LA PARTÍCULA DE DIOS Y OTROS POEMAS. Nilton Santiago

LA PARTÍCULA DE DIOS

Un físico, que no estaba nada loco, ha dicho que si no fuera por un tal campo de Higgs
todos seríamos livianos como el pensamiento de los ángeles
y, ciertamente, nos moveríamos como se mueve la luz cuando amanece
yo, que no tengo ni idea, pienso que si no fuera por el Big Bang
Shelley no hubiera escrito nunca el Adonaïs en la primavera boreal de 1821,
o no hubiésemos visto jamás los tibios muslos de Marilyn Monroe
bajo ese vestido blanco en Lexington Avenue.
Nada de esto tiene que ver con la poesía, vale,
pero tampoco nada tiene que ver la mano izquierda de Dios con las iglesias
“El Vaticano retiene en Roma a un arzobispo africano
conocido por sus poderes como curandero” leo en la prensa y me parto de risa,
tampoco esto guarda relación con que Hannah Clark, una niña británica de 12 años,
haya vuelto a usar su corazón después de 10 años,
milagros de la ciencia y del Big Bang en los astilleros de Orión
donde los santos son como pinturas rupestres en el techo de las catedrales,
milagros que no son milagros
verdades que son medias verdades,
como que en el arca de Noé no había pavos reales, puercoespines ni banqueros.
Vaya, Dios cree que existe y el capitalismo ha fracasado.

 

OTRO ARREGLO DE CUENTAS CON LOS PÁJAROS

Por qué diablos tuvimos que ver tantas iglesias y tantos gatos, como geranios,
y tantos sindicalistas en el fondo de los taxis y tantas iglesias
(como si fuesen la calderilla que Dios
arroja en la barra de un bar).
No habíamos facturado por mi culpa
y las maletas de mano pesaban tanto
como el corazón de una ballena varada en una lágrima y llovía.
Pero era nuestra agonía la que en realidad nos costaba llevar
(y no la lluvia en el fondo del taxi)
y la que nos emparentaba con los perros abandonados en la sonrisa de las enfermeras.
Al final llegamos a casa -porque todo llega- deseándonos
como deben desearse los personajes literarios fuera de los libros
pero, claro, tú –la bipolar- al final ni puto caso.

De pronto empezó a llover, era la segunda vez que llovía en el día
y parecía que desempacábamos las olas del mar.
Entonces, “para romper el hielo”, decidí ir a buscar el periódico y unos chocolates,
-qué gran cobarde, qué gran malhechor-
haciéndome paso entre una manada de antílopes
que habías traído como souvenirs,
preciosos baobabs de varios metros de altura.

El barrio era el mismo, la tienda del paquistaní
era la misma nevera en medio de la calle,
y las mismas líneas de cebra cruzaban la avenida
(quizás alguien se había esnifado alguna línea, pero todo seguía igual)

Hasta vi al hombre oscuro que arrastraba su carrito de la compra
con estrellas y otras chatarras,
husmeando en la basura como un gran sabueso.
(A propósito, el hombre oscuro no conoce el pan porque él es el pan,
nadie sabe que guarda una estrella perdida en otra estrella
-como una pata de conejo-
pero no le importa, como no le importa a la lluvia
volver a la mano de Urano, una y otra vez)

Vuelvo a casa sin nada. Me he dejado la cartera y sí, sigues cabreada
y dices cosas como “siempre igual” o “lo tuyo no tiene arreglo”
mientras me preparas unos huevos fritos.
Hoy los telediarios han anunciado otro desahucio de un poema
de su abecedario de agua,
y han hecho un largo reportaje de un matrimonio de nutrias caídas en desgracia
por morder la costilla de Eva, sí otra “cortina de humo”.
Busquemos entonces la manera de cambiar este rollo de la melancolía
por más melancolía, de buscar las armas de la limpieza en el mensaje de las aves
que “han pasado” de las migraciones de invierno
y olvidemos esto de la crisis, de saqueos de bancos, de estafas a jubilados
y de haber visto tantas iglesias,
como si fuesen las cicatrices de Urano.
Vaya vaya, me dices, mientras me paso la saliva,
¿sabías que los indios de la Guayana preparan un licor con las cenizas de los muertos?
Sí, se te ha pasado ya el cabreo
y a mí las ganas de comerme los huevos fritos.

