DESCARTES Y LOS AUTÓMATAS. Fedosy Santaella

Hans Christian Andersen cuenta en «El ruiseñor» que el Emperador de China recibió un regalo. Pensó que era un libro —otro de los tantos— sobre el hermoso ruiseñor que cantaba para él todos los días. Pero no, no había recibido una apología más, sino «un pequeño ingenio puesto en una jaula, un ruiseñor artificial, imitación del vivo, pero cubierto materialmente de diamantes, rubíes y zafiros.»[i] Era, sin duda, un regalo magnífico, y lo fue aún más cuando el Emperador descubrió que a aquel artefacto «sólo había que darle cuerda y se ponía a cantar una de las melodías que cantaba el de verdad, levantando y bajando la cola.»[ii]

Este ruiseñor maravilloso que, por supuesto, fue competencia del real, es aquel tipo de orquestación mecánica que conocemos bajo el nombre de autómata. Andersen, sin duda, debía saber lo que era un autómata, pues «El ruiseñor» fue publicado en el año 1843, y ya para entonces Europa había sucumbido al entusiasmo que generaba la posibilidad de la creación de un ser mecánico que se moviera o emitiera sonidos como los animales o, mejor, como el hombre. Si bien tal anhelo, muy humano, acumula intentos, historias y fantasías desde tiempos más o menos remotos, será en la modernidad europea donde encuentre un vigor mucho más poderoso. Hablamos, en específico, del tiempo de Descartes y del pensamiento que Descartes dejó para los hombres por venir.

Renatus Cartesius no fue el primero en asomar tales ideas, pero su momento sí fue fundamental. Para aquel entonces la ciencia en general tenía una guiatura escolástica o digamos, aristotélica, que aportaba un mundo físico conformado por cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua. Estos, a su vez, se traducían en la biología de Galeno como sustancias asentadas en el interior del cuerpo humano: sangre, flema, bilis y bilis negra. Tal visión, antigua y para nada empírica, era el protocolo de la medicina que heredó aquel siglo.

Descartes y otros de su época reaccionarán contra aquel dogma. Descartes lo hará atacando de lleno el tema de las conformaciones, de las sustancias. La realidad, según su postulado, se divide tan sólo en dos sustancias. La primera es la materia común, la res extensa, que es, precisamente, algo que puede tener longitud, ancho, altura y una determinada posición en el espacio. La segunda es la res cogitans, y resulta radicalmente distinta: no tiene extensión ni posición espacial. Hablamos en este último caso del alma del hombre.

La idea dualista del mundo inaugura también una visión mecanicista. Descartes no sólo se va preocupar de hablar de las sustancias; le importará todo aquello que constituye el cuerpo humano, su funcionamiento, su mecánica. El cuerpo es una máquina que puede ser explorada y explicada. Rusell Shorto, en Los huesos de Descartes, nos recuerda a Nicolaes Tulp, quien ofrecía en Ámsterdam clases públicas de anatomía. Tulp, recuérdese, fue inmortalizado por Rembrandt en 1632 gracias al lienzo que se conoció como la Lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp. En pleno auge científico —no libre de condenas y peligros para quienes investigaban— no es de extrañar que surgiera el interés por la construcción de juguetes mecánicos y de seres máquinas.

Una cima de esta idea quizás se encuentre en Mary Shelley y su célebre novela. Pero claro, también Mary Shelley recoge lo que le antecede. Para 1818 ya era mucho lo que había pasado por debajo del puente. En 1737, por ejemplo, Jacques de Vaucanson arma su primer autómata: un pastor de tamaño natural que tocaba la flauta. Al año siguiente, el mismo Vaucanson presenta su famoso pato con aparato digestivo, una obra maestra de más de cuatrocientas partes móviles que bate sus alas, bebe agua, come grano y defeca el mismo grano gracias a un proceso químico que opera en su interior. Friedrich von Knauss creará a los autómatas escritores, y Pierre Jaquet-Droz a los dibujantes y a los pianistas.

