LA PRINCESA AOI. Autor Yukio Mishima. Dirección José Manuel Domínguez. Puesta en escena Elizabeth Mojica

La princesa AoiTitulo original Aoi no Ue Autor. Yukio Mishima. Dirección. José Manuel Domínguez. Puesta en escena. Elizabeth Mojica. Escenografía Sara Millán  Dirección Multimedia. Dinorah de Jesús Rodríguez. Música original. Nina Kasper y Enrique Pachá  Navarro. Iluminación Gary Lund. Vestuario Vanessa García. Maquillaje. Rita Renteros Ilustración Claudia Escobar. Video. David Araujo y Carlos Bueno. Producción. La Imaginaria/Indie Project y Antihéroes Project. Elenco. Paulina Gálvez, Paula Escobar, Amylkar, Elizabeth Mojica, Belén Curiuni.

Sinopsis

Aoi está internada en un hospital psiquiátrico mientras su esposo Hikaru está de viaje. Tiempo atrás, Hikaru tuvo un romance importante con una mujer, Yasuko Rokujo, quien nunca se resignó a perderlo. Todas las noches el espíritu de Yasuko se presenta en el lugar para amenazar a Aoi, hasta que se encuentra con Hikaru en el hospital y trata de convencerlo para que regrese con ella. Él no quiere abandonar a Aoi. Pero cuando Yasuko se va de la habitaciónn, el corre en su búsqueda. Al final, el delirio entre sueño y realidad de Hikaru deviene en tragedia…

 

Amor tradicional  frente al amor pasional en el Japón de posguerra.

En la obra aparece el dilema entre el amor-puro y el supuesto amor-malévolo “Quiero hacerla sufrir…” dirá Rokujo mientras contempla a Aoi con envidia ante Hikaru. Recordemos que esta pieza está dentro de una interpretación moderna que hace Mishima del teatro clásico noh japonés. Un teatro basado en temas de la aristocracia oriental, la desdicha y la solemnidad desde textos mayoritariamente poéticos, en contraposición al teatro kabuki, más experimental, extraño y lleno de aquel blanco facial tan característico entre los actores que lo representan en Japón.

Si bien hubo algunos problemas de audición que no permitieron el pleno entendimiento de un texto lleno de lirismo y sufrimiento, decir que la interpretación del elenco estuvo bien trasladada al espectador. Tanto la gestualidad del dolor, a  través de la danza que Paola Escobar nos muestra con nervio investida de princesa, hasta los registros bien unidos de Paulina Gálvez (Yasuko Rokujo) como seductora-malvada en escena. Amylkar desde la figura de príncipe Hikaru, tiene que alternar su rectitud con la compasión, dependiendo a que amada se dirija. Mientras que las dos enfermeras(María Belén y Elizabeth Mojica) varían su trabajo de atención médica con el perverso que les depara la venida de la oscuridad  “…comienza la lucha de la noche…nosotras permanecemos inmutables en el mundo del amor y en la hora de amar…”.

A destacar la música en directo: desde los compases a mano con los tambores batá de Nacho hasta el chelo melódico u atronador de Nina que recrea, según el momento escénico, la tensión y la angustia del instante. También el trabajo escenográfico tan simbólico como sobrio de Sara Millán para enfatizar más la palabra que la acción con los objetos. Citar un hermoso teléfono que sirve para conectar la realidad con el sueño o viceversa. Y un ventanal fungiendo de pantalla que, junto a una acertada proyección erótica de la época, (Dinorah de Jesús) le sirve al director como elemento para reforzar la ridiculización que Mishima pretendía del discurso psicoanalítico proveniente de la cultura occidental. En fin, una coordinación de “muchos”, respetando los tempos del teatro en Oriente y las propuestas por parte del director (José Manuel Domínguez) de un equipo que suma en un todo a la hora de ponerse en acción.

Yukio Mishima fue la respuesta directa, literariamente hablando, a la “invasión”, no sólo del territorio sino también cultural, que perpetró EE.UU a Japón después de la II Guerra Mundial. “Su bandera es blanca, pero esta bandera blanca hasta es pisoteada, ajada y manchada con sangre…la vergüenza es la medalla de ellos…lo que se ve en la lejanía no son casas, son tumbas” dice una de las enfermeras del hospital hablando de lo que ve por la ventana a Hikaru; es decir, la realidad de aquel país en plena ocupación. La princesa Aoi es un ejemplo de este padecimiento que siente el dramaturgo por la situación vivida.

Pero esta tragedia que transmite la obra, al final se convierte en plenitud con respecto al resurgimiento del buen teatro independiente en esta ciudad. Esta vez, desde la sede del Light Box del Miami Light Project en Wynwood, en pos de seguir arañando nuevos espacios y público para proyectos innovadores y serios como éste cuando las sinergias se unen hacia un mismo fin. ER

Leave a Reply