aceptación.

Es esta muerte la que en determinado momento se tomó de la caricatura de Posada y saltó a los murales de Rivera, que se hizo grabado y terminó dejando la guadaña para tomar una figura severa y vernácula con la cual presionar al Macario interpretado por López Tarso en el ya clásico film.

Sin embargo, y como lo muestra La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés siempre hubo un filo reivindicatorio en este culto a la muerto. Pariente cercano, la Flaca bien podía ser la tía de las Muchachas que un día se presenta a cobrar los pagarés de las múltiples borracheras propias y ajenas. Si bien hay un peso erótico en la imagen de la joven vestida de Catrina que evoca la muerte para exaltar en negro su corporeidad, la Muerte comenzó a ser de nuevo venerada no hace mucho y acompañar a su nombre el de Santa para reclamar el olvido reiterado sobre cada vez mayor parte de la población. Es ahora Mictecacihuatl en este nuevo ropaje quien, arropando primero a los olvidados y perseguidos, le da pie a un culto vigoroso y evanescente a partir de los años ochenta y noventa del último siglo.

Y de repente la muerte comienza a deslizarse en las charlas de sobremesa. De repente, ya no es la compañera distante a la que le sonreímos antes de que cargué con nuestra humanidad a sepa Dios donde, incluso si como decía El Nigromante “Dios no existe”. La muerte, evocando los últimos días de Tenochtitlan o sus antiguos combates y convites medievales le pone sitio a regiones y ciudades enteras, llenando de historias dolorosas e imágenes terribles una geografía que confiaba en haber purgado sus culpas con una dolorosa Revolución.

¿Se puede en medio de estos estremecimientos tratar la muerte de una manera distinta al mero recuento de las muertes? Parece que sí. Parece que Yuri Herrera da en el clavo.

No se trata ya de la muerte expresada con la mirada de los poetas. Es otra cosa, es de nuevo el camino prehispánico pero ahora representado en dos culturas muy seguras de sí mismas que se revelan frágiles y se disuelven en un abrazo para revivir luego de la muerte o, mejor dicho, el sacrificio. En Señales que precederán el fin del mundo Yuri Herrera le da la vuelta a la cosmogonía indígena y nos plantea una muerte ya vivida pero de nuevo anunciada: si en algún momento el choque entre españoles e indígenas generaron un nuevo mosaico de culturas, ¿Qué sucede cuando el mexicano profundo llega a la tierra de los pilgrims? ¿Qué será de estás dos culturas que no son ya el caballero de armadura y el caballero águila atravesados por espada y lanza al mismo tiempo? La emigración se convierte aquí en el último tránsito y nuevamente, debemos de dejar la lectura sabiendo que una muerte no es sino principio. Sí, sólo se está un poco en esta tierra, como diría Netzahualcóyotl pero siempre alguien nos sucederá. Es esta persistencia de lo vivo aún en lo muerto lo que me hacía recordar líneas atrás  Canto a un Dios Mineral de Cuesta y, en medio de la prosa un tanto rápida, engañosamente fácil de Herrera vemos como tras el cuchillo de sacrificio se asoma una nueva vida, aunque quizá no sea la que queremos. No. No será la que alguna vez quisimos, pero ya no será esto.

En tanto, gocemos este penúltimo mes del año.

© All rights reserved Marco Antonio Cerdio Roussell

Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

twitter@Marco_Cerdio

 

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