Inventario
La flor que perdí
sabe del sol
que nunca la rozó.
Terminó en un florero,
Jaula
donde la memoria
finge refugio.
No me digas que no soy de aquí.
Probé tu amarga miel,
convertí en verso
la tormenta
antes de que me arrastrara
a la otra orilla.
Fui el canto de tus niños
cuando el hambre los vencía,
acaricié tus miedos
como quien limpia
una herida de guerra.
Doblegué la angurria de la espada
con el cansancio de mis manos.
Mi puerta madrugó
a la espera de una promesa
que cumpliste a tu modo.
Sobre la arena ardiente
seguí la curva
de una ola que se acercó
y no me tocó.
Distancia y memoria
fundando un universo.
Me diste.
Te di.
Estamos en paz.
Faena
33.78649 N − 84.37382 W
En esta ciudad
de flores violentas
y luces ninjas
todo cobra vuelo.
A pesar de la miel,
no encuentro abeja
que me ate
a este paisaje sin salitre.
Al latente verdor del cerezo,
rama y sombra
invadiendo el camino.
Intermitente lluvia,
que salpica mi huida,
cada vez que se asoma
la verticalidad a mi ventana.
“He odiado lugares que luego extrañé”,
es mi mantra,
repitiendo la faena
de vivir lo que muere y renace,
lo que muere y renace,
lo que muere y renace.
Sobre mí reposa el peso
de florecer en lo improbable
y al recordarlo,
vuela el tiempo entre los rascacielos
de este cielo, casi azul,
que aún no extraño.
Justo después de suceder
25.76558035 N – 80.19028918 W
Me gusta ver las palomas
quebrándose en el aire,
expulsando su veneno
sobre cada anochecer
sin noticias tuyas.
La sed me desvela,
pero no te espera.
¿Qué podría esperar,
si no he pedido nada
por correo?
Todo se vuelve extraño
justo después de suceder.
El parque de mi niñez
perdió sus palomas.
Todas se mudaron
a Brickell.
Allí invernan
con historias en las patas,
que no me interesan,
pero dejan sus sombras
pegadas a mis zapatos
cuando camino
sobre ellas.
Renault.
19.1168 N – 70.6359 W
Hacía calor, como en todos los veranos,
las primaveras y los otoños,
a veces también en invierno.
Mi madre pegaba los pies al suelo del carro,
como si pudiera frenar
desde el asiento del miedo.
Mi inocencia casi nunca temía.
La velocidad me despeinaba mi alma
con movimientos alegres,
mientras mi padre se aferraba al volante
como quien doma a una bestia.
El Renault de mi padre
era esa bestia que nos llevaba,
en un instante,
al otro lado de la isla,
y que, a veces,
casi nos devoraba.
Al cerrar la gaveta
La mesita de noche
lacera mis dedos
cuando intento juntar
los pedazos del ir y venir
que soy,
dentro de ella.
Escenas añejas se dispersan
como las piezas de un broche quebrado
con el que jugué a ser adulta
cuando partí de casa.
Un lápiz sin punta
y mi viejo diario
dan paso a nuevas anécdotas de polvo.
Tú sigues siendo
la flor masticada por un libro,
aunque a veces te siento
como espina.
Los lugares familiares
se difuminan en las fotografías de mi niñez,
hasta convertirse en fantasmas
de una ciudad que ya no cabe en ella.
Y al cerrar la gaveta,
algo de mí
vuelve a extraviarse.
El mar y yo
Para algunos, el mar es
una manera de huir.
Para mí,
es el recuerdo constante
de una casa a la deriva,
la arriesgada travesía
de reconstruirla.
Como yo,
va y viene la ola,
en busca de arena.
© All rights reserved Glenda Galán
Glenda Galán. Nacida en República Dominicana, Glenda Galán es egresada de la Escuela de Comunicación de la Universidad Iberoamericana (UNIBE). Diplomado en Periodismo por KC, University of Miami y Master en Literatura Hispanoamericana por la University of Barcelona. Ella reside en los Estados Unidos desde 2006. Ganadora del premio Emmy (2011) como productora y nominada al premio Emmy como guionista (2011). Fue la primera finalista en el concurso “Nuevos valores de la poesía hispánica”, revista literaria Baquiana y CCE (2011). Ha trabajado como periodista y productora en América TeVe, Miami. Actualmente es editora de la Revista Cultural Dominicana en Miami. Sus historias y poemas han sido publicados en varias revistas literarias como Baquiana, Nagari y Suburbano. Ha publicado los libros: Mar de fugas (2011), Guayabas y fresas (2012), Tsunami (2014) y Ventanas (2018), Aquí[Ellas] en Miami (katakana editores, 2018)