ACTORES Y ACTRICES… NUESTROS “OTROS”. Eduard Reboll

Después de acabar el servicio militar en Cartagena (España), pensé que mi vida cogería el rumbo de los escenarios. Tantos personajes allí adentro con uniforme, llenos de vanidad, pobreza interior y sueños de grandeza (pido perdón para los que, en su servicio, dan lo mejor de sí mismos a la Humanidad),  despertaron el interés, en mí, por la representación de la psicología humana y sus atributos.

Así que me presenté en el Instituto de Teatro de Barcelona para hacer las pruebas y tener acceso a la formación actoral. El éxito fue tan significativo que, en la primera tentativa, me dijeron los profesores: “Ahora te vamos a matar, y quiero verte morir aquí mismo”. Y así fue. Me dieron un tiro simulado con un revolver por delante. Yo me tiré al suelo. Lo gritos histriónicos y lo retortijones fueron tan excedidos que Iago Pericot, este gran escenógrafo y director de actores catalán,  no dudó en señalar lo siguiente: “Dedícate a otra cosa… esto no es lo tuyo”. Al levantarme le confirmé que tenía razón: “Ha habido una gestualidad poco controlada en la caída y no interioricé bien el disparo en el hígado” le dije.  Iago puso su mano en la sien y se rascó la barbilla efusivamente. Al final de los ejercicios me invitó a un café en un bar.  “Bueno, si al menos has analizado el porqué, será mejor que te dediques a la dirección o a la crítica, si te gusta este oficio”. Y empecé los cursos académicos sobre Lenguaje e Imagen (CIPLA), que impartían en el mismo centro. El desafío que da deconstruir lo que uno percibe en la pantalla, en un escenario, o incluso en un tela,  me animaron a comentar sobre lo observado.

El actor, ante todo, es autenticidad y  verosimilitud. Y que conste que no digo verdad. Recordemos que la diferencia reside en que, el segundo término, significa “que se parece a la verdad”. La verdad en sí misma no puede estar en el proscenio. No habría suficientes tumbas  ni flores, para las intérpretes de Ofelia.

Hay actores que son ellos mismos. Actores que se repiten una y otra vez en su tipología. Da igual el periodo histórico, la posición social, o la función del personaje. El carácter y un cierta imagen muestran un icono que todos queremos ver una y otra vez. Son seres que aparecen en escena o en pantalla ante una misma página. Y que vamos allí a verlos para contemplar su “veracidad”. La hondura de sus rostros es imprescindible. Sujetos con un quehacer tan determinado que, a veces, poco nos importa el guion o el desarrollo de la historia. Son ellos mismos. Aquí  englobaría a los clásicos –vivos o muertos-  como Laurence Olivier, Marlon Brando, Sofía Loren, Lauren Bacall,  Isabelle Huppert, Al Pacino, Leonardo DiCaprio, Catherine Deneuve, Sean Penn, Juan A. Bardem…

Hay otros, en cambio, donde su mutabilidad a la hora de investirse en “otros”,  les da valor a sí mismos. El valor de la sorpresa. La variabilidad en sus movimientos y sus gestos. El trabajo bien hecho en la transformación.  Actores o actrices donde el reto está en pasar de un papel a otro observando cambios sustanciales en sus “disfraces”. Si bien no completamente distintos en algunas ocasiones, como mínimo hacen el intento. Lo imaginó George Clooney bajo la mano de los Cohen en O Brother, Where art thou? O Robert de Niro en Raging Bull con Scorsese. O el recientemente fallecido Philip Seymour Hoffman, del cual, tuve el placer de verlo en vivo en un off Broadway  con True West de donde -dependiendo de los días, par o impar- iban alternándose sus personajes de hermanos, junto a otro gran secundario John C. Relly. Pasar de ser un Truman Capote afeminado, a un líder religioso como en The Master, o un sacerdote católico como en La duda solo lo puede hacer un actor de esta categoría. Dos grandes polifacéticos por excelencia en este ámbito: Dustin Hoffman capaz de ser Ratso , un timador tuberculoso en las calles de Nueva York, en Midnight Cowboy a un autista en Rain Man. O incluso llegar a interpretar un comedy star como Lenny Bruce… o la diosa Meryl Streep. Meryl puede hacer desde Margaret Thatcher a Julia Child. De risueña en Mamma Mia hasta de alcohólica en la magnífica  August , donde saca lo mejor de su teatralidad en los primeros planos junto a otro actor y autor de culto, Sam Shepard; en este caso, perteneciente al grupo citado anteriormente.

Actores que aman a sus personajes y se invisten bajo las directrices de Stanislavski o bajo cualquier otro método. Actrices en busca de su reconocimiento profesional y social. Amantes de su permanente belleza o de la que emana de su propio interior. Ausentes bajo los focos, en sus ratos de soledad o de entrenamiento, aprendiéndose el papel asignado. Discutiendo o dialogando con sus homólogos: el director, la asistente, el guionista, el jefe de vestuario. . Actores y actrices con sus delicados desequilibrios emocionales que pueden llegar hasta decisiones de quitarse la vida como ocurrió hace poco con dos grandes: uno citado, Seymour Hoffman, y el actor de comedias, Robin Williams. Llenos de vida, dando vida y proponiendo vida…ante la cámara o el escenario

Qué pena que yo me desvaneciese y muriera tan mal en mi primer día de pruebas en aquella escuela para actores en Barcelona. Qué envidia les tengo. Pero bueno,  ahora los disfruto desde la platea de cualquier sala de Miami o de mi ciudad de origen. Tanto en un recinto teatral, en una sala de cine, o en la pantalla de mi televisor viendo una serie. Desde un container en Microteatro, hasta en un black box observando los ensayos. Los actores y las actrices representan nuestros “yoes” escondidos… todos llevamos uno dentro donde proyectarnos

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Eduard RebollEduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

email: eduard.reboll@gmail.com

 

 

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