CONVERSACIONES CON JOSÉ KOZER. Luis Benítez

Foto JOSE KOZER 3 

El diálogo –cierto específico tipo de diálogo- ya ha sido elevado hace mucho a la condición de género literario. Un reportaje es su derivado y en este caso el interlocutor es uno de los poetas más descollantes de las últimas décadas, José Kozer, quien prácticamente no necesita mayor presentación. En esta entrevista que se abre y se cierra con sendos poemas del autor, se explaya el poeta respondiendo a preguntas puntuales que compartimos con nuestros lectores.

 

MISERERE

No deja de mirar el lago ni de mirar el vaso de

agua donde confluye el

Universo en todos y

cada uno de sus

aspectos, elementos,

todo es y no es agua,

la vista se le nubla, y

las pupilas, acuosas,

cabrillean. Reverberan.

Y cuando el pez volador

rompe en asunción las

aguas del lago, el

microorganismo el

agua del vaso, sus

pupilas reiteran por

un momento la

presencia, por así

llamarla, de la Nada.

Es real. No tiene

evolución, atributos,

no fue forjada, contiene

a Dios, Dios la contiene,

perfecta tautología, el

pez salta: las escamas

hieren la pupila, la boca

tartamudea adjetivos,

se derrama luz a lo

ancho de la retina, se

desliza por el rabillo

del ojo a un pómulo,

el agua del vaso

reclama su función,

y bebemos. Y nos

introducimos, once

de la mañana, verano,

en el lago. Nada mejor

para la salud que nadar,

el agua de manantial

para las vísceras, y

recordar, sentido

espiritual (real) que

somos pez: pecera

el cuerpo, el Universo

(en un vaso) y al agua

volveremos. Sacude,

y no es alboroto, la

cabeza: rompe, rompe

la meditación. La hace

trizas, basta ya, ésa

es una de tantas

mañas, subterfugios,

causón, reverberación

sin agua, sin luz,

hijastra del miedo

(Timor mortis): de un

salto, y qué si se agita,

agarra su garrote, la

bolsa de lona con los

desperdicios del

desayuno tardío de

hoy, se quita la trusa,

se pone la desaliñada

muda de ropa del

verano, pantalón

corto (beige) camiseta

roja medio pasada, los

huaraches olor a sicote,

palpa la bolsa: ahí están

los dos libros, cubiertos

de plástico, el vaso y

la servilleta de algodón

con sus zurcidos, y toda

su intuición: más allá,

nada. En todo caso ni

siquiera acá. Ese aquí,

también ahí, no alejarse

demasiado, el planeta

es vertical y redondo

(ovalado) tierra plana,

atengámonos. Submundo

no, y no de Dios

transcripción en alto

de continuidad. Maloja

y filosofía. Recoge sus

bártulos y él de sí

mismo mamotreto,

punta de hierro el

bastón, se aleja

cantando la bondad

del agua, miseria y

misericordia de las

formas.

Luis Benítez -Su poesía, encuadrada en lo neobarroco, posee una amplitud de horizontes y abordamientos temáticos y estilísticos que desborda esa categoría. ¿Cuáles son los ejes fundamentales de su escritura? ¿Cómo definiría usted el abordamiento estilístico que les brinda?

José Kozer -Las categorías que enmarcan la creación, Barroco, Romanticismo, Realismo, Naturalismo, Surrealismo, Neobarroco, en general tienen un propósito didáctico, y eso sin duda tiene su lugar, loable incluso, dentro del mundo de la enseñanza, el estudio académico, la crítica ensayística: permite agrupar disímiles voces que tienen un aire de familia, para facilitar la comprensión de una época, de un conjunto de creadores, de una manera de componer, que es un modo de comportarse, dentro de los espacios propios y de época de la creación, sea ésta poesía, pintura, música, ficción.

