DE FANTASMAS Y ESPECTROS. Marco Antonio Cerdio Roussell

Quería escribir algo respecto a fantasmas y espectros. No precisamente sobre el mito de la Llorona y los naguales sino más bien de ciertos temas que como fantasmas se presentan obsesiva, reiteradamente cada cierto tiempo. Por ejemplo, aquél que originó Santa Anna: espectro de una sociedad, ese libro casi póstumo de Agustín Yáñez que muestra un rasgo muy frecuente en los novelistas de la Revolución. Me refiero a la necesidad, una vez completada su obra de mayor aliento, de convocar literariamente a las figuras del pasado en un afán entre oracular y de exorcismo frente a la historia, misma historia de la cual ellos fueron en muchos casos actores relevantes.

Yáñez, junto con Rafael F. Muñoz y su Santa Anna: el dictador resplandeciente, volvieron su mirada hacia una figura que para el siglo XX galvanizaba todos los elementos negativos de una visión del mexicano. Martín Luis Guzmán y a su personalísima manera José Vasconcelos también realizaron esa excursión al pasado buscando momentos y figuras que de alguna forma le dieran sentido a la historia contemporánea de México. Sus búsquedas, para aquellos que siguieron escribiendo después de la consagración, cada vez más los fueron apartando del pasado inmediato y remitiéndolos a momentos cada vez más alejados en el tiempo. Si de alguna manera esto representó para ellos una cierta forma de resistencia frente a la utilización de sus obras por parte del régimen para su propia legitimación, en el caso de Yáñez, exsecretario de Educación con Díaz Ordaz, esta exploración toma tintes angustiantes, como si tratara de explorar las zonas más oscuras del poder en México para entender sus puntos de apoyo entre la población y a través de su pasado, descifrar las claves de su devenir.

Lo interesante del caso es que, una vez clausurado el estado postrevolucionario en su sentido más tradicional, más callista si cabe el término, otros escritores de muy diversas generaciones volvieron a tocar los mismos temas, la misma oscuridad resultante al contrastar los luminosos proyectos de los criollos del XVIII y principios del XIX con su dolorosa y no pocas veces frustrante puesta en práctica durante buena parte del siglo antepasado.

En este sentido Enrique Serna y El seductor de la patria encarnan un nuevo momento en esta aproximación al  hombre indispensable durante la primera mitad de la vida independiente del país y a las sombras y luces que lo acompañan. Pero la búsqueda no termina ahí. Los autores que exploran con los más diversos ánimos el pasado de la nación se suceden uno al otro. El revisionismo histórico motivado por las más diversas inquietudes convive con el rigor historiográfico y en muchas ocasiones supera la recepción de las obras de investigación e interpretación histórica en sentido estricto. Figuras como las de Porfirio Díaz, Maximiliano, Juárez, Madero, el zapatismo y las guerrillas de los sesentas se suceden con profusión, mientras otros periodos de la historia parecen reservados exclusivamente a los especialistas.

Pareciera que cada vez que el estado mexicano enfrenta la perspectiva de algún cambio, el examen de la historia y la reformulación de algunos de sus relatos se vuelven necesarios, mezclando de nuevo el aluvión con las pepitas.

Al final, la novela histórica y sus géneros aledaños, son como esa ave con un espejo en la mollera que aparece en las crónicas de la Conquista. Un ave difícil de imaginar pero en cuyo espejo y junto con Motecuhzoma vemos reflejados nuestros miedos. Por cierto, en esos días en el valle de México comenzó a aparecerse una mujer, no se sabe si Cihuacoatl o  la Tonantzin, que lanzando fuertes gritos clamaba sobre la próxima ruina del reino. Pero no, quedamos que no iba a escribir acerca de ella el día de hoy.

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Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

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