MIAMI: TRES CRIMENES. Hernán Vera Alvarez

Hace algunos años escribía para un diario sobre casos policiales en los Estados Unidos. A la par de las nuevas crónicas, mis seudónimos se sucedían. Aquí fui Alejandro Rooster. Escribir en un tono ajeno a la crítica cultural, el ensayo, el comic o la ficción –un tono que rozaba la prensa amarilla y el noir– me divertía: era otro desdoblamiento, un más en la tarea de vivir y escribir. Líneas paralelas que, al fin, en algún lugar se unen. Y rechazan.

1

Ocean Drive es la calle más exclusiva de South Beach y está manchada de sangre. Más precisamente las escaleras de una mansión llamada Casa Casuarina. Esa fue la morada del diseñador italiano Gianni Versace. Allí, por años, se celebraban fiestas que duraban hasta el amanecer con lo más selecto de Hollywood.  Una mañana, como hacía todos los días, el diseñador caminó hasta News Café para comprar su periódico en italiano. Al regresar lo esperaba Andrew Cunanan, de 27 años. El joven comenzó a gritarle, dicen que Versace no le dio importancia hasta vio que estaba armado. Fue en ese momento que el diseñador recibió dos disparos en el cara. Murió enseguida, sobre las escaleras de su mansión.

Cunanan no era la primera vez que mataba, lo había hecho en cuatro oportunidades. Por eso, se había convertido en el 449º fugitivo en la lista de las personas más buscadas por el FBI. Todas las víctimas habían sido hombres maduros, con un buen pasar económico y sin pareja.  A Cunanan no se le conocía trabajo fijo. Muchos dicen que vivía de lo que sus amigos íntimos les daban como pago por su compañía. Aún hoy, no hay datos concretos de por qué mato a Versace. Lo único que se comprobó es que el asesino sufría de trastornos de la personalidad.

De cualquier modo, al matar a Versace  los minutos para el joven estaban contados. Apenas unos días después del incidente que fue tapa de todos los periódicos alrededor del mundo,  el 23 de julio de 1997, Cunanan, solo, deprimido y sin un centavo, se suicidó con un disparo en la cabeza.

2

A veces un paseo romántico a la luz de luna puede convertirse en una frenética pesadilla. Es lo que sufrieron Nelson Portobanco y Ana Maria Angel Osorio. Celebraban sus primeros cinco meses de noviazgo. Para complacer una vez más a su novia que adoraba, Nelson había organizado una cena en Los Ranchos, un restaurante de Miami Beach.

Aquella noche de abril del 2002 los jóvenes, entre besos y las promesas que se hacen los que se quieren, hacían planes para el futuro. Ana María soñaba con ser admitida en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Con tal solo 18 años, esta jovencita que había nacido en Colombia, se había destacado como una de las mejores de su clase en High School. Era seguro entonces que sus sueños se hicieran realidad.

Pero no fue así. Cinco jóvenes –Joel Lebron, Cesar Mena, Hector Caraballo, Victor Caraballo y Jesus Roman– en una Ford F-150 los interceptaron y con armas de fuego los amenazaron de muerte si no subían. A partir de allí la noche quedaría como uno de los incidentes más sangrientos en la historia de Miami. En la camioneta les sacaron las tarjetas y fueron robando dinero de las ATM antes de tomar la I-95, el camino que desembocaría en la muerte para Ana María. Mientras golpeaban brutalmente a Nelson, otros desnudaban a la joven que entre gritos de desesperación trataba en vano de impedir que la violaran.

En un paraje desolado al Norte del condado de Broward, la camioneta se detuvo. Los hombres, a la vez que le daban patadas a Nelson, que caía en el suelo, lo apuñalaron hasta diez veces. Con la cara y el cuello desfigurados, los asesinos pensaron que el joven estaba muerto. No era así. La camioneta siguió hasta un costado de la Interestatal 95 en Palm Beach. De rodillas, Ana María rogaba que no la mataran. Lebrón apuntó su revólver y disparó, sin suerte. Los gritos cada vez más desesperados de Ana María no servían de nada: Lebrón disparó una vez más, y la bala tampoco salió. Como en un cuento de hadas macabro, la tercera fue la vencida.

Nelson Portobanco sobrevivió. Por sus testimonios se pudo detener a los cinco delincuentes. De todos ellos, que cargan con cadena perpetua, Lebrón ha sido sentenciado a muerte.

3

La tarde del 26 de mayo del 2012 el mundo otra vez clavó su mirada en Miami. Ante las cámaras de televisión  los periodistas no podían ocultar el horror: hablaban de un “zombi caníbal” que se había devorado la cara de un hombre. Luego se supo por informes policiales que el agresor, Ruby Eugene, un joven de 31 años, hijo de inmigrantes haitianos, había atacado a Ronald Poppo, un homeless que dormía a un lado del MacArthur Causeway. Ruby, que estaba semi desnudo, atacó a Roland por el supuesto robo de una biblia. Como un animal hambriento, el joven comenzó a comerse los ojos del anciano hasta tragarse el 75% de su rostro, dejándolo a punto de morir.

Después de que fuera imposible que dejara su presa, y ante los insistentes llamados del oficial  José Ramirez, Ruby murió al recibir dos disparos. Eran las 2:13 de la tarde.

Si bien no hay razones muy claras del por qué del comportamiento demencial de Ruby –quien tenía un largo historial de robos menores que empezó cuando tenía 16 años–, la Policía de Miami atribuye como el principal detonante del incidente, a que el joven haya consumido “Ivy wave”, una nueva droga sintética, conocida como “sales minerales”.

4

Como el mar, el sol y las palmeras, el crimen está allí afuera.

Vera (foto libro)Vera –Hernán Vera Alvarez– (Buenos Aires, 1977) es escritor y dibujante. Ha publicado el libro de cuentos Una extraña felicidad (llamada América) y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas!. Muchos de sus trabajos han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, Nagari, Sea Latino, TintaFrescaUS,  La Nación y  Clarín. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. Desde el 2012 también es ciudadano americano. Blog: www.Matematicasencopacabana.blogspot.com

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