La figura de Descartes no se escapa de la acometida de la fiebre autómata. De él se cuenta una historia relacionada con la muerte de su hija Francine, quien nació, cabe decir, en Holanda y de la unión de Descartes con la que era oficialmente su sirvienta, Helena Jans van der Strom, la única mujer con quien se sabe tuvo relaciones íntimas.

En 1640, tal como señala Russell Shorto, Descartes le escribió a una pariente suya que vivía en Francia para contarle que estaba haciendo arreglos con el fin de que su hija fuese allá a estudiar y aprender francés. Llamarla hija no era cualquier cosa. La había concebido fuera del matrimonio y, tal como lo indica Shorto, «concebir un hijo fuera del matrimonio era una falta grave.»[iii]

Debe contarse antes que Helena quedó embarazada de Descartes cuando éste estuvo en Ámsterdam, alojado en casa de Thomas Sergeant, quien era su amigo y socio, además del empleador de Helena Jans, que a la sazón le trabajaba como su ama de llaves. Shorto asegura que el encuentro tuvo lugar durante la estadía del filósofo en casa de Sergeant, pues la niña nació exactamente nueve meses después. Para ese entonces, Descartes había dejado la casa de su amigo y vivía con Helena Jans, ahora su sirvienta, en Deventer, otra ciudad holandesa. Allí nació su hija y allí la bautizaron. Descartes procuró que aquella niña pasara desapercibida; en ocasiones la llamaba sobrina, pero con todo, la registró como su hija.

Shorto relata que el nacimiento de la niña obró en el filósofo un cambio profundo. Aquel hombre egocéntrico, presuntuoso y vengativo se dejó ganar y se ablandó. Creo que es importante señalar esto para comprender la historia fantástica que vendrá en breve.

Así que tenemos a un René Descartes movido en sus cimientos por la grandeza de la paternidad, y también lo tenemos, en ese año de 1640, realizando un viaje de unos días a Leiden. Fue allí donde recibió la terrible noticia: Francine había contraído escarlatina. Volvió con prisa y la encontró con vida, pero al cabo la niña murió; tenía apenas cinco años.

A partir de este punto ha surgido una historia fantástica que, no cabe duda, tiene una base muy sólida en el mundo real y en lo que Descartes representa para el pensamiento moderno.

En efecto, Cartesius amó a esa pequeña como a nadie, y también, al parecer, su muerte fue devastadora. Shorto cuenta que su actividad científica se volvió febril. Aquel que estuvo interesado en la medicina y en la cura de enfermedades, sobre todo por causa de su infancia enfermiza, encontraba ahora un nuevo impulso que lo llevaría a buscar respuestas en toda la amplitud del universo, tanto en el cuerpo como en el alma.

Comienza así la increíble historia que he ido asomando. Descartes, lleno de rabia, se encierra entonces a investigar con mayor ahínco el funcionamiento del cuerpo humano, y sus estudios lo llevan finalmente a la mecánica de los autómatas, por medio de la cual termina construyendo, dice la historia, una muñeca viviente, una niña con hermoso rostro de porcelana pintado por un eximio artista flamenco o francés, una copia, nada más y nada menos que de Francine.

Descartes la mantiene oculta, pero le habla de sol a sol, la cuida, la mima durante meses o años. Es su hija, su querida hija. La leyenda, si podemos llamarla así, nos ubica luego sobre un barco. Por aquellos años, Descartes fija su residencia en Suecia, donde ha ido a parar invitado por la reina Cristina, una mujer inteligente hambrienta de conocimientos. Hay versiones que dicen que de Suecia, Descartes regresaba a Holanda, otras que de Holanda viajaba hacia Suecia. Importa el barco y que el filósofo se había embarcado con su muñeca viviente.

