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Febrero 2026

MEMORIA CON HUELLA. Erendira Paz

 

Hay recuerdos que no tienen forma de recuerdo.

No se ven, no se narran, no se ordenan.

No llegan como imágenes claras ni como historias completas. Se alojan en la piel, en la respiración profunda, en los aromas que aparecen sin aviso y desarman el pecho. Son recuerdos que no piden permiso para volver. Llegan cuando quieren, como llega un olor que toca la memoria y provoca una presión en el pecho que dobla un poco el cuerpo y, al mismo tiempo, despierta una satisfacción silenciosa, una sonrisa leve, casi involuntaria, como si algo antiguo nos reconociera primero.

Pueden llegar en una voz que suena conocida, aunque no sepamos de quién es; en la textura de una luz; en la forma en que la piel empieza a mancharse, a plegarse, a dibujar surcos como la tierra que ha sido sembrada y cosechada una y otra vez. Así se manifiesta la huella de la vida: no en la memoria organizada, sino en ese territorio profundo donde el cuerpo recuerda antes de entender, donde algo se reconoce sin necesidad de palabras.

Al inicio de la huella todo es contacto.

Piel contra piel. Calor. Aroma.

En ese momento el mundo es inmenso y, al mismo tiempo, suficiente con solo esos brazos y esa mirada que sostiene, con un latido de corazón que se une con el tuyo, que te arrulla, que te ordena el pulso y te acobija el alma. El cuerpo no sabe defenderse ni nombrarse; no sabe pedir ni rechazar. Solo sabe estar. Solo sabe existir.

Esa entrega absoluta deja una marca profunda. Es la manera en que más tarde nos relacionamos con el mundo, la forma en que aprendimos a estar en él, a dar sin medida, a abrir el alma sin miedo, con sinceridad. Algo de ese inicio sigue vivo en nosotros, incluso cuando creemos haberlo olvidado, incluso cuando pensamos que ya no lo necesitamos.

En esta evolución llega el momento de caminar y de aprender lo que es levantarse con fuerza y verdad. Caerse y sentir el golpe. El ardor en la piel. La sorpresa del dolor. Voltear instintivamente a buscar ese refugio que antes cargaba el cuerpo entero y encontrar, ahora, una mirada que sostiene desde lejos. Una sonrisa pequeña que dice, sin palabras: “no pasa nada”. Tú puedes. Levántate y sigue jugando, sigue creciendo.

Esa frase sencilla no explica, pero sostiene. El beso de la madre que llega antes que el miedo. El “sana, sana colita de rana” dicho como un conjuro, como si esas palabras tuvieran el poder de cerrar la herida y acomodar el mundo otra vez en su lugar.

El dolor empieza a dejar de sorprender. El llanto se vuelve breve, se apaga con rapidez. Aprendimos que doler no mataba. Que levantarse era posible. Que el cuerpo resistía más de lo que parecía cuando esa mirada materna persistía: firme, paciente, presente. Esa mirada que no se iba, que esperaba, que sabía que el cuerpo podía más de lo que creíamos. Aprendimos a correr, a no huir, a llegar antes que el miedo. A sacudirnos el polvo de las rodillas y seguir como si nada.

El cuerpo infantil confió, con una fe casi peligrosa. Confió en que el suelo siempre estaría ahí para sostenernos incluso después de la caída. Esa confianza fue total, sin reservas, sin cálculo. Y por eso mismo fue frágil.

Dejó huella en la forma en que aún hoy nos lanzamos a la vida; en cómo avanzamos incluso cuando caemos; en cómo aprendimos a no esperar siempre que alguien nos levante porque, en el fondo, ya sabemos hacerlo. Está en la memoria ese poder: el “sana, sana”, el “tú puedes”, el “eres fuerte”. También quedó ese recuerdo que es alquimia pura y poderosa, que regresa cuando más se necesita, cuando el cuerpo duele de otra manera y el cansancio ya no es solo físico: sana, sana…

En este vivir, el cuerpo dejó de obedecer sin avisar. Se abrió un abismo entre el cuerpo y la mente; ese latido en el pecho que antes calmaba empezó a volverse una incomodidad difícil de nombrar. El espejo empezó a ser enemigo. El cuerpo y la conciencia se volvieron territorio incierto: demasiado expuestos, demasiado sensibles, demasiado vivos.

