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Puede 2017

POESÍA Y DESENCANTO. Ismaël Diadié Haidara

 

¿y para qué poetas en tiempos de penuria?

Hölderlin

 

1

 

El tiempo occidental se ha hecho deshaciendo tiempos. El tiempo griego aboga en Homero y el cante de los dioses y de los héroes. Los dioses han muerto después la tremenda risa de Aristofanes que recordará Luciano de Samosata cuando en sus últimos suspiros aquellos dioses intentaron dar en Roma un último coletazo. Sobre el polvo de los dioses paganos nació el Dios único. Su gloria ha de buscarse en Dante y su Divina comedia. El infierno, el purgatorio y el paraíso encubren todos los temores y los anhelos de una época que no pudo soportar la risa postrera de Rabelais y Cervantes, venían bajo el cielo como premisa de las carcajadas  de  El  Bosco.  Aquel  Dios,  entra  en  su  crepúsculo  con  la  risa  hiriente  de Nietzsche.  Lo  dice  soñando  el  superhombre,  “Dios  ha  muerto”.  El  hombre  se  ha apresurado a enterrarlo sin preguntarse si quien muere no era él. Se hizo con el lugar de lo divino con Walt Witman y una literatura de la soberbia en el que espera su metamorfosis en superhombre, poniendo los sueños de la razón delante de todo, olvidando que los sueños de la razón producen monstruos, y produjeron monstruos. El hombre se ha hecho meta y única norma del universo. Ha muerto dijo Foucault, ha muerto entre Auschwitz y los Archipiélagos del Gulag. Después de los tiempos de la muerte de los dioses de Maurice, de la muerte de Dios de Nietzsche y de la del hombre de Foucault, sólo queda, un tiempo frío de desencanto, un tiempo de abatimiento en los que el porvenir ya no canta y hace tan necesario vivir al abrigo del frío.

 

2

 

Fukuyama anuncia el fin de la historia. Con la caída del muro de Berlín y del mundo comunista, la historia deja de ser como thimos, reconocimiento. Se explica: ”El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas”. El pensamiento único domina el mundo y el imperio de la economía se impone para mucho tiempo. Pero antes de esta constatación, Freud ya ha hablado del malestar en la civilización y Oswald Spengler, de la decadencia de occidente. Lo que unos y otros no dicen, es que el malestar en la civilización, la decadencia de la última gran civilización de esta maltrecha tierra es una despoetización del universo. El hombre cae en el retrotraerse de lo poético para dejar paso a un mundo unívoco, un mundo de discurso unidimensional que la diversidad que hace la belleza del arco iris aterroriza. El hombre ha perdido el sentido poético del mundo dando paso a una cotidianidad pragmática en la que cada cosa tiene una etiqueta, un precio al que se reduce. Los hombres viven para el trabajo, el salario y el consumo. Están enjaulados y no saben por donde salir. Han dejado un tiempo teológico-político con sus inquisidores y sus brujas para otro dominado por la economía. Todo tiene precio, todo se compra y se vende y el único sentido dado a las vidas es la económica. El valor de la tierra, de las vidas y del cielo se lee desde la bolsa y todo lo no cotizable es una no existencia. El nuevo siervo no tiene cadenas, tiene sueños fabricados por la publicidad, piensa con ellas, desea lo pensado que le impone el discurso imperante y vive para sus deseos. No tiene ninguna espiritualidad

 

capaz de elevarle más allá del circulo de la acción predeterminada que va del pensar al desear y del desear a la voluntad de conseguir lo deseado. Una vez conseguido, se da cuenta que el objeto anhelado no le da la felicidad. Vuelve a tener nuevas ideas, deseos, voluntad de consecución y nuevos objetos desesperantes. Mientras, no ve salida en lo político, está dominado por la economía y nos ha dejado en menos de un siglo los campos de exterminios de Auschwitz y la bomba atómica de Hiroshima, ya no encierra ninguna esperanza y el estado-providencia tiene su epitafio puesto; la economía se reduce a un progreso ciego de acumulaciones de riquezas sin ninguna razón, deja en herencia una imperante catástrofe ecológica; la cultura se reduce a lo consumible, no es el arco iris de los pueblos capaces de enriquecerse mutuamente con sus diferencias, una nueva torre de Babel se edifica no con una lengua, sino, con un sólo lenguaje, el de las ganancias y de las pérdidas. En verdad, lo único que el hombre ha ganado es el desencanto. El hombre ha muerto para el hombre, ya no vive en un sentido global y encantado como en el espacio de los Inca, los Nambikwara, los Bosquimanos, los Songhay o el Lapones cuyos mitos y leyendas construyen un universo que da sentido a la existencia del pájaro y su cante, la nieve que cae o la luna reflejada en el agua del estanque. Un mundo en el que la nieve es nieve no una pista, el almendro es de flores no solo de kilos de una fruta y un hombre una alma poética del mundo capaz de metamorfosearse con las estaciones, el cielo y la tierra y no un asalariado que muere en un asilo de ancianos. Existir es estar en un sentido del mundo y hoy en día, el mundo está desencantado. Cada uno tiene un precio pero pierde el aprecio, un valor pero sin identidad. Estamos en el tiempo del mirar y tirar en la pintura de una época en que todo es arte es decir que el arte no es nada en concreto, sólo vale lo que el mercado soberano designa de su dedo divino como arte cotizable. La música después de Schoenberg y Oliver Messiaen sigue siendo música pero a pesar del mercado y de sus valores,  cualquiera  cacofonía  no  es  música.  Lo  mismo  se  puede  decir  de  la  poesía, cualquier poema de usar y tirar, elevado a los limbos del consumo por la prensa, los premios y las grandes superficies no hace la poesía ni el poeta, solo da por un momento una figura  y  sus  textos  para un  tiempo  de  amor líquido  en  que, como  dijo  el  polaco Zigmunt Bauman, “todas las ideas de felicidad acaban en una tienda”. Sólo es poesía lo que se vende, lo que tiene los premios de más valor, lo que pasa de la cima de lo poético al consumo inmediato de las masas enderezadas, condenadas a buscar la felicidad en la compra de  la  vida. Los  pueblos  han dejado  de  existir, son  masas, números, sin más. Perdido como ser capaz de metamorfosis poético, se busca, busca cualquier sentido.

