EL CORTEJO. Claudio Rynka

El cortejo fúnebre se desplazaba por la ruta poco transitada en las afueras de un pequeño pueblo, cuando el coche que llevaba el ataúd rompió el palier. Era un día pegajoso y húmedo como canto de chicharra y las ventanillas iban bajas. Los autos que le seguían no atinaron a frenar y chocaron la parte de atrás. Estos rápidamente comenzaron a desprender vapor de los radiadores. El féretro se deslizó a través de la ventana que se abrió por el impacto y cayó sobre el asfalto caliente. Los pasajeros y los cocheros que estaban ilesos bajaron de los autos para ayudar en medio de la confusión. No hubo heridos graves, ya que la caravana se movía a poca velocidad, solo leves contusiones. Pero el foco de atención no eran los coches ni las personas envueltas en el accidente, sino el cajón que yacía en el medio de la ruta. La viuda, de estricto negro para que no queden dudas, se olvidó del golpe que sufrió en la cabeza y corrió hasta el ataúd, abalanzándose sobre él. El médico de la familia trató de calmarla. Parientes, amigos y empleados de la cochería discutían los pasos a seguir ante semejante escenario. Las posibilidades de reparar los autos no era una alternativa y el reemplazo de los mismos era tema de discusión, porque para cuando estos arribaran, el cementerio estaría cerrado y no era cuestión de dejar el entierro para mañana.

Desde lejos, el paragolpes plateado y destellante por el sol del interno número uno de la línea de colectivos cuarenta y siete, que viajaba en la misma dirección, formaba un espejo de agua al ras del suelo. Su andar era lento, cuando la viuda parada en medio de la ruta, junto al grupo que había tomado acción, hicieron señas desesperadas. El conductor frenó a pocos metros de distancia y abrió la puerta delantera. La viuda se adelantó y sin subir al colectivo le suplicó llorando con un rosario entre sus manos.

             —¡Por favor señor chofer! Tenga misericordia de nosotros y ayúdenos a continuar con el cortejo!

             —Señora. ¡Por favor! Lo haría con mucho gusto pero llevo pasajeros. —contestó el chofer.

             —¡Dios se lo pagará! Usted es un buen hombre y los pasajeros estoy segura no tendrían ningún problema en que esta pobre viuda llegue a tiempo al cementerio para darle sepultura a su amado esposo. —Esto le decía el medico al conductor mientras los pasajeros se miraban entre sí y asentían con la cabeza en señal de aprobación.

Todos estuvieron de acuerdo y subieron el ataúd. Ahora el colectivo iba lleno. Miembros de la familia, amistades, féretro y pasajeros se mezclaron. La viuda había dejado de llorar pero protestaba por el servicio de la funeraria.

¡Hemos pagado hasta el último centavo en cuotas durante diez años, para que ocurra este desastre! ¡Los voy a denunciar!  —repetía.

El cajón había sido depositado con mucho cuidado en el piso en medio del pasillo entre los asientos. Algunos vecinos del lugar que viajaban en el interno, tomaban fotos, sin disimulo con sus teléfonos. Los niños lloraban imitando al que había comenzado primero. Los padres, nerviosos, trataban de explicar lo inexplicable. Un parroquiano viajaba con un loro que no paraba de parlar y el vendedor ambulante aprovechó la multitud para ofrecer peines y peinetas para la dama y el caballero pero no había ánimo para compras. Un cura que viajaba en ese momento en el interno, le pidió al chofer que parara y ofició una especie de misa. Todos rezaron en coro Padrenuestros y Avemarías por la paz del finado. Los niños se calmaron. Las lágrimas cesaron y el loro dejó de parlar.

De pronto en el profundo silencio se escucharon ruidos haciéndose cada vez más audibles. Las miradas se concentraron en el ataúd sin que nadie pudiese pronunciar palabra. El medico se acercó y pudo corroborar que efectivamente los ruidos llegaban desde el féretro. Ahora lo increíble era real, y lo imprevisto cobraba significado en el aire enrarecido por el estupor y el miedo. Cuando el chofer se levantó del asiento y caminó hasta el cajón vigilado todavía por el doctor que permanecía en cuclillas; los golpes retumbaban.

            —¡Rápido! Hay que abrirlo. —dijo el chofer.

           —¡Usted está loco!  —le contestó el doctor en el exacto momento que se escuchaba una voz ahogada.

El chofer corrió hasta la caja de herramientas y regresó con una llave cruz y un taladro con la determinación de abrir el ataúd. La viuda se desmayó y el médico tuvo que atenderla de inmediato. Respiraba con dificultad y se tomaba el pecho con ambas manos. El sonido gutural que provenía del féretro erizaba la piel del más valiente. Lo primero que hizo el conductor fue agujerear el cajón para que entrara aire. Un, dos, tres, cuatro, cinco los agujeros y los gritos espeluznantes. Un, dos, tres, cuatro, cinco las compresiones en el pecho y la voz ahogada. Mientras el médico hacía esfuerzos para reanimar a la viuda, el chofer hacía palanca con la llave cruz ayudado por otros. Finalmente abrieron el ataúd en el preciso instante en que el médico declaraba muerta a la viuda, que nunca supo que había dejado de serlo.

© All rights reserved Claudio Rynka

Claudio Rynka, nació en Buenos Aires. Estudio en la escuela pública, mientras tomaba clases de inglés, música y natación. Cursó en la UBA, la carrera de Farmacia y Bioquímica. A finales de los noventa, llegó a la Ciudad de Miami donde actualmente reside con su esposa e hija. Lector ávido, se introduce en el mundo de la literatura a través del circuito de bibliotecas públicas de la Ciudad de Miami. Es ganador del concurso de cuentos “Cuentomania” edición 2017

http://cuentomania.com/cuento-ganador-2017-el-vendedor-de-sombreros/

Convida con sus textos a Los Convidados Del Sábado, Taller Literario de la Biblioteca Pública De Miami Beach, al cual pertenece desde sus inicios.  https://www.lulu.com/en/ie/shop/jaime-cabrera-gonz%C3%A1lez/los-convidados-del-s%C3%A1bado/paperback/product-1kwyjvde.html

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