DOS GOLPES DE TOS. Felipe Delgado Córdoba

Duermo. A mi manera, que es la peor de las maneras. Porque lo que es dormir de verdad, a pierna suelta, sumergida en un profundo y reconfortante sueño reparador, es algo que no experimento desde el sexto mes de embarazo.

Dicen que en la Primera Guerra Mundial los soldados franceses dormían un sueño tan ligero, que les permitía una reacción instantánea ante los imprevisibles ataques del enemigo. Pues yo duermo como ellos, en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño. Siempre alerta. Pendiente de todo ruido o señal de peligro que aceche a mi prole, que en este caso viene a ser una niña.

Mi bebé tiene cuatro meses. Descansa plácidamente en la cuna, junto a mi lado de la cama, ajena por completo a los constantes quebraderos de cabeza de su mamá. Y sí, soy madre primeriza. Dicha condición implica la penitencia de estar sometida al “Gran Consejo de Sabios”, presidido por mi madre y mi suegra, y al que cualquiera, desde una cuñada hasta un vecino, puede abonarse con total libertad para darme lecciones magistrales sobre la crianza de mi hija. Entiendo que la intención es buena, pero son tan cansinos que un día de estos les digo que he cambiado a la niña por una lavadora en el Walmart más cercano, a ver si así me dejan en paz.

El que duerme como un rey es mi marido. Sus ronquidos dan fe de ello. A veces pienso que si el piso estuviera en llamas, no se enteraría. Confieso que me pensaría el despertarlo. Y es que da coraje. Cada mañana compruebo disgustada ante el espejo los estragos de la falta de sueño. Sé que es algo transitorio, o al menos eso espero, pero el aspecto macilento y las ojeras me ponen de un humor de perros cuando comparo con el lustre lechonesco de mi querido esposo. Para él todo va bien. No hay problema ni amenaza posible, y si perturbo su estado zen de paz y tranquilidad me responde con el calificativo de: “Exagerada”, lo que me lleva a acordarme de las amazonas, esa tribu mitológica de mujeres guerreras que sólo usaban a los hombres para procrear y después  se los cargaban sin contemplaciones. Luego veo al padre con la niña en brazos y me arrepiento de mis turbios pensamientos. En el fondo, creo que envidio su despreocupación. Menos mal que mi madre siempre está ahí para apoyarme: “Las mujeres de ahora parecéis de merengue, tenéis horchata en las venas. Antes sí que era difícil sacar un hijo adelante y no nos quejábamos tanto. Antes no había tantas comodidades. Antes teníamos más hijos. Antes todo esto era campo. Antes …”. Es mi madre. La quiero. Hasta puede que tenga razón. Pero reconozco que a veces me dan ganas de cambiar de ciudad y número de teléfono, y volver cuando la niña tenga veinte años.

La noche transcurre tranquila. Sin novedad. Mi vigilancia ha agudizado mis sentidos, como si tuviera superpoderes. Escucho la respiración del bebé, he aprendido a ver en la oscuridad y mi olfato detecta si la niña se ha hecho caca desde el primer pedete. Soy el “terminator” de la maternidad y estoy preparada para cualquier contingencia.

Un golpe de tos del bebé irrumpe en mitad del silencio de la noche. Mis ojos se abren del todo. Trago saliva. Calma. Sólo es un poco de tos. Nada de lo que preocuparse. Ya estoy harta de tanta acusación de proteccionismo exagerado.

Un segundo golpe de tos.

Maldita sea. El marido ni se inmuta. Sigue roncando. Haré como él. Tranquilidad. No lo consigo. Noto como el corazón se acelera. Debo dominarme. Pensaré en algo tranquilo. La playa, o quizás la montaña. Sí, eso. Una montaña con flores, tranquila y apacible. Como un cementerio. Lo intento, pero no puedo. A mi cabeza sólo acuden dos palabras que se repiten machaconamente una y otra vez: “MUERTE SÚBITA”. Soy creyente de conveniencia, así que no puedo evitar lanzar una pequeña plegaria a Dios, la Virgen y toda la corte celestial pidiendo el bienestar de mi hija, prometiendo a cambio que iré todos los domingos a misa, recalcando a la divinidad que esta vez lo prometo de verdad. No sé si será por lo nervios, pero me parece que no escucho el tenue soplido de la respiración de mi hija. Trato de afinar el oído. Nada, salvo los ronquidos del amado esposo. Un sudor frío recorre mi espalda y la boca se ha quedado seca de repente. La situación me supera ¿Se estará asfixiando mi bebé? Si así fuera, cada segundo cuenta. Trato de encender la luz. No atino con el interruptor. Mi cerebro no para de recordarme: “CADA SEGUNDO CUENTA”, lo que aumenta mi ya desbocado nerviosismo. Acierto al quinto intento. Se hace la luz. Pese a la molestia en los ojos, observo a la niña de arriba abajo en busca de señales de vida. Se la ve tan quieta. Como si estuviera inerte. Como si estuviera muerta. En ese instante sé lo que se siente antes de tener un infarto. Estrecho a mi niña con fuerza entre mis brazos. Llora con ganas. Y yo lloro con ella, aliviada. Unos gruñidos masculinos de queja llegan desde el otro lado de la cama. El señor marqués ha visto su sueño interrumpido y reafirma su protesta con una sonora ventosidad. Ahora me da la risa. Ordeno a mis ojos que no miren la hora en el despertador de la mesita de noche. No me obedecen, por el rabillo veo que son las 05:17AM. Pronto amanecerá.

Una noche más en casa de los Pardíllez.

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Felipe DelgadoFelipe Delgado Córdoba es Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales (sección Empresariales) y Licenciado en Investigación y Técnicas de Mercado por la Universidad de Córdoba (España), ciudad en la que reside. Actualmente, trabaja en el Centro de Prevención de Riesgos Laborales de Córdoba. Pero lo que a él le gusta de verdad es escribir, y como reconocimiento al desarrollo de esta afición tardía fue finalista y mención especial del jurado en la Primera Edición del Certamen “Vallecas Cuenta” (Madrid, España) con el relato “Las Espinas de las Rosas”, publicado en el libro “Tenemos la Mascota que Usted Necesita y Otros Relatos”. fdelgado9@gmail.com

10 responses to “DOS GOLPES DE TOS. Felipe Delgado Córdoba

  1. Muy original. Me ha gustado el hecho de convertir algo cotidiano en una tragedia llena de angustia. Le auguro una buena carrera. Enhorabuena, joven.

  2. Relato afable, sosegado , con nervio, fina ironia y con un final que me ha dejado petrificado hasta descubrir con satisfacción que finalmente no se cumple el mal presagio de la madre , enhorabuena y saludos de un realizador de cortometrajes.

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