 

CINCO GRAMOS Y MEDIO DE MILAGROS

Una a una, una fila de milagros hacen cola para entrar en la fábrica de pájaros que escondes bajo tu lengua y no es ninguna broma. Fíjate, no hay aritmética posible que explique por qué los crisantemos escarban la tierra para buscar las urnas donde los perros esconcen sus lágrimas, pero tú siempre tienes la respuesta correcta para todas mis metidas de pata: un portazo detrás de tus labios. Es cierto, se me lengua la traba cuando quiero escribir poemas contra la manipulación transgénica de la conciencia de las rosas o, simplemente, una carta de amor para una pelirroja de calendario, pero qué se va a hacer, ya sabes que soy tan tonto que antes de decirte lo siento (otra vez) me tengo que leer una treintena de manuales de cómo psicoanalizar a un guacamayo. Hace un par de minutos que acaba de pasar un milagro en el lomo de un caracol: no es que yo sepa reconocerlos pero cuando se sale con nenas como tú se es capaz de diferenciar, al menos, 132 tipos de sonrisas entre mis labios y tus pecas. No obstante, pasan las horas dentro de los pétalos de la lluvia y tú sigues en tus trece, los pobres seres del aire poco pueden hacer para vendar nuestras heridas, sobre todo si aún quedan estrellas por forjar entre tus cejas; aunque sé desde hace mucho que está prohibido ser pobre y tratar de besar tus labios a 100 kilómetros por hora. Detrás de esa puerta está mi corazón o llámalo como quieras, su historia es tan absurda como la de un taxidermista de sueños; en cualquier caso, tienes razón, te he tejido más de un problema, pequeña astronauta, te he mordisqueado el lóbulo de la oreja cientos de veces a media noche para sacar a pasear a tu sonrisa por mi corazón y créeme que no lo siento, ya sabes que el amanecer es el panadero que nos envía la noche para hornear mis besos sobre tus labios y por eso prefiero desayunar directamente de tu boca. La soledad es un activo financiero en toda regla y también el origen de todo este embrollo de no quererte más lejos que al otro lado de mi almohada. Vale, no hace falta más que llorar para darse cuenta que también los cangrejos usan despertadores para abrazar el mar, pero para nosotros no son más que animalillos que nos cortan el rollo cuando el alba empieza a colarse por tu sonrisa. Piedra, papel y tijera son lo mismo ya que todo lo solucionas con un susurro en mis oídos para echarme de tu lado de la luna y dejarme con las ganas de morderte las estrellas. Otra noche más tendré que hacer cola para entrar en tu fábrica de pájaros, lo sé, también soy yo una de tus equivocaciones terrenales y sí, es cierto, los poetas deberían pagar impuestos por su uso excesivo de las estrellas, bla, bla, bla, ni el sonido de las lágrimas al romperse ni el “cuac” de los patos hacen eco, bla, bla, bla. Ciertamente, algún día se venderá poesía “al peso” y algunos peces pasan sed.

 

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Nilton Santiago Maria Vole -2)NILTON SANTIAGO (Lima, Perú) es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y autor de “El libro de los espejos” (2do Premio Copé de Poesía 2003 en su XI Bienal) y de “La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad” (II Premio Internacional de la Fundación Centro de Poesía José Hierro). Recientemente ha publicado “El equipaje del ángel” (XXVII Premio TIFLOS de poesía, Visor Libros, Madrid, 2014) y ha quedado finalista de la última edición del Premio ADONÁIS de Poesía 2014. En la actualidad reside en Barcelona.

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