LA BALADA DE LA MUJER QUE LLORABA. Xalbador García

La Mujer lloraba. Frente a la pantalla el llanto le matizaba el rostro. Era un óleo pintado con recuerdos que se desmoronaban como los murales de la Calle 8. No importaban las imágenes, los actores, la historia, el director de la película. Ella lloraba. Iba a la sala del Tower Theater a llorar. En el llanto soltaba su historia. Yo la miraba desde el cuarto de proyección y su las lágrimas me hacían cómplice del dolor. En cada uno de los sollozos, casi susurrados, me esforzaba por descubrir, una a una, las piezas de su amargura.

Tampoco era complicado adivinar los motivos del llanto. Es cierto, en Miami todos somos migrantes. Pero los más desdichados hemos llegado huyendo de un algo tan terrible como la propia muerte. Pobreza, abusos de poder, costras de violencia. Por eso ignoramos el día de la partida. La ciudad se vuelve finalmente un viaje sin regreso.

Allá, en aquel país, donde se habla español, donde la comida trae risas infantiles, se han quedado los amigos, los hermanos, las madres que también lloran. Aquí, sucede algo parecido. Los atardeceres más hermosos del mundo invitan a las lágrimas. Es así como en Miami, los menos favorecidos andamos todos los días con una herida sangrante en medio de los sueños. La Mujer lo sabía y entonces lloraba.

Cada tercer martes del mes aparecía en la taquilla del cine. Un entrada, por favor. Por arriba del vestido La Mujer se colocaba un mantón negro. Yo conocía el momento de su entrada. Salía del cuarto del proyector y me paraba al frente para regalarle, para regalarnos, un saludo con los ojos. Lo sabíamos: el llanto provoca complicidad. Luego la seguía con la mirada. Más que sorpresa, el pasillo del viejo cine le causaba reencuentro. Ella veía una historia vedada para todos a su alrededor.

Desde la primera vez, la imaginé niña, corriendo por el Tower Theater de los años sesenta, cuando los exiliados cubanos fundaron La Pequeña Habana. Sus carcajadas me alimentaban. Era como si en verdad las hubiera vivido, como si yo regresara también a la infancia. Nos pensaba jugando por el cine, tan grande y amplio, como se ve el mundo desde el sentimiento infantil. Éramos felices. Nos pensaba felices. Eso es lo que yo hacía. Imaginarla.

No me costaba trabajo alguno. Su belleza era nuestra. Lo decía su piel. Tenía el color de la tierra labrada con dulzura. Nunca supe su verdadera nacionalidad. Tampoco me importaba. Su pertenencia era lo que nos unía. Ella había venido de ese Sur tan hermoso como miserable. Nuestro Sur, capaz de construir los sueños más hermosos en medio de las pesadillas más terribles. Por eso compartíamos las alegrías junto a las llagas. Teníamos almas siamesas y el humor cuajado en las desdichas.

La imaginaba. Eso es lo que yo hacía. Desde la caseta de proyección, la veía entrar a la sala, elegir la tercera fila, colocarse junto a la pared. Con las luces apagadas, en cuanto yo corría la cinta, ella soltaba el llanto. A su lado, sin estarlo, me veía consolándola. Te pareces a esas mujeres de los murales de la Calle 8. Es verdad, no te rías. Estoy seguro que te eligieron como modelo para pintarlos. Siempre que camino por la 15 avenida volteó al edificio y parece que te miro. En sus paredes hay pintada una mujer junto a una niña. Podría jurar que eres tú. Son mujeres iguales a ti. Regalan misericordia al mirarlas.

Saliendo del cine, te voy a invitar a bailar. Al Ball and Chain o al Cuba 8. Te  gustan los mojitos, ¿no? Yo soy así, con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Eres mala porque te sigues riendo. O vamos por ahí, compramos nieve del Azúcar y en una galería te ofrezco como modelo. Eres tan hermosa. Incluso cuando lloras, iluminas la vida. Se hace un silencio en el universo para escucharte llorar. Pero nunca le hablé. Ella salía con las lágrimas purificadas. Yo me quedaba a esperarla hasta el siguiente mes. El vacío es un triste heraldo del tiempo.

No creo que las películas sean tan malas como para llorar en todas las visitas. Dejé la nota en el asiento a donde llegaría La Mujer. Lo descubrió cuando se sentó, pero no lo leyó. No lo leía. Yo la miraba iluminado por la luz de la pantalla, mientras Humphrey Bogart le aseguraba a Ingrid Bergman que siempre tendrían París. Aquí en Miami está el nuestro. ¿No lo crees? Sería hermoso adueñarnos de este espacio. Juntos. En ocasiones las amarguras alimentan la hoguera. Si unimos nuestros dolores pueden florecer los días. No digas nada. Escucha. Tan sólo escucha.

Sería lindo tomarte de la mano. Caminar. Sembrar de recuerdos, de nuestros recuerdos, a Miami. Tener un niño. Mejor una niña, como la del mural. Con tus ojos hechos para el llanto, pero también para el gozo. Acariciarle el cabello y saber que, aún hoy, aún en esta caída al vacío, existe espacio para reconciliarse con el mundo. Qué bello sería tomarlas a las dos de la mano. Ambas conmigo…

Cuando terminó la película bajé a su asiento. La vi marcharse con los ojos llorosos. En la butaca encontré el papel. Al reverso una nota. Yo también te recuerdo. Nos imagino y te extraño. Cuando subí la mirada me envolvía el silencio de la sala. Comprendí que ella jamás volvería al cine. Que jamás volvería a verla, ni estar a su lado mientras La Mujer lloraba.

© All rights reserved Xalbador Garcia

XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, en la categoría de Literatura, en el área de Novela. Beca que ganó nuevamente en 2012, pero bajo el género de Ensayo Creativo.
Poesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años.
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog http://vientredecabra.wordpress.com/

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