UN MONSTRUO DISFRAZADO Y MILES DE FANTASMAS. Eduardo Oyervides

Había terminado de leer Miami Blue y otras historias (Katana Editores, 2019) de Xalbador García, y mientras pensaba cómo empezar esta reseña, comencé a tararear una melodía. Al principio la espanté como a una mosca molesta y después de un rato me di cuenta de que ahí estaba lo que andaba buscando: Sé que sigue tan hermosa / sé que sigue tan graciosa / pero es solo su envoltura / lo que lleva dentro es basura. ¡Los Cardenales de Nuevo León rules! Miami, ciudad monstruo, la que enceguece a los soñadores con sus diamantitos de esperanza para poder degradarlos, invisibilizarlos y suprimirlos. La ciudad que se alimenta de lo que niega.

Este libro, dividido en una novela corta y dieciocho relatos breves, con apenas 129 páginas, es un álbum fotográfico donde los fantasmas sin papeles son los únicos visibles. Los únicos que buscan su voz y miran, se desgarran y luchan contra “una maquinaría de muerte y dinero”. Seres que huyeron de algún infierno con la promesa de, por lo menos, “retrasar la agonía”. Seres que llegaron a un paraíso que a las primeras sombras de noche revela sus entrañas, las del monstruo que carcome. Seres que se han mimetizado con el espacio que comparten: sillas y mujeres, hombres y mesas, roídas y degradados por igual. En Miami Blue seguimos el “derrumbe cotidiano” de un grupo de personajes que con el tiempo se han enmohecido, silenciado y roto. Cada uno sobrevive día a día a su propia historia en ese país donde “sin papeles, ni los sueños ni los deseos cruzan la frontera” y donde hasta la esperanza es “una ilegal de mierda”. La violencia, el silencio, la podredumbre y el desencanto les han trazado el destino en ese país “vedado para la vejez”. La droga es el único estímulo. El placer, la bondad, la esperanza, los sueños se extinguen como las mariposas que dan nombre a la novela.

Las historias abruman porque nos remiten a la violencia que nos ha estado pisando los talones, a una realidad de la que “no hay escapatoria”: las guerras entre narcos; la brecha cada vez más honda entre clases; la represión contra las caravanas migrantes en el sur de México o contra los estudiantes, ese “refugio ante la barbarie”, que la Historia Oficial no podrá ocultar; el machismo, la xenofobia, el racismo que afecta tanto a mi país; los gobiernos miopes. En las Otras historias encontramos un cúmulo de injusticias, otra parcela de terrores: desde inmigrantes ilegales para los que “la ciudad se vuelve finalmente un viaje sin regreso”, una ciudad donde andan “todos los días con una herida en medio de los sueños”, hasta las alegrías que pueden ser compartidas “junto a las llagas” como en esa venganza onírica de “Díaz Ordaz, el quinto Doors” o la hermandad del llanto en “La balada de la mujer que llora”.

Historias que, a través de un estilo punzante y diversos tonos, nos arrastran a la pesadilla de “los menos favorecidos”, de los Nadie, de los que, como esa Ariadna del cuento homónimo, no dejan de luchar contra los inmensos Minotauros de la Historia por los derechos y las oportunidades que todos merecemos: “Aun con la podredumbre en el horizonte, Ariadna no flaquea. Ariadna lucha. Es lo que sabe hacer: luchar. (…) Tan sólo lucha porque es lo que sabe para sobrevivir en un mundo sin dioses pero con estatuas de dioses”. Uno sale del libro repitiéndose las últimas frases, conmovido. Y abrazando la esperanza de que “si unimos nuestros dolores pueden florecer los días”.

© All rights reserved Eduardo Oyervides

 

Leave a Reply