Sin embargo, lo que al creador le interesa no es el marco general que le corresponde, por su particular manera de vivir, a la creación dentro de un momento histórico determinado: lo que le interesa, considero, es vivir rompiendo ese marco, o esos marcos, abriendo brechas que permitan desbrozar, descubrir, acceder a desconocimientos que de repente constituyen epifanía, iluminación, y que permiten una continuidad que se desea interminable, y que aunque sea inconscientemente, busca rebasar una y otra vez límites, paredes altas, muros que parecen infranqueables, abriéndoles brechas, aprovechando hendijas y ranuras por la que filtrar el cuerpo de una obra.

En mi caso puedo a estas alturas, después de una larga trayectoria, tal vez una insistencia excesiva (más que una asistencia de musas o dioses) hablar de tres momentos diferentes en mi relación con la propia poesía: la primera, más desquiciada, en verdad producto del desasosiego, parte de la premisa, casi oficial, casi histórica, de que la poesía que se crea es importante: y la función poética un alto privilegio del que participan sibilinamente, unos elegidos, aquéllos que han recibido el don y tienen ahora, desde sí mismos, la ocasión de transmitir esa bendición, ese privilegio, al mundo. Todo eso me parece ahora no sólo un error sino un horror. Nace de una falacia que privilegia una realidad que acaba por considerarse superior, categoría en la que descreo a pies juntillas, y lleva el propio trabajo a funcionar desde sí hacia el mundo, con la prepotencia del ego, la irracionalidad del todopoderoso, la autocracia monolítica de lo revelado y único a que el resto del mundo, compuesto por pobres diablos, no tiene acceso. En esta etapa, que en mi caso va desde mis tempranos inicios, en Cuba, con unos quince años de edad, hasta la cuarentena, ya en el destierro y en Nueva York, la escritura se busca voluntariamente, se desea, y moviéndose de dentro afuera, utiliza cuanta arma puede encontrar el poeta en su interior, y en cuanto lo rodea, para imponerse al mundo. Es poesía del ego, poesía que hace del lector un elemento inane, un agente a conquistar, y que conquistado, se puede descartar: aquí no prima el toma y daca sino el toma y calla, mando yo, y la función lectora consiste en el asombro ante la “grandeza” del Maestro, del que sabe, o se hace quien no sabe para manipular al conquistado. Esto por supuesto visto a grandes rasgos.

Más adelante, desde los cuarenta años y pico hasta digamos hace unos diez años (tengo ahora 76 años de edad) mi poesía se fundamenta en lo que podría llamar una continua naturalidad: escribo sin proponérmelo, no planteo nada, no trabajo desde un proyecto definido, en cuanto propósito visible, palpable, poemas o series de poemas. No los busco ni los rechazo, de repente noto una ligera agitación en mí, agitación anímica, espiritual, corporal, y algo extraño y cercano de pronto aparece, y yo, por costumbre, por falta de propia presencia, quizás de existencia (la capacidad negativa de Keats) y tal vez desde una situación de ausencia, acato: y sin apenas darme cuenta, dejándome llevar, llevo a cabo, ejecuto, dejo correr palabras que se van suscitando, hasta hacerse texto o poema. Lo que ahora prima y es lo cierto, es que estoy ante la integración, la incrustación de la creación en mi propia vida, una vida en verdad cualquiera, hecho que ocurre con la mayor y total naturalidad. No escribo para ser, ni para sobrevivir, para dejar una huella, ser poeta (Dios me libre) ni poseer nada: no hago mucho menos una obra, sino que escribo escribiendo, algo sucede de repente, y en mi caso, con suma frecuencia; entonces me dejo llevar por ese algo, desde una especie de fe, y voy viendo, testigo fehaciente, cómo sobre papel se va suscitando un poema (más).

