ADVERBIO. Jaime Cabrera González

Amigo: el noticiero de las siete se encargará de decirlo a su manera, así que, si usted quiere, no deje de sintonizarlo. ¿Que no puede? Entonces vea su repetición a las once de la noche. El reportero le dará detalles desde su perspectiva, mientras muestran imágenes de este sitio y luego, el vocero de la policía de Altonia Beach —ese que tiene un bigotico como Little Richard— hará una declaración oficial.

Tampoco crea que dije mucho. Mi intervención fue muy corta, no era que estuviera en Larry King Live; no hay mucho espacio en ese tipo de notas y será mucho más corta cuando aparezca, tal como me advirtió el periodista ya sin engolar la voz. Apenas saldré lo suficiente para que mi mujer se alegre de verme en pantalla, como es natural, ¿no?; ella es una fanática de la TV, ya llamó a sus amigas para que me vean y a su país para que su mamá se entere y cuadró el VCR para grabarlo.

Pero si usted dice que tiene tiempo, lo pongo al tanto, al fin y al cabo es más la gente que mira, que pasa, que la que entra a comprar (aquí entre nos le cuento porque conozco a la gente, fui policía y veo que usted no tiene cara de five oh y además me fijé que su auto no es un whig, aunque le juro que cuando entró pensé que era el mismísimo Che Guevara que había resucitado y me persigné, ¡alabao!… ¿Cómo dice? Ah, bueno, bueno, maestro… que este sitio según dicen —a mí no me consta y si usted asegura que lo dije, lo negaré— es un lavadero de un pez gordo que pasa por experto en inversiones y diversiones, por eso poco importan las pérdidas).

Pero volviendo al cuento de lo que pasó, le juro que el hombre tenía una cara que era lo más parecido a lo que me imagino es el término “adverbio”. No, no, el periodista… el otro. No sé, era como si al tipo le sobrara algo, como si le faltara algo. Una cara incómoda, mal hecha y peor distribuida, que necesitaba una afeitada urgente.

Usted sabe, uno se acostumbra a rasurarse a través de los años, se vuelve una actividad mecánica y esos rostros en que empieza a despuntar el pelo como que dan piquiña, mi mujer dice que raspan… A menos de que sea la barba de tres días del detective Sonny Crockett, el de aquella serie… ¿Se acuerda?

Mire, yo tengo que afeitarme ante un espejo y a este hombre como que le pasaba lo mismo. A veces me quedo mirando a los pocos hombres que entran a esta tienda y especulo cómo se afeitaron, si fue al tacto o si se estaban mirando en un espejo; con máquina eléctrica, cuchilla o navaja. Eso distingue a uno de otros. Claro que los hay como usted… ¿Cómo dice?

No, no creo que se tratara de un mendigo, aunque en su cuerpo se resumía la resaca de este verano. Había en cada uno de sus movimientos cierto cansancio sucio. Hastío, es la palabra. Dejadez, dice mi mujer. Era como aquel que ha renunciado a la camisa blanca almidonada, el cuello y los puños duros, la corbata negra, el pantalón planchado, los zapatos lustrosos y el gran vaso de cartón con café con que caminan por aquí algunos ejecutivos de bancos y corporaciones. O los que vienen al Convention Center a congresos y seminarios.

Sus pasos eran los de esa pereza que se añeja en los animales flacos y mal amaestrados de circo pobre, ¿usted los ha visto? Eran los pasos por Lincoln Road de los últimos tiempos de Rosie la elefanta que usaba en sus promociones publicitarias Carl Fisher. Había mucho de renuncia cuando apareció por aquí en las primeras horas de la mañana que es cuando a nuestra vitrina no se asoman ni los turistas.

Desde este puesto, desde este interior en donde estoy designado a la caja, pero también a mirar por los espejos quiénes entran y quiénes salen y los que quieren irse sin pagar, su figura no era más que un reflejo verde que se detenía en la parte pintada de la vitrina, esa que han cubierto para que el sol no entre con tanta intensidad. Desde donde yo podía verlo, pero él a mí no.

Noté que Adverbio, como se me ocurrió pensar en él, se miraba en el vidrio con una mano abierta que se pasaba por el cuello con esa misma confianza con que uno se mira en la privacidad del espejo del baño sin llegar a notar que la mujer lee una revista sentada en la taza.

¿Se da cuenta? Es como si se estuviera solo con uno mismo dos veces. Y esa imagen se va encargando, como pasaba con él, en ir buscando su mejor ángulo, ese que precisa una navaja que esté bien afilada para cerrar un capítulo molesto de pelos que se asoman y pelitos dispersos que aparecieron en la noche y que sólo tu mujer nota a la hora de hacer el amor porque la raspan.

Ahí lo vi como si fuera yo en el baño, comprobando cada gesto como si hubiera encontrado del otro lado un hermano gemelo. Aprobando la respuesta tácita que recibía de esa presencia de la otra orilla, ese otro tiempo, usted sabe, en que aparecía encerrado, plano y limitado por el color verde de la superficie.

Se ha propuesto, pensé, como suele ocurrirme a mí, ¿no le ha pasado a usted?, bueno, con esa barba no creo que haya jugado mucho con la imagen del espejo. Se trata de lograr atrapar el instante de la equivocación, el fallo en el sincronismo que reproduce nuestra doble fealdad, como me pasa con los adverbios, en especial, los terminados en mente. Y vea, eso no es que sea una idea original mía, sino que desde que lo leí el otro día no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. Cosas que pasan cuando no hay mucho trabajo.

Sí, le decía que ahí enfrente se tiene a ese otro tú, y todos los que has sido, que te mira desde su lejanía y te ves, verte.

