DIÓGENES. Elsa Herrera Bautista

Iba de malas, sudando a chorros. A mí el verano, igual que a la mayoría de la gente que nació en esta ciudad, me resulta insoportable, sobre todo a las dos de la tarde a bordo del metrobús. Mi carro estaba descompuesto y yo había tenido que ir a dar un taller para empoderar a las mujeres de San Juan de las Pitayas. Andar en transporte público es un atentado contra la dignidad humana al que estoy habituada, como antropóloga de clase media, no es infrecuente que mi carcacha se halle fuera de circulación. 

Estaba concentrada en mi sudor y en el sudor de los demás, incrustada en ese calor exasperante que tenía secuestrada a la ciudad, cuando me di cuenta de que junto a mí estaba un muchacho moreno, más o menos de mi estatura y nada feo, que iba abstraído mirándome los senos. No me ofendí, más bien me pareció extraño su buen gusto porque frente a él iba una muchacha más joven, rubia, regordeta y de pechos enormes. Un poco más allá,  una señora con un escote muy amplio. Esos dos pares de pechos captaban la atención de la mayoría. 

En fin, aquél iba mirándome a mí, no de una forma francamente lasciva, sino distraída, como buscando mantenerse despierto en el sopor del mediodía. Estábamos de pie, casi juntos. Lo calculé inofensivo y, la verdad, decidí divertirme. Me pasé la mano sobre la frente para limpiarme el sudor y luego la deslicé suavemente a lo largo de mi rostro, llegué al cuello y seguí descendiendo. En ese hueco que se forma entre mis pechos me detuve un poco, como si me diera un masaje exprés. Me aseguré de que el chavo me miraba y luego me regresé la mano al cuello para volver a limpiarme el sudor. En esta posición busqué sus ojos abiertamente, sonreí y le hice un comentario sobre lo cabrón del calor. Él, claro, se puso nervioso y muy serio me dio la razón. Después le pregunté  en dónde me tenía que bajar para llegar a Plaza Cristálica, cosa que yo sabía perfectamente. Me contestó algo. Le pregunté otra cosa y me volvió a contestar. Antes de que hiciera una broma y él riera genuinamente, yo ya me había fijado en sus bíceps y deduje que se trataba de un trabajador de la construcción. Joven y fuerte. Ups. 

Nos dijimos nuestros nombres. Resultó que se llamaba Diógenes ¿Para qué? Si se hubiera llamado Lucas o Pedro, el asunto no habría pasado a mayores, pero en cuanto dijo Diógenes me inspiré. Le conté de la lámpara, del filósofo y tanta cosa. Y me escuchó con atención. Diógenes me gustó, es que era Diógenes el albañil, el chalán y el ñero. Diógenes el de los brazotes, el del sudor perfecto, el que no babeaba como animal cuando veía pechos gigantes. 

Total, quise saber en dónde iba a bajarse y en dónde vivía.  

—Me bajo en Canguros y vivo en Hipólito el Santo. Casi a la entrada, por el Bar el Cazador y el Motel Ensueño. 

Motel- motel- motel- Ensueño- ensueño-ensueño. Esas palabras hicieron ecos en mi cabeza. Ahí sí, ya sin premeditación, le acerqué la boca a la oreja y le dije que me iba a bajar con él, si no había problema. Y pues no hubo. Cuando llegamos a Canguros, nos miramos a los ojos y él fue quien me tomó de la mano. Caminamos unas cuatro cuadras sin pavimentar hasta que llegamos al Motel Ensueño. Yo nunca había estado en esa parte de la ciudad, era como diez paradas después de Plaza Cristálica. De todos modos pensé que podría desocuparme sin problemas antes de que anocheciera. Así fue. El Ensueño es un lugar humilde pero muy limpio. Diógenes y yo practicamos nuestros mejores trucos esa tarde. El joven albañil resultó ser todo un caballero, cuando terminamos me invitó una cerveza y unos tacos y luego hizo el recorrido en metrobús para acercarme a mis rumbos habituales. Creo que estoy enamorada, pero más vale que no me lo encuentre de nuevo. 

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Elsa Herrera Bautista es socióloga, escritora y activista. Trabaja como investigadora y docente en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autora de Toy kids. simedetengomealcanzo@gmail.com

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