Desde hará una década, hasta este momento, escribo todos los días un poema: largo, denso, neobarroco si se quiere aplicarle una categoría didáctica, poema que se mueve por sus propios carriles, que controlo descontroladamente, y que tiene sus recursos, que unidos a los míos conforman una situación abierta, algo misteriosa y extraña, y que desde su propia entraña hace de las suyas: me obliga y me permite a la vez, desde un oficio y una propia arquitectura, si se quiere desde una función artesanal, hacer yo de las mías: y entre ambos sacamos adelante uno o dos textos por día (hace meses que vengo haciendo a diario dos poemas) que se mueven, algo abruptamente, y desde una compleja referencialidad, hasta desembocar en un momento final que cierra un círculo, círculo que constituye el poema, y que cerrado, yo pongo a un lado, vuelvo a mis “otros” asuntos, y al día siguiente corrijo y encarpeto (meto en el disco duro de mi computadora) y de inmediato olvido. Tábula rasa, vientre desprovisto de materia, vacío propio, Nada existencial, total desaparición. Es decir, el Paraíso, la felicidad del olvido. Escritura que se hace como práctica búdica, semejante a la del monje rezando, a la del feligrés meditando hasta alcanzar el Vacío. Escritura en la tradición de Han Shan que escribía sus poemas en las piedras del camino, en el tronco de los árboles, a sabiendas de que se borrarían. Cuestión de escribir y no de permanecer; de estar y no de ser. Así, poema que escribo, poema que me ha vaciado y en el que yo he vaciado mi propia inanidad. La anterior prestancia creadora para mí ha dejado de existir: no la necesito, no me hace establecer estilos, estructuras y demás prejuicios; por el contrario, me sirve de proceso higiénico, de acto salutífero, modo armónico de vivir transcurriendo, hasta que el cuerpo que me ciñe desemboque en su desintegración.

LBUsted es un poeta nacido en Cuba y que como tantos otros autores, ha emprendido el camino del exilio. ¿Cómo estima que esa circunstancia afectó/influenció su obra?

JK -Para un griego, un romano o un chino de la Antigüedad no había peor castigo que el ostracismo: era peor que la muerte.

A partir del Romanticismo, el concepto de exilio no sólo se “democratiza” y se vuelve subterfugio clave de negociación de quienes detentan el Poder, sino que asimismo el exiliado se convierte en figura de prestigio. Basta con imaginar a Hugo en su roca contemplando la costa francesa a lo lejos, a Byron cerca de su muerte en Missolonghi, el exilio interior de ciertos poetas españoles que decidieron no dejar el país a partir de la derrota republicana, un insilio que ha sido otra manera real de llevar el ostracismo en una cierta Unión Soviética, Cuba, Chile, Argentina. Los exiliados o los insiliados, a diferencia de la Antigüedad son ahora, repito, figuras de prestigio.

En mi caso, dejar Cuba a los veinte años de edad, tiene como toda moneda dos caras: puedo decir, una es cara y otra cruz. La cara es haberme ido y estando en una intemperie histórica, en un momento en que por suerte para mí había trabajo y la vida en una ciudad como Nueva York, en los años sesenta, era relativamente barata (en 1964 bebía vinos rojos franceses por un dólar que hoy costarían un ojo de la cara y medio riñón) o tenía en Greenwich Village un apartamento en un quinto piso, cinco habitaciones, cocina y baño, que me costaba $ 75 dólares. Ese mismo piso hoy cuesta un mínimo de 3.000 a 3.500 dólares. En verano, siendo relativamente pobre, me iba uno o dos meses a Europa, al regreso tenía trabajo, cubría gastos y encima ahorraba a fin de mes unos pesos. Además, se tenía una real noción de futuro, había futuro, y si ceñías tu locura bohemia a la literatura, pero en la vida te comportabas siguiendo las reglas del juego social, ese futuro estaba garantizado. Todo eso hoy no existe, y en mi opinión no volverá a existir, al menos durante muchas décadas. Cambio histórico que le debemos a la nueva tecnología, su rapidez de innovación y transformación, a la pérdida de un sistema de educación, sobre todo a nivel universitario, que el Poder decidió conscientemente socavar, y socavó, y a ciertas personalidades de tendencia fascistoide que apostaron con exclusividad por un neoliberalismo donde el único ideal, la única realidad es el dinero. Triunfaron, de momento, y estamos ante una sociedad de cuatro todopoderosos ricachones, enfermos de avaricia, y una población sometida por estos monarcas o barones que todo lo controlan: para colmo de males no hay batalla sino callada aceptación por considerarse lo actual como “irremediable”.