Una versión dice que la llevaba oculta en un extraño baúl (casi un catafalco) que pronto llamó la atención al capitán de la nave; otra, que unos marineros vieron al francés con la niña por cubierta al inicio del viaje y después no supieron más de ella. En ambos casos, la curiosidad es la causante de la tragedia por venir. En la primera, la del baúl extraño, el capitán tiene parte fundamental. Éste, intrigado por la particular maleta, se introduce en el camarote de Descartes aprovechando su ausencia. Al abrir el baúl descubre a la muñeca viviente, que de inmediato se sienta y comienza a soltarle una tropelía de palabras. En un arrebato de terror y furia, creyendo que aquello era cosa del demonio, el capitán arroja la muñeca por la borda. Luego corre donde Descartes y le exige explicaciones. Descartes, presa de su temperamento iracundo, haciendo uso de la fuerza que ganó en su juventud, arroja fuera del barco al capitán. Nótese que, con esta versión, queda todo entre el para siempre ausente capitán y Descartes. No hay testigos para corroborarla, es hermética y no puede desmentirse ni afirmarse. La otra, más difícil de creer y de mantener en secreto, supone a unos marineros que, al notar la ausencia pertinaz de la niña, deciden irrumpir en el camarote del viajero. Por supuesto, al igual que el capitán, se encuentran con aquel ser incomprensible con rostro de niña, que además habla y se mueve. Los marineros, presas del miedo y de la furia, tal como en la otra versión, arrojan a la muñeca viviente al mar. Al ser varios los marineros, resulta menos factible creer que no exista nada que documentara su veracidad.

Al final, lo que interesa es la historia en sí misma y el enlace que logra entre los autómatas y Descartes. No es de extrañar que al hombre que dividió la realidad en dos e hizo, además, que tal división fuese irreconciliable (si la res cogitans es una sustancia que carece de materia, ¿cómo puede conectarse con la res extensa, que es material?), le tocara como homenaje y al mismo tiempo como castigo una historia de muertes del alma: Descartes, que había vuelto a ser humano en el amor, pierde su alma al ver morir a su niña; luego, para colmo, se extravía en la locura (que es otra forma de la muerte) y, finalmente, termina de perder el alma (tercera muerte) en la partida de aquella autómata de rostro de porcelana que para Descartes era su hija resucitada. Pero también, en la versión de capitán, Descartes extravía por completo su alma en el asesinato (el homicida mata a otro, mata por igual a su propia alma; es decir, acá la cuarta muerte). En realidad, la imagen sería algo así como la de un asesino que tirotea una y otra vez a un cadáver que yace en el piso.

Con todo, el cuerpo de Descartes siguió adelante. Era, nada más y nada menos, que una máquina que fue dejando de funcionar por desgaste y que cesó finalmente, pero que, desde hacía tiempo, había perdido su alma.

Se trata tan sólo, por supuesto, de una especulación nacida de una leyenda, de una fantasía, de una historia oscura y sugestiva. Pero imaginar nunca deja ser interesante. Quizás imaginando es como uno deja de ser autómata.

 

[i] Hans Christian Andersen. «El ruiseñor». Ciudaseva.com, http://www.ciudadseva.com/textos/ cuentos/euro/andersen/el_ruisenor.htm. (Consultado el 16 de marzo de 2016).

[ii] Ibíd.

[iii] Rusell Shorto. Los huesos de Descartes. Duomo ediciones (Barcelona, 2009), 52.

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Fedosy naranja normal reloaded.Fedosy Santaella (1970). Es autor de libros de relatos y novelas, entre ellos los libros de relatos Piedras lunares, Ciudades que ya no existen, Instrucciones para leer este libro y Terceras personas, y de las novelas Rocanegras, Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, En sueños matarás, Los escafandristas y El dedo de David Lynch, esta última con la editorial Pre-Textos en España. En 2006 ganó la bienal internacional José Rafael Pocaterra en narrativa. En 2009 fue elegido para participar en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional. Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2015, quedó finalista del Premio de la crítica a la novela con Los escafandristas. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, al chino, al esloveno, al turco y al japonés.

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