BREVE HISTORIA DE LA POESÍA ARGENTINA (PRIMERA PARTE). Luis Benítez

Damos comienzo, con esta primera parte, a una serie de textos referidos a la historia de la poesía argentina desde sus comienzos, en el siglo XVI, hasta la actualidad (L.B.)

 

El período colonial: Colonizar y poetizar o lo uno con lo otro

Los orígenes de la poesía argentina se remontan, desde luego, a los comienzos mismos de la colonización española de los extensos territorios que terminarían por convertirse, en 1776 –el mismo año en que los EE.UU. declararon su independencia de Inglaterra- en el virreinato del Río de la Plata. Hasta entonces, al menos nominalmente, dichos territorios formaban parte del virreinato del Perú, establecido mucho antes y de una importancia económica, política y social mucho mayor.

Este período, definido como colonial, se extiende hasta el momento de la emancipación de la corona española, y presenta distintos problemas para la comprensión de sus características. En principio, resulta complejo discernir entre la poesía española y la hispanoamericana, producida en el Nuevo Mundo desde el siglo XVI hasta fines del XVIII. Para ello, entre otros procedimientos, deberíamos ser capaces de establecer que tales y cuales obras poéticas del período y del contexto conforman una “literatura nacional” o, por lo menos, “protonacional”, en una época en la que nuestra nación no existía ni siquiera en la imaginación de alguien. Los criterios para establecer esta distinción son impensables, dado que a la referida inexistencia de la nación se unen otros hechos, tales como las diferencias fronterizas entre nuestro país actual y aquel su primer bosquejo, anterior al establecimiento del virreinato. Asimismo, la nacionalidad de los poetas ofrece otras dificultades: ciertos estudiosos aceptan la idea de suponer a un autor como aportante al período mencionado, aunque se trate de un poeta nacido en España, como Martín del Barco Centenera, o Luis de Miranda, por el hecho de que la obra a catalogar como “protonacional” tiene por tema nuestro territorio y/o sus características, aunque la obra se haya editado muchos años después, en sitios tan distantes como Lisboa o Madrid. Otra postura sobre la misma cuestión, asume como autores protonacionales exclusivamente a aquellos nacidos en el actual territorio argentino o en la más extensa superficie constituida por el virreinato establecido como tal luego de que ellos escribieron sus obras. Esta corriente –que es la que estimamos como válida y sobre la cual nos basamos para establecer la primera parte de esta obra, la referente a los siglos XVI a XVIII- define a los poetas de origen peninsular que escribieron sus obras entre los siglos XVI y XVII en aquellos territorios que serían entendidos como pertenecientes al posterior virreinato como “precursores” de la poesía argentina, dada su muy posible influencia sobre los posteriores, pero los separa definitivamente de éstos, con lo cual, de acuerdo con el material bibliográfico disponible, la poesía “protonacional” comienza con el cordobés Luis de Tejeda. El mismo criterio admite a poetas como Bartolomé Hidalgo, nacido en el actual territorio del Uruguay, como miembro de nuestra poesía, dado que cuando Hidalgo escribió sus poemas este país rioplatense pertenecía a nuestro territorio bajo el nombre de la Banda Oriental.

A los inconvenientes conceptuales que hemos referido, se une otra complicación, de índole documental: el material bibliográfico del que se dispone resulta escaso, en ocasiones fragmentario (característica que se extiende a autores de la centuria siguiente) y ello definitivamente no obra a favor de definir claramente importantes aspectos del asunto. En muchas oportunidades, lo único que ha quedado de la obra de un autor del siglo XVII o XVIII son fragmentos reproducidos en textos y recopilaciones muy posteriores a su época, a menudo contradictorios en relación al resto de la documentación. Del mismo modo, esta escasez de bibliografía subraya la posibilidad de que las obras de muchos poetas contemporáneos de aquellos incluidos aquí como pertenecientes al período protonacional estén definitivamente desaparecidas o, por lo menos perdidas hasta la fecha, con lo cual toda aseveración relevante respecto del período resulta momentánea y sujeta a modificaciones futuras, fruto del trabajo investigativo de los estudiosos de mañana.