Mi exilio me dio un modo de existir y subsistir para mí inédito y que en mi país, que no es el mundo, hubiera sido inconcebible. Así, pude hacer una carrera que entroncó en la enseñanza universitaria, a la vez vivir una desaforada y bastante desfachatada bohemia, trabajar en Wall Street o en una Universidad del Estado, y a la vez vivir entre pintores, compositores, poetas, novelistas, zánganos, chupatintas, fracasados, soñadores de quienes mucho aprendí, amén de tener acceso cotidiano y constante a magníficas bibliotecas, libros (en inglés) de toda índole, en ediciones de bolsillo baratas y maravillosamente bien prologadas y traducidas, todo lo cual me abrió puertas y más puertas en un campo, y campos, inusitados: leí, estudié, me adentré en las literaturas europeas de todos los países, en la rusa, la eslava y la oriental (china, japonesa, y ya tardíamente en la coreana) y paso a paso, del modo más natural, mi mundo interior se llenó de vida ajena, cultura otra, y mi idiosincrática voracidad se vio recompensada, día a día, que es donde cuenta. En este sentido no sólo no tengo quejas sino que agradezco la patada por el trasero que me dio mi país en 1960, cerrándome sus puertas, acusándome de “gusano” y echándome tierra que, ellos no lo veían, contenía todo lo necesario para rebrotar, crecer, dar frutos: rico mantillo fue y es para mí el exilio. Y en vez de gusano siempre he sido o gusano de seda o lombriz de tierra, ésa que airea, que ventila los campos.

La otra cara, cruz, de la moneda, es que el exiliado cubano, del que formo sin duda parte, ha estado perseguido desde 1960 hasta, yo diría, hace poco, por una izquierda festiva y una descarriada derecha, “ensangüichándolo” entre una espada (la derecha) y una pared (la falsa izquierda) que lo obligó a vivir en la mayor intemperie. O sea, al no tener país, me quedé, nos quedamos verdaderamente solos: y esa soledad tenía serias consecuencias. Ejemplo: ver a poetas, o mejor dizque poetas de la Isla, recibir todo tipo de prebendas e invitaciones, viajes, dineros, sueldos, mientras que los exiliados, dicho en cubano, “nos comíamos un cable” (el hierro es indigesto). Así, al no tener país, al enseñar en una Universidad liberal que no destinaba fondos a sus profesores para viajes o participación en encuentros, en simposios, donde un poeta, o un creador podía compartir, me vi en la tesitura de que lograr cualquier ventaja, al nivel que estoy planteando, venía con exclusividad del propio trabajo, que en mi caso ya estaba de antemano “viciado” por a) ser obra de un “gusano” (más adelante se nos llamó “escoria” y ahora “cubanos en el exterior”: qué exterior, el exterior de qué). Y b) y ser una poesía densa, barroca o neobarroca, difícil, elitista, no hecha para las muchedumbres sino para pocos; y tener que someterme a la idea o papel de ser poeta de (entre) poetas, límite que se establece desde una ignorancia lectora, desde una pereza intelectual.

Remato la pregunta diciendo que no concibo exilio más universal ni mayor que la Muerte (morir es exiliarse para siempre: en un exilio sin ubicación): rebasa, creo todo exilio o insilio personal, histórico, es el exilio ahistórico, dejadez quizás de Dios ante las criaturas.

LB –¿Dónde se ubica su obra poética en el presente del género escrito en español?

