REFLEXIONES EN TORNO A UNA ARAÑA Y LA ESCRITURA (Y OTROS TEXTOS). Ernesto G.

Reflexiones en torno a una araña y la escritura

Salgo al patio. La mañana es fría. Observo a una araña asegurar a su presa de anoche. Un insecto apenas reconocible. Pienso que debo escribir, que hace días no lo hago. He estado leyendo mucho, escuchando a otros, no sé dónde está mi voz entre tantas voces. Decido sentarme frente al ordenador. Vaya palabra. ¿Ordenar qué si todo es caos? ¿Computadora? Peor.  Nada de cálculos. Una voz me dice muy bajito: ¿no es escribir una operación matemática? ¿A más B es igual a C? Pienso en la araña que asegura su presa de anoche en la mañana fría. No hay presa segura aunque la telaraña insista en hacernos creer lo contrario.

 

Las olas

Un señor hace un comentario que no entiendo: comenta sobre mi relato, ¿por qué no entiendo? He de entender. Me pongo a divagar, a pensar en ciertos atardeceres en los que me iba al mar a tratar de entender las olas. Tamaña torpeza eso de tratar de descifrar lo indescifrable.  Pasaba horas en la playa, subido a un árbol, y observaba a las olas desde muy lejos pero con mucha atención. Me decía: Aquí ha de haber algo, no puede ser una existencia caprichosa, debo entender el mensaje de las olas. Estudiaba entonces la frecuencia, la velocidad, la altura, creaba fórmulas matemáticas, dividía la altura por la frecuencia, multiplicaba la velocidad por el número de olas, cálculos todos estériles que no me llevaban a ningún sitio, que no me suministraban la cantidad de datos suficientes que me permitieran romper el extraño y misterioso código que se escondía en esas bailarinas de sal. He aquí algo interesante: mientras estudiaba a las olas, empecé a crearles nombres disímiles: las llamaba abrazos oceánicos, acariciadoras de la arena, suicidas danzantes… como si al cambiarles el nombre pudiera de algún modo entenderlas mejor. Hubo momentos en que me parecía que llegaría más rápido a su esencia de este modo que a través de mis observaciones y atrevidas fórmulas matemáticas. Pero fue en vano. Cada nombre que inventaba me alejaba cada vez más de mi objetivo. Finalmente un día me bajé del árbol y caminé hasta la playa. Me quité los zapatos y me eché en la arena. De pronto sentí que mis pies cansados recibían las caricias y los abrazos de las olas, esas bailarinas de sal que se habían suicidado ante mí mientras danzaban.

 

El poeta

Seco en su estupor,  mirada gris, metálica, ojos hundidos, boca abierta en busca de un aire distinto pero que apenas halla un eco difuso (antes vinieron todos), el poeta anuncia que se ha perdido y no en un laberinto, es la tierra pero no la baldía, es la peste pero es benigna, ¿qué ha de hacer?, busca en su lado indiscreto una codorniz que lo salve (él es un pájaro horrible, un murciélago incoloro, salta como una lombriz con alas.) Escribe en el barro el nombre de una sombra: se sabe dueño de una presencia, de un eco (no ser voz lo ha tornado eco: su camisita recién planchada lo exprime, su huesos crujen, suelta un gritico suave, dama perseguida por un templario templante.) Abre los párpados a la luz. Escena: el poeta, el desierto, el sol, la hidrocarencia. Seco en su estupor, el hidrocarente se desmaya, cae en los brazos del templario, abre la boca, emite un verso benigno, oh pájaro acromático, intranscendente cosita de nada, mirada gris, ojos perdidos en la tierra de todos, tantos ecos, infinitos ecos de una voz difusa, mutilada, agreste, histérica, inflamada. El poeta, seco en su estupor, confunde la arena con agua y salta, lombriz alada, hacia el fin de los tiempos (algunos le llaman el comienzo de la nada: es decir, la inauguración de lo que ya estuvo inaugurado por los siglos de los siglos.)

 

Leyendo a Fernando Vallejo

Salgo al patio y me pongo a leer un libro de Fernando Vallejo. Una extraña mariposa llega a molestarme. Da vueltas y vueltas tratando de llamar mi atención. Busco la cámara. Le tomo una foto. Por fin se marcha. De pronto un pájaro hace unos ruidos vulgares, pienso que es un ave enorme. Pero no, es una cosa diminuta. ¿Cómo es posible que un pájaro tan insignificante pueda hacer tanta bulla? Regreso al libro, FV habla de la desaparición de un pueblo bajo el peso de una montaña. Ahora una abeja se acerca peligrosamente a mí. Está muy confundida. En algún sitio leí que las picadas de las abejas ayudan con los dolores de la artritis, pero yo no padezco de artritis. La abeja se va. Yo me quedo. Tomo mate. ¿Se pondrá viejo el mate? No sabe igual que hace un par de meses. Hoy no tomo vino. O quizás sí. O quizás no. Vallejo, qué clase de hijo de puta. El don de la vida, Alfaguara. ISBN: 978-607-11-0439-7. Tenía un amigo que siempre jugaba los números del ISBN de su primer libro. “Ese cabrón no me hizo rico, pero estos números sí.” Hablaba del libro como si fuera una persona. Historias fascinantes de la vida real, decía en la contraportada. ¿O era “historias reales de la vida fascinante”? Ya no lo tengo. Un día se rompió el tanque del toilet y se inundó toda la casa. Encontré el libro flotando. Estaba hinchado por la humedad. Parecía un libraco de quinientas páginas cuando era en realidad no pasaba de las cien. Era como si el agua hubiera agregado más historias. Una reedición hecha por las aguas albañales. Porque ahí había de todo, no sólo el agua limpia que estaba en el tanque. Lo tuve que echar a la basura. No sé si mi amigo se habrá ganado la lotería. Lo único que sé es que no ha vuelto a escribir. Acabo de abrir una botella de vino.

 

Ernesto GonzálezErnesto G. La Habana, Cuba, 1967. Poeta, narrador, videasta y blogger. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de la Habana. Primera mención (Poesía) en el Concurso “13 de Marzo” (1987). Codirector de revista de arte y literatura Conexos y director de iSawFinger Productions. Editor del blogwww.losrelatosdemauricesparks.com. La serie Bolígrafos pertenece a su libro Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011). Reside en Miami.

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