MÍSTICO REDENTOR. Ricardo A. Vega

Los maitines aún no comenzaban y el terror nocturnal consumía su noble alma. Cubriendo su oprobiosa desnudez con el balandrán que encontró tendido en la rama de un árbol mientras corría a ciegas, casi cayendo al suelo, escuchaba a lo lejos los ladridos del aterrador cancerbero. Apenado por haber dejado atrás sus laudes, aquellas bellas y honestas composiciones que parecían amenazar las requeridas y obtusas glosas, ganándole la mirada condenatoria del prior y el eventual calabozo de donde ahora escapaba, consideró por un momento regresar por el pequeño tesoro. Pero temía que el aciago amanecer lo alcanzara, haciendo de su redentora fuga una imposibilidad.

Imaginaba que la densa oscuridad que lo desorientaba también lo protegía. Sin embargo, aceptó la humillación de andar cual plantígrado detrás de los arbustos, evitando que aún su silueta fuese detectada. Sabía que las fosas infernales desde donde corría poseían enormes poderes y que la envidiosa Perséfone, celosa del recuerdo que lo guiaba a penetrar su misterio, rondaba los pasillos del claustro, capaz de tornar la próxima llegada de la bucólica primavera, en nebuloso torbellino de locura y engañoso castigo. Por ello entendió necesario el extravío. Perderse sin remedio en el denso bosque era su mejor apuesta, si es que quería encontrase. Para continuar, buscaba fuerzas en el vívido y recurrente sueño que lo visitaba desde el inicio de su encarcelamiento. El tierno susurro con el que José de Arimatea le revelaba, noche a noche, las instrucciones precisas sobre como encontrar el Santo Grial, zumbaba con dulzura en sus oídos, haciendo un poco más llevaderas las vicisitudes del escape.

Pronto lo venció el cansancio y el temor de ser finalmente atrapado por las fuerzas que lo acorralaban, aceleró la perentoria búsqueda de refugio. Pudo entonces palpar, con sus ya muy curtidas cuatro extremidades, una gran apertura en el terreno, a la cual no dudó en internarse. La sombra mayor, la que parecía ejercer el liderato sobre los demonios menores, se acercaba a su recién descubierta trinchera. Paralizado por el miedo, se aseguraba de que ningún sonido llamara la atención del vagante intruso. Pero los gruñidos de su vacío estómago lo traicionaban y lo hacían reconsiderar la sabiduría de haber rechazado, en protesta, la mísera pitanza que una vez al día le deslizaban los monjes, bajo la rendija de la enorme puerta que aseguraba su celda.

Sin aparente salida e intentando opacar el presente, recordó con temblor a su joven amigo, compañero inseparable de la juventud seminarista y por varios segundos, repasó la ilusión de aquel tierno rostro, la descuidada barba negra que siempre cargaba y el agrio aliento que dejaban el constante cigarrillo y café que, de manera extraña, servía de infalible imán, moviéndolo a estar siempre a su lado. El pavor le corría por las venas y recogido cual indefenso feto, creyendo por fin haber hallado el secreto perdido, se acurrucaba en la memoria del adorado, resguardándose en el cálido pecho y aquel antaño tatuaje que formaban el cáliz y el corazón con corona de espinas, mientras gemía, “Ramón, Ramón,” al sentir la fría ráfaga que lo apretaba, subiéndole por las piernas.

© All rights reserved Ricardo A. Vega

Ricardo A Vega - FotoRicardo A. Vega es escritor y maestro escolar. Original de Santurce, Puerto Rico, vive y escribe desde la ciudad de Boston en los Estados Unidos. Ha publicado los libros “Democracia Intelectual” (2013) y “Travesía del Exilio” (2015).

Leave a Reply