JK -¿Se ubica? No estoy seguro de que tenga particular ubicación. Primero, porque está en proceso, y lo estará hasta que me muera, de modo que, en caso de que se le pueda dar una ubicación, habrá que esperar. Y segundo, porque francamente no creo en el concepto de obra para el trabajo que hago: me parece mayestático, excesivo, ese concepto, a menos que se vea en sentido escatológico, como lo ven los mexicanos, que para defecar dicen entre otras cosas, obrar. En Cuba el término popular, que me parece magnífico, es corregir. Luego obra en latín, opus, me hace sonreír ya que me recuerda el o la pus (Oh pus) que me resulta por tanto, conjugado con lo antes dicho, un mejor modo de percibir el concepto de obra, que no me gusta para nada por prepotente y sobrado. Si se suman los módulos mexicano y cubano al del pus, prefiero ver lo que hago como trabajo artesanal, labor de amanuense, caligrafía (a la japonesa) más o menos lograda, y un modo de estar en la existencia que no privilegia nada, que no deriva en obra, que no es necesario ubicar. Demasiado cercano eso de ubicar a lo ubicuo: y sabemos que el endiosamiento del poeta, a partir del Romanticismo, ha sido otro aspecto de la fatalidad y la desmesura. Por último, no tengo claro lo de género en lo que hago: se ha dicho que hago versículos, que corro el peligro de hacer poesía demasiado cercana a la prosa, y de ser así, me sentiría contento, ya que prefiero en lugar de barreras y compartimentos estancos, estados fronterizos: me gusta más la periferia que lo central, el campo (al que no se le pueden poner puertas) que la Gran Ciudad, la tierra empapada y vigilada o cuidada por el Espantapájaros que el cemento o el hormigón y lo prefabricado. En suma, en última instancia, y dado que no soy ni teórico ni académico, lo mejor es dejar esa ubicación de esa supuesta obra al crítico y al estudioso, caso de que en mi caso se llegue a esa coyuntura más adelante, y haya quien o quienes pueda dedicarle un tiempo a la destartalada huella que mi trabajo deje, y decida que merece ubicación.

LB –¿Qué influencia de otros autores advierte en su poesía, cómo actuaron estos en ella?

JK -Dos momentos: en mis comienzos puedo reconocer influencias, tal vez las principales sean Lorca (el de Poeta en Nueva York), Parra por un cierto tono, y Vallejo por un cierto tono y ciertos materiales. Todo poeta sabe qué lo influye en un momento dado, y su trabajo consiste en deshacerse de esas influencias hasta encontrar la propia voz, su tono, sus estructuras, sus materiales de trabajo.

En mi caso, todo se fue decantando de un modo curioso; escribía poemas a medida que leía, leer y escribir se convirtieron en un solo espacio y amalgama, indistinto y nada fácil de separar en sus contenidos: leía, soltaba el libro que leía, y de repente, “sin comerla ni beberla” hacía (subrayo el verbo hacer) un poema. Poema, por así decir, influido por lo que en ese momento leía, lectura que me brindaba o bien una imagen, una palabra o grupo de palabras, un párrafo, una anécdota o parte de la misma: eso era la “inspiración”. El poema, incoado, comenzaba a moverse, a constituirse como autonomía, hecho real y cotidiano, no sagrado ni sangrante, sin mayor angustia o padecimiento, poco problemático pese a lo problemático que plantea una y otra vez mi poesía: lo que desaparecía por completo era el autor del libro que leía, imperando el material que componía el libro que estaba leyendo.

No ha sido, por supuesto, éste mi único modo de hacer poemas, ni su único manadero: por otros caminos, cada vez más enrevesados y múltiples, se fueron suscitando, y hasta tal punto que he llegado a abrir un libro dado, poner el dedo en una palabra, mirarla y empezar a hacer un poema tras anotar en mi cuaderno (escribo a mano; corrijo en computadora) dicha palabra.

Resumo: pasada esa primera etapa de influencias concretas, puedo decir que de ahí en adelante me han influido todos y cada uno de los autores que he leído, todas y cada una de las experiencias que he vivido, los mil y un estados de ánimo cotidianos que me siguen y a veces me persiguen. Permítaseme un ejemplo: ayer vi por quinta vez Kagemusha, de Kurosawa, y en un punto dado la cámara, de soslayo, enfoca una puerta entreabierta, y una voz en off indica que la habitación en parte visible es el cuarto de sutras, el cuarto de plegarias del shogún. A la noche, no sé cómo ni por qué ni para qué (no es asunto mío) surge un poema que arranca de esa imagen, y claro de mi interés cada vez más real y hondo en el budismo, y en el mundo oriental en cuanto historia, modo de vida, literatura, práctica, poesía. Poema que se podrá leer al final de esta entrevista.

