LITERATURA DEL NARCO. Marco Antonio Cerdio Roussell

En días pasados en una acción propia de una película de espionaje, el  Z 40 (Personaje que tramitó un juicio para evitar fueran difundidos sus datos personales por la autoridad) fue detenido a la luz de un potente Black Hawk artillado.

La inmensa mayoría de los analistas señalan que esta detención marca un hito en la historia reciente del país: si bien la violencia continuará, el grupo de militares altamente entrenados que se convirtieron en uno de los cárteles de la droga más sanguinarios del planeta ha sido disuelto.  Atrás parece quedar la militarización desde dentro y desde fuera de un problema de inicio delincuencial, mismo cuyas aristas y dimensiones ocuparán la reflexión del país los próximos años.

Este desolador e inacabado conflicto deja también una estela en el campo de las artes y la cultura de México. Si bien en esta entrega no me ocuparé del debate sobre la pertinencia del término “narcoliteratura” como categoría de clasificación y análisis, si quisiera mencionar algunos indicios de que la reflexión sobre el pasado reciente y sus repercusiones a  futuro, va a continuar durante algún tiempo e influirá particularmente en el campo literario.

Hace ya 115 años, en 1898 se buscó usar el ejército para solucionar un conflicto que, bajo un cariz religioso, expresaba profundas tensiones de carácter económico y social. Del desigual y violento choque en medio de las montañas de Chihuahua surgió una obra literaria ejemplar: Tomóchic. El testimonio de Heriberto Frías, apenas disimulado tras una trama novelesca, constituye, a decir de los críticos, un antecedente o una primera manifestación de lo que posteriormente se denominara “Novela de la Revolución”. Ahora bien, si algo comparte Heriberto Frías, contemporáneo de las primeras fisuras en el edificio porfiriano, con los escritores que definieron esa narrativa veinte o treinta años después, sería la mirada crítica, desengañada, sobre los discursos del poder.

En todos ellos (y también en poetas como Ramón López Velarde) hay una cierta añoranza del orden y la paz perdida. Esta mirada no debe hacernos pasar por alto  el interés común a varios de ellos, de reordenar los eventos, de hacer comprensible a partir del relato lo que sucedió. Después, de está reelaboración y de la memoria colectiva, distintos actores obtendrán diversas lecturas de la revolución mexicana, permeadas por la necesidad de legitimar el régimen que se estableció luego de la etapa militar del conflicto y que construyó las bases del México del siglo XX.

No. No hay una épica posible a partir del conflicto actual. Los errores, el sufrimiento, las dimensiones del mismo deben, sin embargo, ser objeto de un largo proceso para desentrañar las razones profundas, estructurales, que llevaron a un país que se creía libre de conflictos de esa envergadura,  a situaciones que el día de hoy sólo podemos apreciar de manera sesgada. No en balde, la obra póstuma de Agustín Yáñez fue Santa Anna: espectro de una sociedad.  Ya alejado de la temática revolucionaria, el narrador creía que sólo la reflexión sobre los periodos más oscuros de la historia nacional podría prevenir nuevos episodios de convulsión y debacle social.

En un país que ha optado varias veces por la literatura como un mecanismo para cuestionarse a sí mismo, para interrogar su historia y su cultura, no queda más que esperar que de la problemática reciente se desprendan distintas tentativas de apropiación literaria. No se trata sólo de una estrategia  editorial o una moda. No necesariamente llevará a grandes obras de manera inmediata. Pero de que es una temática que continuará siendo recurrente para escritores y cronistas del país, podemos estar seguros. La historia la escriben los vencedores. En estos conflictos que implican la derrota de una concepción de vida cívica, la voz de los derrotados puede y debe tomar cuerpo en la literatura.

Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

twitter@Marco_Cerdio

 

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