DESDE UN PAÍS SIN GAFAS. Juan Takai. Traducción de Toshiya Kamei

—No te preocupes, es probable que haya habido un error. Cuida a tu madre mientras no estoy.

Antes de que mi padre tuviera tiempo de ponerse las gafas, los soldados vestidos con uniformes verde oliva con brazaletes rojos lo obligaron a subir a la parte trasera de un camión. Esa fue la última vez que lo vi. Mi madre que estaba enferma en cama se levantó y lo llamó, sacando la mano por la ventana.

Cuando los soldados le gritaron, ella retiró la mano.

—¡Viva la revolución!—una voz tronó a través de un megáfono.

Los revolucionarios se habían infiltrado en nuestro pueblo. Los que usaban anteojos, los que leían libros difíciles y los monjes que cantaban mantras con demasiada frecuencia fueron llevados uno tras otro. Algunos habitantes dijeron: «son bienvenidos en el Partido Revolucionario», mientras que otros dijeron: «son ejecutados en algún lugar».

A mi madre no le quedaban fuerzas para ir al hospital. Luego, un niño con bata blanca nos hizo una visita. El médico, eso decía ser, no era mayor que yo. Cuando mi madre tomó el medicamento que le recetó, vomitó sangre y murió en el acto. Cremé su cuerpo en un campo abierto.

Al día siguiente, los soldados vinieron por mí. Me cargaron en un camión y me pusieron el uniforme de soldado. Guardé las gafas de mi padre en una mochila militar que contenía la poca ropa limpia que poseía.

Después de un par de días, la capital cayó en manos de los revolucionarios.

***

La voz de nuestro líder retumbó desde el altavoz.

—No se rían. No lloren. Todo ha cambiado. Somos primitivos pero avanzados. Separados del mundo manchado, ahora llevamos vidas bendecidas. Felicidad. Labor. Cooperación. Sobre todo, la juventud es una bendición. Los niños y las niñas deben desempeñar papeles más importantes en la sociedad en lugar de los adultos contaminados con pensamientos desagradables. Niños soldados. Niños doctores. Niños conductores. Niños policías. Niños verdugos. Niños. . .

Todos los días, mis camaradas disparaban sus armas y las detonaciones hacían eco en el aire. Un hombre que sangraba por la cabeza yacía bocabajo en un campo de arroz. Arrastré su cuerpo dejando un rastro de color rojo en el agua turbia. Un búfalo de agua jalaba por el barro a un profesor universitario maniatado. Los adultos fueron asesinados a diestra y siniestra. Ese era el estilo de vida. Era así desde el principio.

Mi rifle fabricado en China y las gafas de mi padre eran dos cosas que me importaban.

A veces, usaba las gafas en secreto. Cuando me las ponía, el mundo se volvía borroso. Nuestro líder dijo:

—Un intelectual observa un mundo sucio a través de sus gafas.

Pero no podía ver tal cosa con estas gafas.

Vivíamos en un templo desierto, con una estatua derribada de Buda. El lugar se había convertido en el cuartel de la sexagésima quinta división del Batallón del Este. Allí sostenía las gafas más cerca de mis ojos, luego más lejos. Sin embargo, unos días después, un comandante enviado desde la capital inspeccionó nuestras pertenencias. Tiré las gafas en un campo cubierto de huesos humanos. Contenía las lágrimas mientras las gafas se hundían en el pantano.

***

Una noche, estaba de guardia con mis camaradas en la entrada de los barracones donde los nuevos ciudadanos dormían. A diferencia de los viejos ciudadanos que habían apoyado la revolución desde el principio, no se podía confiar en los ciudadanos que se nos unieron más tarde. Esa era la instrucción de nuestro líder. Todos los residentes habían abandonado la capital y ahora vivían en aldeas rurales como la nuestra. La radio repitió que nuestro país vecino que había recurrido al revisionismo conspiró contra la revolución y, por lo tanto, teníamos que encontrar espías y erradicarlos por cualquier medio necesario.

De repente, una voz por el altavoz rugió:

—¡La luna!

Cuando salí del cuartel, una luna fragmentada brillaba en lo alto.

—¡Es el trabajo de los contrarrevolucionarios!

—¿Qué está pasando?

Las voces en la radio y por el altavoz se mezclaron. Un compañero disparó y mató a un hombre que bebía agua fuera del cuartel. Dijeron que era un espía. A lo lejos, voces juveniles gritaban:

—¡La luna! ¡La luna!

—¡El ejército de los Estados Unidos! ¡Una nueva arma!

Los niños soldados comenzaron a disparar a la luna. Los cañones antiaéreos también dispararon desde la base fuera de la aldea. Bombas candelas iluminaban el cielo nocturno. Los soldados en el cuartel comenzaron a moverse. Algunos asomaron la cabeza por la ventana. Pero los camaradas se dispararon unos a otros, y se desató el infierno.

Tenía miedo de la luna. Mientras corría lo más rápido que podía hacia las afueras del pueblo, tropecé con lo que parecían ser huesos humanos y me caí de bruces. Allí encontré las gafas cubiertas de barro. ¿Qué puedo ver a través de ellas? me preguntaba. Contuve el aliento, escuché durante unos segundos, pero no había nadie cerca. Con un suspiro de alivio, me senté en el tocón de un árbol, limpié los lentes con la manga y me los puse. Sobre mi cabeza, una luna parcial flotaba en el cielo occidental.

—¿Cómo estás, hijo mío?—escuché la voz de mi padre desde las gafas.

—Faltan partes de la luna—dije.

—¿Por qué no vas a las raíces de la luna?

Me levanté y corrí hacia el este, ocasionalmente mirando hacia atrás a las chispas de los disparos detrás de mí.

***

—Anoche, guiados por un espía, los enemigos atacaron a nuestro próspero país para hacer desaparecer la luna. ¡Nuestro ejército luchó valientemente y la luna fue recuperada! ¡Gracias, mis camaradas! Sin embargo, un compañero de la sexagésima quinta división murió en la batalla. Le otorgaré una medalla de luna. . .

Cuando la voz de nuestro líder sonó por el altavoz de la patrulla fronteriza, salté al río. Nadie parecía haberme visto. No me siguieron. Hasta la barbilla en el agua, estaba a la deriva. Por fin llegué a la orilla opuesta. Pronto, soldados en diferentes uniformes se reunieron a mi alrededor. Algunos de ellos llevaban gafas.

—Nunca le enseñaron a nadar.

—Se dice que habían matado a todos con gafas.

—¡Qué bien que hayan derrotado el eclipse lunar!

—Llevémoslo al médico por ahora.

Dos soldados me levantaron y me arrastraron mientras se reían. Desde la orilla opuesta, el altavoz emitía un discurso celebrando la victoria sobre la luna. Mi pueblo natal quedó más lejos.

© All rights reserved Juan Takai

© All rights reserved for translation Toshiya Kamei

Juan Takai nació en Saitama de madre paraguaya y padre japonés. Colaborador regular de la revista literaria Hametuha. Publicó Konketsu terror y Tenran konketsu bajo el nombre de Juan B. Es autor de Senzen fukei hatsugen taizen y Senzen hansen hatsugen taizen, que recopilan sentimientos antiimperialistas y contra la guerra en Japón antes de la Guerra del Pacífico. Su publicación más reciente es una novela corta de fantasía titulada Kinō no mura. Síguenlo en Twitter: https://twitter.com/GreatJuanism

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