LB –Es usted uno de los poetas en lengua española de obra más prolífica, con 76 libros publicados. De ese gran caudal, ¿cuáles son sus preferidos y por qué causa?

JK -Mi libro primerizo, Este judío de números y letras, me sigue atrayendo por su fuerza joven y su cuidadosa factura a la hora de evitar falsos refinamientos, biografía excesiva o, sobre todo, sentimentalismo retórico: esa retórica a la que están tan abocadas las poéticas de tantos poetas en todas las lenguas y épocas del mundo. Admiro a un Góngora, a un Lezama, a un Pound o un Eliot, a un Celan, a un Ashbery, un Eduardo Espina o un Leminski, por la casi total ausencia de caídas sensibleras, que es lo que más exijo (me exijo) en un poeta.

Carece de causa es un libro escrito en trance y desde una intensidad de la que hoy en día me siento incapaz. Tuvo su momento y ahí está: duro, referencial, complejo, denso, difícil de definir, exigente, un lector que se adentre en su maraña tendría que dedicarle muchas horas de lectura y reflexión, alejamiento e inmersión, si quiere reconocer su multiplicidad de sentidos, más allá de lo anecdótico y personal. Libro para mí ya de madurez, donde lo que prima y canta es lenguaje, el lenguaje.

Ánima, porque ahí lo antes dicho se suaviza, y el material con que se trabaja y se elaboran sus sesenta textos, sin perder vigor (creo) gana en espiritualidad: textos más sencillos, pese a su complejidad; estructuras menos variables, libro que como todos los míos se hizo a sí mismo, salió como salió, poema a poema, parte de una serie titulada Ánima, que en un momento se juntó, se convirtió en libro, sumó aún otros poemas como parte de esa serie y con el mismo título (puedo tener más de 300 poemas en mis carpetas titulados Ánima) y se esfumó.

Podría añadir un libro brevísimo, casi plaqueta, que titulé Suite Guadalupe y que contiene siete poemas aparecidos en Chile (Editorial Intemperie) en una primera edición y recientemente en una edición bilingüe (español/portugués) en Brasil (con gráfica hermosa del pintor cubano Baruj Salinas) Editorial Lumme, Sao Paulo. Los poemas “narran” un día en la vida de una pareja, Guadalupe y JK, siete momentos del día de dicha pareja, forjando una emoción amorosa, erótica, de íntima igualdad, donde cada miembro de la pareja es quien es y es el otro, sin el menor desgarramiento y desde una tranquilidad que permite existir en espacios separados que bailotean juntándose y alejándose, dentro de un marco de felicidad conyugal que a mí me ha tocado recibir y que agradezco.

LB –¿En qué proyecto literario está trabajando actualmente?

JK -Años de escritura y jamás me planteé la realización de un proyecto. Hago poemas, y todos esos poemas son un cúmulo que de constituir algo, ese algo sería un libro único que recoja toda la poesía escrita por un tipo (¿yo?) entre la segunda mitad del siglo XX y parte primera del XXI en lengua española.

No he proyectado ni proyecto nada: mi trabajo ha sido y es algo orgánico, cada vez más natural y menos interesado en un objetivo o serie de objetivos, me he ido alejando de todo, y cada vez me interesan menos cosas: mi mujer, mis hijas (la familia inmediata y sus inmediateces) la hora de almuerzo (un privilegio dada la amorosa capacidad de inventar comidas y suculentos platos, por cierto baratos, de Guadalupe), leer libros a mansalva y sin mucho orden ni concierto, hacer poemas a medida que se suscitan, y saber que en cuanto dejen de suscitarse no pasa nada.

