ME LLAMO LUCY BARTON. Elizabeth Strout. Editorial Duomo Nefelibata. Barcelona 2016. Traducción  Flora Casas

me-llamo-lucyMe llamo Lucy Barton

Elizabeth Strout

Editorial Duomo Nefelibata. Barcelona 2016

Traducción  Flora Casas

209 páginas

 

La fidelidad a un hombre con el que no has intimado es posible. Soy fiel a las recomendaciones literarias del escritor catalán, Sergi Pàmies. Gracias a él, he descubierto a Elisabeth Strout.

Me llamo Lucy Barton, está considerada como “una pequeña obra maestra” y la autora tiene un prestigio reconocido en Estados Unidos y Europa. Consiguió el Pulitzer de ficción con su libro, Olive Kitteridge y otra obra suya, Amy e Isabelle, fue nominada a los premios Orange, Faulkner, y posteriormente se adaptó al cine.

La máxima, “menos es más” podría ser el calificativo perfecto para definir la prosa de esta escritora. La novela me conmovió por la sencillez aparente con la que narra la relación que la protagonista mantiene con su madre en el hospital. Ella está ingresada y los recuerdos de su niñez evocan una infancia plena de carencias materiales y de afecto.

El padre de Lucy, su marido, sus hijas, y la relación con la escritora Sarah Paine,  también forman parte de la trama de la novela aunque la relación con la madre fue la que centró mi interés por la obra.

No pude evitar comparar a Elisabeth Strout con un afinador de pianos; cada tecla emite el sonido adecuado. La autora traduce los sentimientos de la protagonista de una manera directa y clara. La emoción se desnuda de cualquier ardid para no caer en el pozo del sentimentalismo.

No es una novela fácil. El lector necesita paciencia para introducirse en el discurso narrativo de una escritora que siempre está atenta a los hechos cotidianos que acompañan nuestra vida.

Estoy convencida que muchos lectores se identificarán con Lucy porque habrán vivido en carne propia una relación materna en la que la comunicación afectiva estuvo silenciada y el afecto se percibía a través de los detalles del día a día.

La presencia ausente de mi madre me acompañó durante la lectura de la novela. Lucy Barton, despertó recuerdos y emociones enterrados en la fosa de los detalles nimios de nuestra vida en común. Rescaté mi etapa de niña introvertida que leyó sola en el patio y añadí la figura materna mientras me recordaba que no podía hacerlo sin luz ya que me quedaría ciega si así lo hiciese.

Me rebelé contra sus presagios leyendo libros diminutos cuando ella estaba dormida. Mi refugio eran los libros. Los devoraba como si fueran caramelos que jamás se consumían.

El inconsciente siempre nos desarma y gracias a la lectura de Me llamo Lucy Barton he podido reescribir una etapa de mi biografía infantil, recuperando el tesón de mi madre por cuidarme. Su esfuerzo económico para que su hija viera la luz; ella quiso protegerme de la oscuridad y nunca se lo he dicho.

Mi reseña no es más que un ajuste de cuentas con el pasado.

Ángels Martínez

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