UNA MASCARILLA ES UNA MASCARILLA. Eduard Reboll

Estirado en el quirófano, estoy rodeado de uniformes blancos. Un círculo de luz cenital aborda mi maltrecho cuerpo de púber que necesita ser abierto desde el vientre. El cirujano con sus manos hacia arriba me dice:Venga, duérmete que vamos a empezar”. En el lado izquierdo, el anestesiólogo introduce en mi vena la substancia que permitirá que aquel relato de la seria B desaparezca: me van a extraer el apéndice del abdomen, y con sus caras cubiertas, van a introducir en mi cerebro la primera película de terror a los doce años.

Odio los hospitales. El ritual sencillo de transitar médicos y enfermeras, bajo una bata o un gorrito en la cabeza, siempre lo he asociado a una pregunta: ¿Qué esconden? O, mejor dicho, a dos: ¿Por qué se ocultan cubriéndose labios y nariz? La respuesta científica tiene su razón: eres un neurótico; nunca supiste ver la realidad en otro espacio que no fuera el tuyo.

En el mundo laboral observo al minero cubrirse su faz ante el polvo del carbón. Al soldador, ponerse su mascarilla de hierro para evitar el infierno de las chispas férreas cuando se encuentra cerca de las piezas que tiene que unir. Protegido de boca y nariz, al dentista, para evitar que mi aliento ponga en duda, el seguir su trabajo en mi muela del juicio. El chef de una estrella Michelin, para evitar la transmisión de sus bacterias al comensal de alta alcurnia que espera un arroz imperial en su punto. Al obrero que tiene que convivir con el polvo de la obra en el subterráneo. Aquella bailarina que, desde la danza de los siete velos, no me permite atisbar su carmín como punto de goce prohibido en un club nocturno… Al ladrón —entiéndase como carrera profesional— que usa el tapabocas para no ser descubierto ante la cámara de seguridad.

Hay, como pueden ver, oficios que requieren que los labios y la fosa nasal se escondan por razones de índole natural.

Teóricamente, la mascarilla hoy, la lleva todo sujeto que habita en este planeta llamado Tierra. Desde Canadá, hasta la última villa en la Patagonia argentina. Desde el ballet ruso en sus entrenamientos, hasta el agricultor africano que recoge fruta en España. Desde el niño maleducado que quiere sacar la lengua a su amigo de escuela, hasta el maestro para dictar su clase de ciencias naturales.

Estamos retenidos y obligados a usarla en nombre de la protección frente a un virus.

La disfruto cuando los iris del transeúnte se fijan en los míos e intuyes las supuestas preguntas que te haría. La maldigo cuando el indigente la utiliza como condición sine qua non para ser recompensado con una limosna. O cuando María, la del primer piso, intenta certificar que eres su vecino mimado por las magnolias que cuelgan de tu balcón sin estar bien segura, al esconder mi rostro, si eres tú o no. Mi farmacéutica hoy me pregunta si las quiero de tipo higiénico, es decir la que se utilizan por lo general en los centros sanitarios o las desearía de alta protección, es decir, las llamadas FFP2. Como asmático, me indica que podría utilizar las que tienen una válvula auto-reguladora en el exterior sin percance legal por mi condición de enfermo crónico.

Son cerca de las ocho de la noche. Frente a mí, un pequeño grupo de personas sin mascarilla lleva pancartas en el barrio reivindicando su derecho a no ponérselas. Justifican que el grupo de Bilderberg está frente a esta trama que quiere ocultar los males que conlleva la implementación del 5G. Los gritos son libres y potentes. A su lado, la policía a punto de intervenir por no obedecer la ley en estos momentos y poner en riesgo la salud pública de toda la comunidad.

En el telenoticias de las 11 pm, sale un hombre mayor rubio en un pabellón deportivo que habla del virus chino. Es un presidente. Detrás, el vocerío plural de una multitud de edades y consignas, lo apoya. No llevan mascarilla. Algunos se han puesto desinfectante higiénico en sus venas; otros han presumido de seguir su vida cotidiana sin cambios. Hoy hay un giro en su discurso de extrema derecha: “Llevar mascarillas es patriótico y no hay nadie más patriótico que yo, tu presidente favorito”.

 

Estoy en la cama. Me he quedado dormido como un cadáver bajo el ronquido. Mi mujer me acaricia dulcemente. Asustado, me despierto con pavor y le suelto aquel típico: ¡Qué pasa …Qué pasa!

— Amor mío, sácatela que te has dormido con ella.

— ¿Con quién me he dormido yo? Si tú estás a mi lado.

Entonces coloca el dedo índice en mi oreja y aparta las tiras en ambos lóbulos. La dobla y me da un beso en mis labios mientras me abraza piel a piel.

 

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Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

 

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