Aprendimos a tensarnos, a cubrirnos, a endurecernos, a buscar identidad. A desear y a avergonzarnos al mismo tiempo. A sentir demasiado y a no saber qué hacer con eso. Esa confusión dejó huellas profundas: en la forma en que aún hoy nos exigimos, en la dureza con la que juzgamos nuestra propia piel, en el miedo persistente a no ser suficientes, a no encontrar quién eres ni a dónde perteneces. Huellas del caminar, del crecer sin manual, del aprender a existir.

El paso del tiempo trajo la madurez. Llegaron las responsabilidades. Compromisos. Levantarse temprano aunque el cuerpo pidiera quedarse. Mantenerse en pie cuando ya no se quería. Callar dolores por creer que eso era debilidad; no querer fallar por la misma razón; aprendizajes erróneos heredados sin cuestionar.

Y entonces volvió el espejo, en otro tiempo, con otra huella. Un rostro con marcas que buscas reconocer al ponerte, esta vez, frente a frente. Cuestionarte. Verte obligado a responder. Decidir hasta dónde te has herido, hasta dónde has sido tú, hasta dónde estás pleno. Responderte sin traicionarte a ti mismo.

Ese momento, cara a cara, marca un antes y un después, y también el hoy. Esta parte de la vida, cuando llega, te vuelve eficiente, fuerte, necesario. Aprendes a funcionar incluso roto y a reparar tus propias grietas recordando aquella sonrisa que alguna vez te sostuvo frente a las circunstancias de la vida. En esta etapa el cuerpo se vuelve herramienta, sostén, refugio y raíz. Te cuidas, te proteges, te amas con la conciencia de que tú eres el único al que no te puedes abandonar.

La huella de esos años vive en la espalda que duele al final del día, en la rodilla que rechina como si le faltara lubricación, en la mandíbula apretada sin darse cuenta, en la respiración que se acorta cuando nadie mira. Vive también en el silencio de la soledad y en la sonrisa de la felicidad por lo vivido, por lo entregado, por lo disfrutado y por lo ganado. Vive en esos surcos que ya se han instalado en la piel y devuelven la mirada desde el espejo con una mezcla de cansancio y gratitud, de orgullo callado y memoria encendida.

Justo ahí llega la torpeza. La falta de coordinación. La certeza de que los reflejos ya no son los mismos, de que la vista se acorta y se dificulta. Y justo ahí se regresa a la memoria, no como nostalgia, sino como sostén, como guía. A la sensación primera de quien te cuidó, de quien te contuvo, de quien te enseñó y te guió. Porque esa huella inicial es lo único que no se borra.

Hasta que un día el cuerpo dice basta. No con palabras, sino con lentitud. Con una posible torpeza. El cuerpo comienza a caminar hacia atrás, empieza a retroceder lentamente, no como rebeldía, sino como culminación del camino recorrido y de las huellas imborrables. No pide auxilio: ofrece presencia. Es llegar a la titulación otorgada por la vida acumulada, vivida, disfrutada, sostenida y atravesada.

Cada arruga se vuelve entonces una negociación honesta con la vida. No una derrota, sino un acuerdo. La piel empieza a contar lo que las palabras ya no alcanzan, lo que no necesita explicación porque ha sido vivido.

Envejecer no fue perder. Fue afinar. Fue aprender a escuchar el cuerpo como antes escuchábamos a la madre. El cuerpo aprendió a elegir dónde sí y dónde no. Descubrió que el placer podía ser lento, que la calma también podía ser confortable, que la fuerza ya no estaba en resistirlo todo, sino en detenerse a tiempo, en llegar a casa, en quedarse.

Y entonces, al mirarlo sin dureza, el cuerpo deja de ser enemigo. Se vuelve archivo, testigo, casa, raíz. Un lugar al que por fin se regresa sin miedo. La huella no fue daño: fue prueba. Prueba de haber amado sin garantías, de haber caído sin rendirse, de haber seguido aun cuando dolía, de haber vivido con el cuerpo entero.

La huella no pesa. Acompaña.

No empuja, no exige, no reclama.

Permanece.

 

 

© All rights reserved Erendira Paz López

 

 

Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.

Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.

Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.

Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.

Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.

Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento

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