 

Nuestro tiempo habita en tinieblas, separado de todo lo que es divino

 

Así hablaba Hölderlin.

 

3

 

Decía también el poeta de Tubingen:

 

“Donde impera el peligro

crece también lo que nos salva”.

 

La poesía es todo lo que nos queda cuando hemos perdido todo. Heidegger que uno no cita sin cierto mal sabor decía leyendo a Hölderlin en un aniversario de la muerte de Rilke: “El tiempo es de penuria porque le falta el desocultamiento de la esencia del dolor, la muerte y el amor. Es indigente hasta la propia penuria, porque rehuye el ámbito esencial al que pertenecen dolor, muerte y amor. Hay ocultamiento en la medida en que el ámbito de esa

 

pertenencia es el abismo del ser. Pero aún queda el canto, que nombra la tierra. Qué es el propio canto? ¿Cómo puede ser capaz de él un mortal? ¿Desde dónde canta el canto?

¿Hasta dónde penetra en el abismo?”

 

El  poeta  para  ser  está  condenando  a  inventar  el  mundo  y  a  inventarse, salvarse.  Es cómplice de la vida, salva a través de la palabra todo lo que toca. Así toda poesía es una magia menor, la expresión es del divino argentino, Jorge Luis Borges.

 

Hemos perdido la capacidad de escuchar y de nombrar. Todo nos viene dado, definido, limitado y reconocerlo hoy basta. Se pierde la consciencia de las palabras, no se deja ser la realidad de las cosas en su polimorfa forma de darse en el poeta.

 

Sobre los muros de su prisión el poeta es capaz de descubrir que en la profundidad del invierno en su interior hay un verano invencible como dijo Albert Camus quien fue un gran hombre de teatro allí en Argelia y en Francia dónde estuvo en los escenarios con mi profesor de teatro, Philippe Duchez.  Ese verano invencible, es la fuerza moral que a veces hilarante M. Twain echa de menos, encontrando por doquier, la fuerza física de los que aguantan sin risa ni sonrisa el palo del tiempo, sudando con sus infortunios. La fuerza de los poetas es ser esta minoría que nos descubre Camus y Twain. Aguarda el fuego de la vida encendido cuando el mundo se hiele en un eterno invierno.

 

la maldición del hombre desde Babel está en el sueño de reducir la diversidad en lo uno. En lo uno, un poder impone la ley de un sistema, olvida la metamorfosis de lo múltiple y su riqueza vital para encaminar todo en una vía donde solo la muerte reina. Pero el discurso y su sistema unidimensional no bastan. Sólo hay poesía donde ya existe una libertad bajo palabras, Octavio Paz nos lo recuerda. Ninguna realidad es suficiente en sí. Crear poéticamente es obrar a la imagen y semejanza de un dios, decir desde el verbo que el mundo sea y que así se haga un mundo más, con sus encantos, sus gracias y sus desgracias. María Zambrano lo ha entendido, oponiendo el sistema filosófico y la tiranía del concepto a la libertad poética y la volubilidad de la metáfora, su capacidad de metamorfosis. Esa capacidad, es un elogio de la vida, una afirmación de la existencia frente a la orden de los conceptos cuyos mundos son fijos, y solo expresan lo único y su poder de muerte. La poesía es vida y forma de vivir, de estar en el mundo. Al abrigo del frío de Francisco Beltran nos lo enseña con esmero.

 

En Bédar, a 17 de Febrero del año 2017

 

Ismaël Diadié Haidara b. Muhammad b. Abd al-Rahman b. Muhammad Abana b. Alfa

Ibrahim b. Mahmud Kati III bi Kirshamba.

 

Prólogo del poemario AL ABRIGO DEL FRÍO de Francisco Beltrán Sánchez publicado por Editorial Nazari (2017)

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