CRUZANDO LOS ANDES CUANDO TERMINA LA TARDE Y OTROS POEMAS. Laurel Nakanishi

CRUZANDO LOS ANDES CUANDO TERMINA LA TARDE
por: Laurel Nakanishi traducido por: Eduardo Chirinos

Un santo se balancea frenéticamente desde el retrovisor
lanzando sus bendiciones por todo el bus.

Pregunto a la señora que viaja a mi lado
sobre las hogazas de pan que lleva

y ella cree que se las quiero comprar.
El ganado le roba su color a las colinas.

¿Qué pasó aquí?
Mi nariz sangró.

¿Y luego?
La embriaguez de una fiesta de bodas.

El anfitrión y la botella circulan,
empujan la copita a nuestros labios.

Durante toda esa noche en la casa de ladrillos rojos,
en las colinas gastadas por el ganado, me preguntaron

¿Ha visto tanto pobreza?
Lo entendí como un tipo de disculpa.

 

CROSSING THE ANDES IN EARLY EVENING

A saint swings frantically from the rearview,

flinging her blessings across the bus.

I ask the woman next to me

about the loaves she carries

and she thinks I want to buy them.

Cattle wear the hills down to brown.

What happened here?

My nose bled.
And then?

A drunken wedding party.

The host and bottle circling,

pushing the shot glass to our lips.

Throughout that night in the red adobe house,

in the cow-worn hills, they asked me
Have you ever seen such poverty?

I took it as a kind of apology.

 

EL PACÍFICO NALUAKA

por: Laurel Nakanishi      traducido por: Francisco Larios

 

Día ocho: isla de perdigones

Apenas es mañana y las largas cavernas gimen.   He tenido otra visión.  La madre emergió primero, empujada por la orillera.  Parecía nadar con más aletas que las que vi el martes.  Al arrastrarse hacia la playa, su piel parecía tiritar, relajarse y saltar de nuevo con cada movimiento.  Avanzó una buena distancia y posó su delicado rostro (con pico de loro) en la arena.  El viento sacudió su cola y su aleta e hizo ondear y erizar su piel como una ondícula.

Día doce: jueves

He contado tres bebés. Son muy pequeños, más o menos como mi mano. Los encontré acurrucados en el solar de la piedra negra.  La madre no estaba cerca, así que aproximé mi cara justo al borde de sus cuerpos (tan quietos como el agua en una poza) para aspirar su irresistible aroma.

Día diecinueve: coro

He notado siete llamados distintos, cada uno con su propia función.  Gutural bajo—la madre sale del agua, sus fosas nasales se dilatan y resuellan.  Gruñido agudo—apartándose de la madre donde ella toma el sol, llamando a sus críos.  Bufido (vacilación).  Chillido de furia—salen reptando del agua blanca.  Ladrido – y chasquido entre ellos.  Su piel tirita- -ronroneo—como si una criatura se moviera bajo su superficie.  Silbido—el aire moviéndose en su cuerpo (corriendo por tubos y cámaras).

Día veintitrés: contando

Sus aletas se multiplican o encogen proporcionalmente a su felicidad.  La piel devuelve la luz en escamas centelleantes, cada una de las cuales punza un minúsculo orificio.

Día veintinueve: hambre

Los bebés no se han movido de su exigua sombra.  No han entrado al agua o desempolvado de sus espaldas la arena (ahora seca y melosa).  Tienen pocas aletas. La madre se ausenta varios días a la vez. 

Día treintaidós: tempestad

Esta mañana desperté en medio del rugir de un gran oleaje.  Vanamente corrí hacia donde se habían apiñado contra unas raíces.  Dos cuerpos temblorosos.  Di un vistazo a la costa, la espuma empujaba, adentrándose, el reflujo jalaba mis rodillas hasta doblarlas.  Busqué un destello de piel, un brote, algo que resaltara del azul.