No sé de haberme planteado uno solo de los miles de poemas que he escrito: en mí lo prolífico es circunstancial, una organización propia, y no un proyecto ni un lamento ni una necesidad: si escribo escribo y si no escribiera no escribiría. Los poemas que hago surgen de repente, tienen su manera de desarrollarse, lo único que hago es concentrarme y oír lo que me pide, no me exige demasiado ni yo le exigo mucho, nos entendemos y acompañamos, y al terminar la escritura de un texto, y al día siguiente su corrección, él se va por su lado y yo por el mío. Todo esto participa de una entrega, una devoción, una intensidad, pero no es a grandes rasgos nada del otro mundo, no propone nada ni nada se propone, se trata de una manera de vivir, la que me tocó y concebí concibiéndome y concibiéndose, apenas dándome cuenta de lo que hacía y adónde me llevaba todo esto. Tuve la astucia o buena fortuna de organizar mi vida para poder escribir y leer, tuve la suerte de una compañera que desde el primer día no sólo me acompañó sino que me permitió una continuidad relativamente tranquila, sin que mediaran ni un más ni un menos. A resultas de todo lo cual he vivido con poco, desde una frugalidad y una necesidad de vida interior que entre fantasías, ilusiones y realizaciones me ha (nos ha) permitido lo que en sentido confuciano podría considerar una vida correcta, una vida en la que uno rectifica las palabras para sostener una existencia lo más ética, estética y práctica posible.

UNA LECCIÓN DE HISTORIA NATURAL

Divide el Recinto de Meditación en tres partes:

a la izquierda sala de

recitación del Sutra

del Diamante, en

el tokonoma un

pedrusco que semeja

la montaña de granito

en representación

(yama) de lo inamovible:

a la derecha sala de

recitación del Sutra

del Loto, en el

tokonoma un arreglo

floral a base de helecho

corriente (lengua de

ciervo) en diagonal

una cala; y en el

centro, sala de

recitación del Sutra

del Corazón, nada

en el tokonoma

(sunyata).

El poderoso shogun (1540) que inició la

unificación del Reino

divide sus horas en

tres momentos: a la

mañana, alerta y tras

un sueño reparador

organiza sus matanzas;

a la tarde conversa

con su camarilla de

intelectuales, séquito

que lo rodea día y

noche, espada (katana)

envainada, ideas claras

y mesuradas para las

desmesuras del shogun:

hablan de poesía,

literatura actual,

finanzas (matar es

costoso) Buda y los

sutras, respiros en

la ardua actividad

del día en un shogun

de la estirpe del

mandamás; a la

noche se entrega

a la concubina

de turno, sufre

la ignominia de

su desgarbada

(flácida) desnudez,

cuerpo enhiesto

como partesana o

alabarda en uno

de los rostros

(picado de viruela)

más feos del Reino:

patea el suelo,

golpea las gruesas

esteras, las maderas

de las paredes del

cuarto cada vez

que se monta a la

concubina y constata.

La unificación del Reino, el Recinto de Meditación

rebosa quietud, los

súbditos veneran qué

remedio al prodigioso

shogun, las concubinas

guardan un respetuoso

silencio durante la

noche y durante las

veces (dos o tres)

que se intenta coito

con penetración:

desvelado, antes

de alcanzar el fondo

del sueño reparador

celebra el shogun

al pie de Buda la

pacificación del

Reino, el sosiego

de la transmisión

de las palabras del

Iluminado (hilo

imparcial que reúne

y estabiliza deponiendo

lo superfluo) y la

intangible infructuosidad

de su órgano sexual

(mortal) que, así las

cosas del mundo, le

permitió concentrarse

en la pacificación del

Reino, recitar tres

veces al día los

sutras, y hablar

con sus súbditos

favoritos de poesía

y literatura (en

particular la del

período Heian):

silenciar en sí el

silencio de las

concubinas (no

tuvo ni que

amenazarlas) la

Historia jamás

divulgará por falta

de pruebas la

impotencia sexual

del shogún más

poderoso de aquel

Reino, Ieyasu

supremo y portentoso.

© All rights reserved Luis Benítez

Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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