RICARDO GARIBAY: LA VIGENCIA DEL OFICIO. Marco Antonio Cerdio Roussell

El 3 de mayo (4 según algunas fuentes) de 1999 fallecía Ricardo Garibay. Su muerte dejaba una amplia obra que iniciada desde la década de los cuarentas con algunos cuentos había terminado por brindar excelentes muestras de novela, crónica, testimonio, guion y un largo etcétera. En paralelo su presencia en la televisión mexicana lo había convertido, más que en una referencia, en  un personaje. Con todo el personaje siempre fue fiel a un principio: la caracterización de la labor del escritor en cuanto oficio, la lenta búsqueda de dominar las técnicas narrativas y, en el caso de Garibay, esta búsqueda se desbocó en una grafomanía que sobre todo encontraba lugar en espacios periodísticos.

Ahora bien, la pregunta sería: ¿Qué de toda esa producción tiene todavía algo que decirle al lector de hoy, sobre todo al joven que no conoció al Garibay personaje? La pregunta puede recibir varias respuestas, pero yo sugiero las siguientes.

En principio, Beber un cáliz (1962) la novela corta de Garibay que le mereció el Premio Mazatlán en 1965. Esta obra, primer éxito del autor, representa su forma canónica de ejercer la escritura. Un narrador personaje (identificable con el autor) va contando la manera en que enfrenta el lento proceso de la muerte de su padre. A través de sus ojos, de sus recuerdos y reflexiones (el narrador llega a citar al autor francés Bernanos, en ese diálogo difícil y nunca interrumpido que mantuvo con el catolicismo como apuesta vital) acompañamos al narrador en el cierre de un ciclo vital, el lento desprenderse de las amarras con un pasado que a veces parecía no advertir que cargaba con él.

El problema con el éxito es que una vez alcanzado, no siempre sabemos qué hacer con él. O cómo superar lo logrado. Bellísima bahía (1968) es la historia de un fracaso narrativo. La manera mimética de narrar del autor no funciona igual que con la novela previa. Sin embargo, no es esa mi recomendación. A partir de esa novela, Garibay toma distancia del género. Intentará apropiarse aún más del lenguaje, representarlo vivamente. Dos obras son las que muestran este camino de apropiación del lenguaje y merecen leerse aún hoy, yo diría que urgentemente: Diálogos mexicanos (1975), un terrible collage de las prácticas discursivas de distintos estratos sociales del México de los setentas donde, lo ya advertido en Bellísima Bahía toma ritmo y manifestación: quienes viven en los extremos de los abismos sociales del país, cada uno habla de manera diferente su lengua. En este sentido, Garibay es un testigo anonado de una transformación que no alcanza a comprender cabalmente pero no deja de señalar de manera precisa. Pocas veces un autor ya maduro, macho, mexicano, intentaría abrir sus oídos como lo hace Garibay para a recoger las voces del otro, de los jóvenes, de las mujeres, los homosexuales, los indígenas y los campesinos. Ya no es la voz que se desdobla para criticar cuando pontifica en Bellísima Bahía. Él escucha. A veces se da el gusto de intervenir como personaje, pero en general es sólo para patentizar su escuchar y escribir. En Las glorias del gran Púas (1979) logra por fin su síntesis de una construcción narrativa precisa, la justificación de su presencia como narrador personaje bajo la coartada del periodismo, pese a qué lo que narra no es un encuentro deportivo. Pero existe otro fruto de esta búsqueda, un fruto en sentido inverso. La casa que arde de noche (1971) es una novela corta perfectamente trabajada, sin las intromisiones del narrador personaje Garibay en el relato, la superación de Beber un cáliz. Si bien los personajes son muy característicos del autor hidalguense, el escenario elegido y el lenguaje de la misma no dejan de ser  una muestra de su versatilidad.

Tras esa novela corta vendría la que a mi juicio, es la obra de Garibay con mayor, extrema actualidad. Acapulco (1979) es un enorme mural, una especie de recorrido por el infierno y el aparente paraíso de la desigualdad mexicana. La violencia criminal y política, el amago de la venganza sectaria, la corrupción del espacio público y la profunda desigualdad que todo parece viciarlo, torcerlo, quebrarlo, está ahí, ahí mismo donde cualquier persona tiene actos de amor, sacrificio y desapego. La maestría de Garibay para incorporar las formas de hablar de los distintos estratos sociales, su profundo apego a ese puerto, su olfato periodístico le permitieron generar una crónica que no pierde vigencia porque apenas la mencionamos, la realidad nos obliga a revisitarla para darnos cuenta de que no estábamos inadvertidos de lo que podía pasar. Simplemente, preferimos leer de otra manera.

Paradójicamente cerraría mi recuento rescatando al personaje que quiso construir Garibay en Como se gana la vida (1992) un texto de memorias en que el autor busca patentizar su compromiso con un oficio, una lenta construcción de mecanismos y conquista de recursos que él aprovecho para realizar su obra.

Queda pendiente el leer a Garibay de otra forma. No por el cariño del severo personaje de las anécdotas y la televisión sino por esa terquedad con que trató de apropiarse del lenguaje y contar nuevas historias. En lo que respecta a sus crónicas, por otro lado, las razones de su lectura lamentablemente no se reducen a la maestría. Él vio y escribió sobre lo que no se quería mirar. En última instancia su crónica es una didáctica del saber mirar y saber escribir.

© All rights reserved Marco Antonio Cerdio Roussell

Marco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

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