¿Me sigue, usted? Pues abrió la boca, dejó escapar un vaho que lo opacó y esperó algunos segundos para verse aparecer detrás del vago mapa en un lento clarear de la humedad, en el nacer de una nueva figura por armar, pero que continúa siendo la suya, la misma de siempre a pesar de no ser el mismo.

Sus ojos debían de traslucir los temores de sus sueños pasados, fríos. Las mil y una noches de amanecidas sin una contadora que le alargara el cuento como suele suceder con mi mujer que ahora está con la llamadera de que si salí peinado en la TV, que si tenía el cuello compuesto, que si sonreí que mi sonrisa era muy sexy y esas cosas que se dicen para embolatar los días sin acordarse de la angustia y los billes.

Sus dientes, por el contrario, tenían el sarro que coloreaba con su amarillez la deserción a la limpieza (le aclaro, eso lo vi después). Sólo se aferraba a la afeitada diaria.

A leguas se notaba su soledad, no tenía que hablar conmigo para que lo supiera.  Ya usted sabe, no era la soledad del que espera, sino la de la desesperanza, atrapada por paradoja y mire que no digo paradójicamente, en un espejo verde esperanza.

Quizás hasta que llegó a mirarse no debió de sentirse más que otro de los que andan sin sombra en esta playa, pero al verse ahí, supo que su irrealidad era tan real como ese olor que llega a las diez de la mañana desde la esquina de la pizzería, como ese hombre de aquí al lado que se le da por sacar la alfombras floreadas al sol, como esa muchacha de enfrente que ordena las mesas y las sillas, como yo que lo miraba desde este puesto del almacén sin decirle nada, pero dispuesto a no perderlo de vista si intentaba entrar. Su descuido era una advertencia para la confianza. ¿Qué más me quedaba?

Su soledad frente a ese espejo se fue volviendo algo tocable, denso, una mueca que lo hizo más grotesco aún. Era el hombre abominable de la película de anoche. El fantasma enjaulado en su propio cuerpo. Un sueño ácido. Y en su andar de muerto que intenta apagar la alarma del despertador de dígitos luminosos que ya alguien ha apagado en la mesita de noche de su vida, no se daba cuenta de que ya la navaja no podría hacer otro milagro.

La mano derecha sobre la cara, la mano izquierda del espejo. La mejilla que se estira al paso del filo y la boca que se tuerce. La nariz de este lado y del otro: criminal, peluda, bastarda. Ahí, sabe usted, uno descubre que tiene más pelos que lo que cree: matas en las cejas, arañas en la punta de la nariz, maleza en las orejas; el bigote, el lunar, la barba, la nuez; bajo los dedos se siente el recorrido del ahogo peludo, piloso, las marabundas que crecen y se reproducen y no mueren… avanzan. Son cosas que no le contaría al reportero que vino a preguntarme que qué había visto yo. Que me escogió a mí…

Vi la navaja que cortaba el aire en cebollas llevándose de tajo el prestigio de un hombre que se afeita en la vía pública un lunes a las 11 de la mañana en el Memorial Day. En la parte que me correspondía como cara oscura del espejo, las manos que no vacilaron, que actuaron con total libertad y espontaneidad, con esa misma práctica cotidiana con que uno se rasca las entrepiernas antes de echarse a la ducha y la mujer no lo mira, no porque lo conozca desnudo y haya perdido el interés, sino porque está concentrada en otra cosa mientras se seca, y de repente te encuentras las pelotas y sabes que estás vivo, ¡vivo coño!, bajo el cielo raso de una casa aún por pagar, pero vivo, con un carro con una cuota caída, pero vivo, con los hijos (que no son tuyos) en una escuela pública peligrosa, pero vivo, expuesto a huracanes y otros males, pero vivo, con cuentas por pagar a FPL, a Bellsouth, a Gas People, a Cable Vision, pero vivo… cuando de pronto, sin aviso, salta la imagen Pink Floyd, aquella que no he podido olvidar y que el reportero me pide que lo diga de otra forma, que esto es periodismo, que hay que editar y ya no me importa y digo lo que digo.

Sólo recuerdo, me comprende, el surtidor que pringa con un líquido viscoso el cuello del dios destructor, la mano del ángel que pasa y regresa y el reflejo del coágulo sobre el vidrio verde visto desde detrás. Y ahí el corte final, discotequero, que coincide con la música de esta tienda, el golpe y la caída en silencio, en cámara lenta, como si estuviera viendo una película en la tele y sólo a mí se me ocurre pensar que tenía una cara de adverbio que, ¿qué…? No, no se preocupe, son nueve treinta y cinco más el tax. Ah, vea el noticiero de las once, solo saldré diciendo que no lo conocía, que yo no conocía a ese hombre.

 

© All rights reserved Jaime Cabrera González

Jaime Cabrera González es un escritor y periodista nacido en Barranquilla (Colombia). Radicado en Miami Beach desde hace 25 años. Autor de Miss Blues 104º F, Textos sueltos bajo palabra y Como si nada pasara. Sus textos aparecen en las antologías de ficción: 20 narradores colombianos en USA, Cuentos sin cuenta, Antología del cuento caribeño, Cuentos cortos del Diario El Tiempo, Cita de seis-Letras en la Diáspora y Veinticinco cuentos barranquilleros, entre otras. Y en las de no ficción: Miami [Un]plugged, Gabito nuestro de cada día y Cronistas del Caribe colombiano. Así como en páginas electrónicas, revistas y suplementos literarios. Ganador de concursos de cuento en Colombia y otros países. Finalista del “Letras de Oro” de la Universidad de Miami. Desde hace tres años dirige el Taller de Escritura Creativa de la Miami Beach Regional Library.

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