En lo que hace a esta obra, nos hemos basado en las fuentes generalmente aceptadas, que se indican entre los datos biobibliográficos –generalmente escasos- de los autores a los que hacemos referencia.

Volviendo a los orígenes de la poesía argentina, señalemos que nuestro territorio fue descubierto por la expedición comandada por Juan de Solís en 1516, fundando otro adelantado, don Pedro de Mendoza, la población llamada Santa María de los Buenos Aires en 1536. Es precisamente uno de los integrantes de esta expedición fundacional uno de los primeros precursores de la poesía argentina. Se trata del religioso español Luis de Miranda, autor de una obra conocida como el Romance Elegíaco, escrita probablemente entre 1540 y 1546. Se trata de 150 versos octosílabos de pie quebrado, con los que Miranda retrata sus impresiones respecto de la hostilidad de la región del Plata, inspirado en las terribles penalidades soportadas por aquellos primeros colonos españoles: el acoso de los naturales, históricamente producido por las injusticias cometidas contra ellos por los peninsulares, el hambre que llegó documentadamente a episodios de canibalismo, y la angustia y la desesperación originadas en la falta de socorro. Se trata de una crónica en verso, muy al estilo de las realizadas en prosa hasta esa fecha, que trataban de dar cuenta del fenómeno del descubrimiento y la colonización de inmensos territorios caracterizados por la presencia de hombres y animales, especies vegetales y paisajes absolutamente distintos de los conocidos por los españoles. Esta alteridad es la fuente primera de los numerosos relatos históricos y pseudohistóricos, crónicas de viajes, relatos más o menos fabulosos y la abundante epistolografía resultantes del contacto con un topós nuevo, del que había que apropiarse también a través del lenguaje. En este sentido, el Romance Elegíaco del fraile Miranda es más una consecuencia y un derivado de disciplinas escriturales diferentes de la poética que un dechado de originalidad, por otra parte tardío en relación a la abundancia de la prosística anterior sobre la misma tópica. Asimismo, los aspectos formales de este poema no permiten afirmar que el primer trabajo del género fechado en el Río de la Plata constituya un ejemplo de hallazgos formales e innovaciones estilísticas: de factura modesta y hasta mediocre, adolece de numerosos defectos de ritmo y versificación, denotando las muy medianas capacidades autorales de don Luis de Miranda.

De mejor factura –al menos, comparado con el Romance Elegíaco– es el mucho más famoso y extenso poema del también clérigo Martín del Barco Centenera: La Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros acaescimientos de los Reynos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, conocido más popularmente como La Argentina. Publicado en Lisboa, Portugal, en 1602, consta de más de diez mil versos endecasílabos en octavas reales, divididos en veintiocho cantos. Debe su llegada a la posteridad a la errónea creencia –no por ello menos difundida- de que nuestro país fue “bautizado” de alguna manera por Del Barco Centenera, adoptando la nación su nombre a partir del largo y farragoso poema de su autoría. En realidad, el término Argentina es muy anterior a la factura del poema homónimo y aun a la existencia del mismo autor. Los adelantados, la soldadesca que los acompañaba y los colonos daban nombres de metales preciosos a numerosos puntos del territorio americano, pues el interés mayor que tenía su presencia allí era la obtención de los mismos. Al descubrir el Río de la Plata en 1516, Juan de Solís lo llamó inicialmente Mar Dulce; sólo veinte años después, cuando Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires y fray Martín del Barco Centenera contaba sólo un año de edad, ya se llamaba como ahora. Y Argentina era el nombre que los españoles le daban a la región que se extendía a sus orillas, vocablo proveniente del latín argentum, plata, porque era ésta la que buscaban en ella. Del Barco Centenera llamó a su poema La Argentina, porque los hombres de la expedición de Ortiz de Zárate, con los que entró en la región, ya estaban acostumbrados desde hacía décadas a nombrarla así. Conque la explicación del nombre de nuestro país es inversa a la versión más difundida: la región le dio el nombre al poema y no éste a aquélla.

