DOS LIBROS, CIEN AÑOS. Marco Antonio Cerdio Roussell

En medio del barullo cotidiano, del acomodo y reacomodo de la república de las letras y los necesarios intercambios respecto a la significación crítica de las obras actuales, los intereses que cristalizan detrás de una poética o un grupo y el estado de cosas que caracteriza su interacción con el resto de los autores y sus posibles lectores,  a veces se olvidan momentos que significaron verdaderas transformaciones en la forma de expresarse poéticamente en este país.

Este año se cumple el centenario de un par de obras que, pese a la diversa suerte crítica que tuvieron, no dejan de representar tentativas por alcanzar un más allá diferente a lo que hasta ese momento se realizaba. Se trata de obras que, pese al momento particularmente poco favorable en que se publicaron,  resultan todavía relevantes para distintos tipos de lectores.

Primero, me ocuparé de Efrén Rebolledo (1877- 1929). Este autor, nacido en Actopan Hidalgo, desarrolló  en paralelo a su carrera literaria actividades diplomáticas a grado tal que apenas recién ingresado al servicio exterior mexicano compartió con Federico Gamboa la espinosa mediación y resolución del conflicto entre Guatemala, Honduras y el Salvador, donde la posición mexicana, si bien evitó una persecución política hacia los refugiados del conflicto, fue enfriando el aprecio que le guardaba el gobierno estadounidense a Porfirio Díaz. Su posterior estancia en Japón le permitió desarrollar una poética particular, llegando a conocer la cultura y lengua de ese país como pocos extranjeros de su época. El estar lejos de la escena política nacional y su pertenencia a una generación que se había desarrollado bajo la égida de Díaz, lo llevo a cometer lo que en su momento no percibió como un error político: ligado al servicio exterior mexicano en el periodo de Victoriano Huerta al triunfo del constitucionalismo se vio obligado a regresar al país, sumido en un relativo ostracismo que sólo rompía el reconocimiento a su obra poética.

Es en esas condiciones que el poeta hidalguense elabora y publica,  Caro Victrix, el triunfo de la carne, un libro donde rompe las convenciones previas del modernismo y se lanza hacía un más allá hasta ese momento apenas osado por Tablada y Nervo en sus momentos más rebeldes. Si en su momento “Misa negra” de Tablada representó un atrevimiento y un escándalo que empataba con la virulencia del malditismo de autores europeos, en  Rebolledo se trata de la exploración sistemática del erotismo, tal y como sólo podía ser percibido en los estertores de ese represivo mundo que reventaba con la primera guerra mundial, las ya próximas vanguardias y la maduración del freudismo. Es en pleno 1916 que Rebolledo escribe y publica:

Más pulidos que el mármol transparente,

más blancos que los blancos vellocinos,

se anudan los dos cuerpos femeninos

en un grupo escultórico y ardiente.

Ancas de cebra, escorzos de serpiente,

combas rotundas, senos colombinos,

una lumbre los labios purpurinos,

y las dos cabelleras un torrente.

en el vivo combate, los pezones

que se embisten, parecen dos pitones

trabados en eróticas pendencias,

y en medio de los muslos enlazados,

dos rosas de capullos inviolados

destilan y confunden sus esencias.

“El beso de Safo” es sólo uno de los poemas que integran Caro Victrix. En cada uno de ellos, distintas maneras de concebir lo erótico y de expresarlo en un lenguaje que busca superar la labor de orfebre previamente reconocida en Rebolledo va desbordando los cauces del modernismo. No es el afán de escandalizar de la época de la Revista Moderna. Más bien es un compendio, una ascesis, distintas paradas en un recorrido donde la experiencia amorosa se describe ya como ausencia, ya como desplazamiento, ya como triunfo de esa carne hasta ese momento vilipendiada por la cultura católica predominante en México. No sólo es su obra más importante, sino que marca el inicio del fin para su actividad literaria. De nuevo en el  servicio exterior mexicano, se hará cargo de representar al país con diversas categorías ante Noruega, Chile, Cuba y España. Será en este país que muera y posteriormente sus restos serán enviados a la fosa común por obra y gracia de la imprevisión gubernamental. La última compilación de su trabajo Obra reunida será publicada en  2004 por Océano y el gobierno de Hidalgo contando con un estudio de Benjamín Rocha.

Sin embargo, no será este el último libro que se levante contra la cultura católica y su habitual represión. Tal vez sería más preciso decir que el próximo libro a comentar contará con está represión y el erotismo enfrentado a la culpa para alcanzar otro nivel poético. La sangre devota de Ramón López Velarde publicado en enero de ese mismo 1916 romperá verdaderamente con las amarras del modernismo, abrirá caminos para las próximas generaciones de poetas y logrará que confluyan en sus versos el erotismo y la voz de una población hasta ese momento apenas atendida por los poetas nacionales. En La sangre devota el tono es completamente diferente a las búsquedas previas. La tensión erótica no se expresa a través del rescate de figuras emblemáticas como era el caso de Rebolledo. Para López Velarde, el mundo previo al colapso porfiriano es más bien una visión nostálgica que nunca dejará de revisitarse, como tampoco la primera juventud y la infancia. Es en el lenguaje de lo religioso, desde lo provincial y no en lo abiertamente blasfemo y lo exótico donde la tensión erótica buscará insinuarse y expresarse.

A Sara (fragmento)

A mi paso y al azar te desprendiste

como el fruto más profano

que pudiera concederme la benévola

actitud de este verano.

(Blonda Sara, uva en sazón: mi apego franco

a tu persona, hoy me incita

a burlarme de mi ayer, por la inaudita

buena fe con que creí mi sospechosa

vocación, la de un levita).

Frente al poema cumbre de Rebolledo, aislado entre la poco frecuente lectura de sus otras obras y su carácter extremo al intentar desbordar por una senda distinta el modernismo pero cerrándose la vía al deberle demasiado a su época formativa, la  obra inicial de López Velarde marca no sólo una pauta inaugural en la obra del poeta sino el inicio de un verdadero parteaguas en la poesía mexicana, objeto de la mayor atención crítica y una constante influencia sobre autores posteriores. Cabría entonces, sin más,  reconocer que si López Velarde inicia una nueva época en la poesía mexicana, la clausura del periodo previo corresponde precisamente a Rebolledo. Al mismo tiempo, en el exilio, José Juan Tablada espera toparse con las vanguardias. El siglo veinte está iniciando. Sobre esas vertientes Contemporáneos construirá su aporte. No hace más de cien años de ese momento de cierre y apertura.

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Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

twitter@Marco_Cerdio

 

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