CÁNDIDA. Autoría y dirección Anna Tamayo. Sala Fénix. Barcelona

Autoría y dirección escénica: Anna Tamayo. Reparto Anna Tamayo y Joange. Música. Joange. Fotografía. Josep Tobella

 

Un monólogo de una hora sobre el coño… así como suena

 

Sobres sus diferentes acepciones y vocablos en la literatura de un domicilio. De cómo pasa a la voz popular el término transformado según los deseos de quien lo nombra bajo el tono de la denigración hacia la mujer: chucha, el bollo, la cajeta, una raja, la concha, tu jaula… O desde la melosidad de una planta o una fruta para sensualizarlo: mi higo, panocha, breva, perrús o maduxeta (fresita) en catalán. Para ser más precisos, un diálogo sobre la picazón del mismo y su autora que lo sufrió en propia carne mientras habla del término cándidas como un enfermedad genital para contarnos su vida en directo. Una obra donde la sequedad y lo rojizo de la vulva, le permite al espectador sensibilizarse sobre el qué y el cómo resuelve una mujer su existencia íntima ante este problema. Desde el humor, hasta el propio drama por no ver una salida a sus demandas.

A subrayar, la escena donde dos facultativos le recomiendan un tratamiento opuesto completamente: “Hágase baños de bicarbonato tres veces por semana. Esto le aliviará la irritación en la vagina”… le dice el doctor más alternativo. “No; ni se le ocurra. Esto va contra todo pronóstico” le contesta el más académico. Una excusa para decirnos mientras pela un montón de cebollas en pleno escenario, su decepción por esta dicotomía. Y a la vez,  el amor por este fruto y la relación con su abuela. Desde la perspectiva de su verdadero guía, el abuelo, nos cuenta el amor dulce de una nieta que lo tiene en un pedestal, por el aporte humano que le da para poder sobrevivir en su día a día.

 

Cándida se ríe de sí misma. De su nombre. Y a la vez, se rebela contra el que piensa que pertenece a su manera de ser. A una supuesta sensibilidad frágil e infantil. Cándida demuestra el dominio de sí a través de su erotismo. Su temperamento. Su esencia cabaretera por momentos …Pero también su dolor por un supuesto abuso sexual de un familiar próximo.

La obra tiene a un secundario de lujo, Joange. Un músico que a través de un violín nos transporta a la lírica poética u onírica cuando lo requiere. O al pavor  -puntuando las cuatro cuerdas de su instrumento- mientras entra en escena la desdicha. Una música que es el tercer protagonista de la pieza. Siempre presente bajo el clasicismo de sus notas.

Anna Tamayo, borda la excelencia interpretativa con el sólo hecho de abandonarse a sí misma. Un personaje, por otra parte, basado en la propia biografía de sus hechos. Un plus que honra su ética como autora-actriz y que, desde la naturalidad interpretativa y su desparpajo, permitió al que escribe: levantarse al final de la obra, aplaudir hasta el desenfreno y darle un abrazo fraternal con un:

 

“Hoy entendí más a la mujer …la mujer que hay en ti”.

 

Recomendación, sin duda, para que cruce el charco del Atlántico y bajo el Festival de Teatro de Miami, o desde el monólogo del Teatro Havanafama se estrene en EE.UU. ER

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