Día treintaisiete: el este necesario

Ella ha vuelto con una multitud de tiburones muertos.  Los vi ondulando sobre la orillera, completos a excepción de los ojos, y la madre (con su filoso pico) sacaba entrañas en listones.  Me uní a ellos,  arrancando los trozos más blandos para los bebés que escarbaban y caían al suelo, abriendo sus picos a la espera de más.

Día cuarenta: la pausa

Duermen a todas horas, especialmente en la tarde.  A los bebés les ha dado por dormir sobre mis botas.  La madre se tumba bajo mi toldo, maracaná.

Día cuarentaicuatro: un sueño

Que lo había encontrado apenas flotando en la marisma.  Tomé su cuerpo translúcido en mis manos y soplé suavemente su cara.  Se llenó de aletas.

 

THE PACIFIC NALUAKA

Day eight : birdshot island

Just morning and the long caves are groaning.  I’ve had another sighting.  The mother emerged first, buoyed by the shore break.  She appeared to be paddling with more flippers than noted on Tuesday. As she hauled her body up onto the beach, her skin seemed to slosh and soothe and leap up again with each movement.  She scooted a comfortable distance and lay down her delicate face (with parrot-mouth) into the sand.  Her tail and dorsal fin caught the wind, sending her skin rippling and peaking in wavelets.

Day twelve : thursday

I’ve counted three babies.  They are quite small, about the size of my hand.  I found them nestled in the black rock yard.  The mother was nowhere near, so I pressed my face right up to their bodies (as still as tide pools) to take in their sticky scent.

Day nineteen : chorus

I’ve noted seven distinct calls, each with its specific function.  Low guttural – the mother’s head emerges from the water, nostrils dilate and gasp.  Sharp grunt – backing away from the mother where she suns, calling her babies – High wheeze (wavering).  Huffed squeaks – they clamber from the white water.  Yap – and snapping at one another.  Her skin shivers – rolling mur – as if some creature passed beneath its surface.   Whistle – the air at work in her body (running through the pipes and chambers).

Day twenty-three : counting

Their fins multiply or retract in ratio to their contentment. Skin throws back the light in glimmering scales, each burning a tiny hole.

Day twenty-nine : hunger

The babies have not moved from their meager shade.  They have not entered the water or rolled the sand from their backs (now dried syrupy).  Their fins are few.  The mother leaves for days at a time.

Day thirty-two : tempest

This morning I woke to roaring, the piling of waves.  Bootless, I ran to where they were huddled against some roots.  Two shivering bodies. I scanned the shoreline, the foam pushing high, the backlap pulling my knees bent.  I looked for the glimmer of skin, the surfacing, something to stand out against the blue.

Day thirty-seven : due east

She’s returned with a crowd of dead sharks.  I saw them rolling in the shore break, whole but for the eyes, and the mother (with her razored beak) picking out ribbons of entrails.  I joined them, plucking the tender-most bits for the babies who scrabbled and flopped, opening their beaks for more.

Day forty : we linger

They sleep at all hours, especially in the afternoon.  The babies have taken to napping in my boots.  The mother sprawls under my canopy shade, thrush.

Day forty-four : a dream

That I had found it swimming weakly in a tide pool.  I took its translucent body in my hands and blew gently into its face.  It burst with fins.

© All rights reserved Laurel Nakanishi

LAUREL NAKANISHILaurel Nakanishi is a writer and a teacher.  She is the recipient of the Richard Hugo memorial scholarship, the Greta Wrolstad travel award and a Fulbright scholarship.  Last year, her poetry collection, Manoa Makai, was chosen for the Epiphany Editions chapbook award by Kimiko Hahn.  She has taught in numerous writers-in-schools programs and in 2012 founded the community organization Nicaragua artists-in-schools (www.nicaarts.org).  Born and raised in Honolulu, Hawaii, Laurel received her B.A. at Lewis & Clark College and M.F.A. at the University of Montana.

Leave a Reply