Existía otra razón, además de la ya expresada de dar cuenta de la alteridad que proponía América desde el lenguaje, para que fueran tan numerosas las crónicas, relatos de viajes, memorias, descripciones y aun extensos poemas que vieran la luz de la imprenta europea en el siglo XVI. Ella era el interés del mercado lector de la época por cuanto se relacionara con el Nuevo Mundo. Así se explica la profusión de ediciones, que pese a ser costosas, no dejaban por ello de agotarse a poco de ser puestas a la venta en las vidrieras de las imprentas, antecedentes de las librerías posteriores. Para quien pudiera pagarlas, aquellas ediciones que trataban sobre América estaban dotadas de un interés irresistible, tan creciente, que la literatura inspirada en los sucesos, características y peculiaridades del Nuevo Mundo iban desplazando lenta pero evidentemente al género favorito del público lector europeo: los libros de caballería. Pese a que el best-seller del Siglo de Oro español seguía siendo el Amadís de Gaula, las “crónicas de Indias”, como se las denominaba genéricamente en ese entonces, no dejaban de disputarle el interés del lector. En las nacientes metrópolis americanas, mientras tanto, el interés por conocer más sobre el mismo suelo que los lectores estaban pisando no le iba en saga al del lector europeo, pero con un obstáculo que definitivamente obraba también como un aliciente: el Santo Oficio y la burocracia española prohibían el ingreso a América… de libros que versaran sobre ella. Del mismo modo que estaba vedada la importación a tierras del Nuevo Mundo de volúmenes de ficción, por considerarlos malsanos, aquellos que trataban temas americanos tenían prohibido el retorno impreso a las tierras que les habían dado origen temático. Pese a ello o precisamente gracias a ello, el contrabando de literatura de ficción, tanto en prosa como en poesía, fue un negocio floreciente desde el siglo XVI hasta bien entrado el XVIII, con la ayuda interesada de los prefectos de puerto y los capitanes de buque que conseguían sus buenas ganancias con la violación de las reales cédulas al respecto. Los contados allanamientos realizados en naves que hacían el trayecto entre los puertos españoles y los americanos dan cuenta del decomiso de abundante material literario de ficción escondido en la estructura de los barcos, a punto tal que se ahuecaban hasta las arboladuras de las naves para ocultar en ellas el material prohibido.

De este modo, aunque absurdamente censurados, los poemas de Luis de Miranda y Martín del Barco Centenera, los precursores de la poesía argentina, circulaban activamente por las colonias, con el encanto agregado de lo clandestino, desde California hasta México, Lima y Asunción, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, desde la Capitanía General de Chile hasta Montevideo, ya comenzado el siglo XVII.

Precisamente en esta época, en 1604, nació en la Córdoba americana, en el seno de una familia acomodada, aquel que iba a ser considerado el primer poeta “argentino”: Luis de Tejeda.

Recibió una educación esmerada en el colegio de los jesuitas, sin duda la mejor que podía brindarse más allá de Lima. Tras una vida militar, De Tejeda se retiró a un convento en calidad de hermano lego. Allí escribió la primera obra de la poesía argentina, El peregrino en Babilonia (circa 1663), y posteriormente un grupo de poemas religiosos de menor cuantía, agrupados bajo el título de Poesías místicas.

El peregrino en Babilonia es una autobiografía poética: en este extenso poema narrativo/lírico -consta de 1.332 octosílabos sólo en su primera parte, la narrativa y profana, de estilo romance- el autor se refiere a temas tan seculares como sus aventuras eróticas de juventud y a episodios de su vida militar, destacándose el correspondiente a su participación en las luchas contra las fuerzas holandesas que invadieron Buenos Aires en 1625. Para detallar su arrepentimiento por el tipo de vida que había llevado hasta su acercamiento a la religión, De Tejeda cambió en la segunda parte inclusive la forma misma del poema, pasando a los endecasílabos y heptasílabos rimados, abandonando el tono narrativo y hasta accediendo a ciertas alturas líricas bastante forzadas. Luis de Tejeda no deja de ser algo bastante común en la época: un imitador de Luis de Góngora y Argote, pero esta característica nos obliga a introducirnos, siquiera brevemente, en un aspecto que caracteriza a nuestra poesía en sus comienzos coloniales.

© All rights reserved Luis Benítez

Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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