UNAS PALABRAS SOBRE EL CUENTO Y EDMUNDO VALADÉS. Marco Antonio Cerdio Roussell

Pocos géneros contemporáneos tienen la paradójica condición de evocar tanto aprecio y a la vez encontrarse tan lejos del interés del mercado como sucede con el cuento. Este “soneto de la prosa” una obra maestra de la narrativa que normalmente sólo identificamos por su extensión relativamente corta representa uno de los grandes desconocidos del lector en general. Así si bien conocen los grandes nombres de Hoffman, Poe, Chejov y quizá Hemingway, el panorama se complica al tratar de identificar autores actuales. Lo mismo sucede si hacemos un repaso rápido a los exponentes latinoamericanos del género, tales como Quiroga, Borges, Bioy, Bosch o Cortázar. El cuento es una pieza para conocedores y si bien no deja de circular, su difusión siempre parte de una especie de resistencia subterránea, una lucha contra la palabra desde ella misma, pero también contra la lógica del mercado editorial casi monopolizado por la novela y su tentación de amplitud y desbordamiento.

Esta reflexión viene a cuento, precisamente, porque este 22 de febrero se cumple el centenario del nacimiento de Don Edmundo Valadés (1915-1994) escritor sonorense que siendo el mismo un excelente cuentista (La muerte tiene permiso da constancia de ello) se distinguió por el impulso que le dio a la difusión de este tipo de obras en la revista El cuento. Revista de imaginación. En ella, quienes pudimos hacernos de algún número se encontraban piezas y autores que de otra manera sólo conoceríamos a través de referencias o quizá ni eso. Valadés lograba a través de su revista darnos un panorama amplio  pero a la ves próximo del cuento. La manera en que comentaba con el lector como autores totalmente ajenos al medio literario le hacían llegar sus obras con la esperanza de verlas publicadas hablan de un momento y unas formas de apropiación de lo literario que ya no existen. Incluso, podríamos aventurar que El cuento. Revista de imaginación, fue parte de ese momento apenas descrito que se encabalga entre los eventos de 1968 y las primeras crisis para cerrarse con el levantamiento zapatista y el error de diciembre de 1994. En ese largo periodo y ante la masificación de la educación y la necesidad de descentralizar la cultura en sus más variadas expresiones, surgen no sólo toda una serie de talleres y revistas al interior del país, sino que comienzan a perfilarse los autores regionales que desde la periferia marcaran la pauta de finales de los noventa y el nuevo siglo.

Intentemos una visión general: autores que creemos conocer como Carlos Fuentes y el mismo Cortázar, resultan otros cuando buscan ejercer el cuento. Revueltas mismo tiene excelentes obras al respecto. Más próximos a nosotros, José Agustín, Ignacio Betancourt y Enrique Serna serán poco a poco autores cada vez más leídos en preparatorias y bachilleratos. Autoras como Beatriz Espejo y Angelina Muñiz-Huberman harán lo suyo. Posteriormente Eduardo Antonio Parra escribirá excelentes cuentos sin desmedro de su novelística.

Por otro lado, si bien el impulso al estudio del cuento a nivel universitario ha tenido diversos promotores (pienso en las publicaciones de Alfredo Pavón y el esfuerzo que en su momento le dedicó Lauro Zavala) la realidad es que salvo algunos portales de la web que representan una nueva continuidad de este esfuerzo, el cuento permanece como un continente de dimensiones y límites siempre desconocidos,  donde pese a la relativa facilidad para ubicar las cumbres y los accidentes más relevantes, en realidad siempre se lucha ante la necesaria arbitrariedad de las antologías, la muerte lenta y la igual lenta resurrección de los suplementos, el lento boca a boca que nos lleva a nuevos cuentistas. Al final de cuentas la lealtad de los lectores siempre tendrá recompensa: ese desconcierto gozoso que genera al final un buen cuento.

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Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

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