DÍAS, DÍAS, DÍAS, SIEMPRE DÍAS (TRES DÍAS). Rodrigo González Barrios.

“Se hacen días”, anunciaba el letrero el domingo de plaza en el pueblo. Le pregunté si solo en tiempo presente al anciano encorvado que sostenía el anuncio y la respuesta fue: ”Para atrás y para adelante, el de hoy ya lo hice, es gratuito para ti”; entonces, ¿la hechura cuesta?, por supuesto contestó el anciano, si no lo hago de qué vivo. ¿Y a cuánto me cuesta el día?, le cuestioné, introduciendo mi mano en el bolsillo; no es por dinero me respondió y me dijo que por cada día que él me “hiciera”, debería de pagarle un día de mi vida. Me vino a la mente los múltiples cuentos de cuando se le vende el alma al diablo por dinero, mujeres y poder. Decidí continuar con el juego, pues pensé que eso era. “Hazme” un día del pasado le dije, perfecto, me contestó estrechándome la mano y sentí un “bajón”, cerré los ojos y al abrirlos seguía frente a mí diciéndome: “si vuelves a cambiar algo del pasado te va a salir caro el viaje”.

En mi sueño me había traído el acento de una palabra que no lo requería. Seguía pensando que estábamos bromeando. Dame tres días para atrás le dije al anciano, quien con una rapidez asombrosa me volvió a tomar la mano y sentí otro “bajón”, casi “desvanecimiento”.

De nuevo al cerrar y abrir de ojos casi de inmediato y para mi asombro, el anciano se había convertido en un adolescente y yo sentía una pesadez enorme, ¿por qué?, le pregunté. Riéndose me dijo: “Traes un corazón en la mano, gastaste años en tres días y ya te los facturé cabroncito”; abrí mi mano y efectivamente, tenía un corazón dibujado y le comenté: “Seguramente me lo regalaron”, como sea, señaló, está cobrado.

Este “méndigo” es el “Tiempo”, me dije, se come nuestros días, por eso es inmortal y ya me chingó. Ahora fui yo quien rápidamente le tome la mano diciéndole: “Trágate todos mis días” y él, en ese momento joven inexperto gustoso aceptó, no sabiendo que soy de familia longeva.

Antes de perder el conocimiento completamente al sentir un fuerte golpe, vi cómo aceleradamente él, de adolescente pasó a la niñez y por último, rebotando en la banqueta una cosa minúscula como ajolote, era un esperma, un esperma desahuciado. Ya no alcancé a burlarme del “Tiempo”, su avaricia lo había perdido, pero yo ya no estaba vivo para contarlo. Del corazón dibujado en mi mano, no supe qué fue de él.

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Rodrigo González Barrios, de Nayarit, tierra de Nervo. Amante de la lectura, del café y de escribir -cuando la idea llega- cuentos cortos y breves poemas. 

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