BARE BONES. Carlota Pradera & Lázaro Godoy. Miami Theater Center, MTC. Sandbox. Miami Shores.

Bare BonesDanza. Bare Bones

 Miami Theater Center, MTC. Sandbox. Miami Shores.

Carlota Pradera & Lázaro Godoy (GodoyPradera Projects):

Directors, choreographers, performers, and educators

Juan Carlos Zaldívar: Artistic director

Alexey Taran: Light designer and stage manager

Juraj Kojs: Composer, sound artist

Rainer Davies: Collaborating composer, sound artist, performer

Gary Lund: Production manager

Discovering Movement Workshops

Una mujer ( Carlota Pradera) se arrastra en un fondo acuoso -un papel alumínico lo metaforiza-  en una vitrina de la segunda avenida en Miami Shores. El público la mira impertérrito. Estamos en la entrada del Sand Box al lado del Miami Theater Center lugar donde se inicia Bare Bones.

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Va semidesnuda y balbucea a veces poniendo su cara pegada completamente al vidrio. Achatando su nariz y su boca contra él y mostrando la angustia bajo el impacto de un grito imposible por el ahogo. De repente, parece que sea la propia agua su amante Habla en silencio con ella. La posee. La turba. Un viento tempestuoso la hace desaparecer en este improvisado escenario.

Un empleado nos abre la puerta.  Un mundo inhóspito y hermosamente convulso nos recibe. Hay unos troncos que se esparcen por el black box delimitando un lugar entre la naturaleza salvaje y un pequeño infierno negro. Una música eléctrica y experimental desde una guitarra en directo acentúa con su sonido un comos distinto.

Un hombre (Lázaro Godoy) con una máscara rústica en su rostro, ocupa con sus movimientos el escenario. Su corporalidad es iniciática y más cercana al éxtasis que a la posible seducción de su presa femenina ( la misma mujer que desaparece en la vitrina, regresa a escena junto a él). La acción parece en algunos momento cercana a los ritos de la caza; otras a una huida del lugar a través de un muro infranqueable.

El diálogo entre los dos adquiere una elasticidad y al unísono una lucha por el poder.

Los dos van a convivir bajo la violencia y su propia soledad -casi suicida- junto a una noche eterna que parece oprimirles sin tregua. Remarco este último término “tregua” porque es una de las características de esta pieza: una barbarie hermosamente entendida durante un tiempo… que parece que no tiene fin.

Pero también, y a medida que avanza la obra, es decir, hacia su final, si inclinan por la ayuda mutua, la cooperación para erigir sus propios caminos -la construcción escenográfica de un puente para cruzar un supuesto río, lo confirma. A partir de ahí, evidentes signos de ternura entran en el relato. Posiblemente un apego no muy dulce, a causa del lugar donde se desarrolla la acción, pero muy cercano a mi entender, al cariño por los rituales que se dedican, entre sí, a partir del movimiento de sus miembros. Cuando se abren las luces, uno agradece emocionado que la noche haya muerto tal como lo hacen los sueños al despertar en la mañana.

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Un espectáculo que me ha recordado aquellos días del festival Grec de teatro y danza en Barcelona donde, después de ver a la Fura dels Baus en Suz o Suz utilizando la violencia no solo entre el elenco sino hacia el público, uno podía disfrutar a Katsura Kan bailando junta a Cesc Gelabert en una obra experimental. Juntos aplicaban la lírica bajo el ritual del butoh -un género en la danza contemporánea que nace como respuesta al bombardeo de Hiroshima y Nagasaki por parte Kazuo Ohno- . La pieza se llamaba Ki, del artista Frederic Amat, donde tanto la instalación plástica como aquí a través del vídeo añadiendo rasgos de la naturaleza local, estaba incorporada al movimiento escénico.

Bare Bones, como su nombre indica, tiene que ver con el esqueleto básico de las relaciones humanas donde todo está en juego bajo distintas dinámicas: la sexualidad, la violencia no solo humana sino la que provoca el propio medio, la lucha por el poder, la embestida de la Naturaleza en el hábitat, la supervivencia, el control. Todo esto con una técnica e imaginación de sus protagonistas y creadores -el trabajo corporal de Pradera y Godoy más que agradar “asusta”, positivamente hablando- y de un equipo de asistentes y colaboradores que lleva al límite su trabajo.

Carnalidad. Vómito emocional en todo el acto. Una intimidación no solo en la piel, sino también bajo la guturalidad de ciertos sonidos. Una erotismo sin ambigüedades…En fin, una poética donde la escritura a través del cuerpo en directo y bajo una escenografía simple, transmiten a partir del movimiento, la plástica y la música, cualquier cosa menos una belleza fácil. Quizás “brutal”, en el sentido más genuino de la palabra, sería para mí el término que sintetizaría mejor esta pieza. ER

Pdta. Agradecer al maestro Fernando Calzadilla la recomendación vía Messenger por adivinar mis gustos que, hoy por hoy, parece que compartimos a la hora de “visualizar” lo que nos rodea en esta ciudad.

 

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