ZAPATOS EN LA NEVERA. Luis Molina

Aunque hacía algún tiempo que no la veía no me sorprendió ver su cabeza completamente rapada, tampoco el par de anillos de platino colgar del labio inferior. Nos tenía acostumbrados a los cambios extremos en una época que pintarse el cabello de azul o fucsia era una transgresión criminal. Esta vez, sin embargo, otros cambios más radicales habían transformado por completo la imagen punk y romántica y a destiempo y a la vez tan inocente que todos nos habíamos hecho de ella. Tan pronto quedamos solos le pregunté qué sabía de Roberto, el chico con el que se había ido a pasar unos días a Cartagena el último año de la carrera.

—Nunca más lo volví a ver —dijo sin siquiera pensarlo—, si no fuera porque regresamos a Bogotá juntos, diría que se lo tragó el mar.

Yo había escuchado varias historias sobre él, pero no las traje a colación. En realidad, lo utilicé para romper el hielo y poder entrar en sus recuerdos, en la comodidad que ofrecen las historias compartidas. También indagué por su madre, haciéndome completamente el desentendido.

—Sobrevive —repuso secamente.

Luego la invité a una cerveza y aceptó sin emoción. En lo que me tomó ir a la nevera portátil en la mesa de la cocina y regresar al mueble donde la había dejado, un grupo de la universidad la rodeaba con preguntas incómodas que ella no rehusaba responder, pero me pareció que la estaban quemando por dentro. Mi llegada fue prodigiosa, según lo reconoció después; la tomé de la mano y nos escapamos de la sala diciendo que iríamos por más cerveza al supermercado, la subí al auto y por primera vez aquella tarde la vi sonreír. Fue como si la hubiera besado porque experimenté una intimidad viva, como si todo hubiera vuelto a ser igual. Por supuesto, no fue más que una ilusión porque ni ella ni yo éramos los mismos y tan sólo por una casualidad del destino habíamos vuelto a encontrarnos. Ahora yo estaba comprometido y no parecía dispuesto a arriesgar la relación por una aventura cuyas satisfacciones sin embargo prometían ser retroactivas. Quise saber a qué se dedicaba. Me miró directo a los ojos demasiado tiempo y de repente supe que había hecho una mala pregunta.

—No quieres saber —dijo finalmente.

—Claro que sí —insistí.

Guardó silencio y yo también. No supe cuál de los dos se dejó embrollar primero en el vuelo de un avechucho solitario. Cuando había perdido la esperanza de continuar el hilo de esa conversación le escuché decir:

—Soy una timadora.

—¿Una qué? —pregunté asombrado como si no hubiese escuchado bien.

—Una ladrona profesional.

No sabía cómo responder a aquella declaración así que la única salida a semejante disyuntiva fue la risa sonora, la carcajada nerviosa. Tuve que disculparme al instante.

—Pierde cuidado —me dijo golpeándome el pecho con el puño—. Las pocas veces que he compartido este secreto siempre obtengo la misma reacción.

—Me imagino —respondí, siguiéndole el juego.

—Ahora tendré que matarte.

—¿Y qué robas? —pregunté entre risas.

De todo, pero ahora lo que más me atrae es el arte. Cuando empecé me interesaban las joyas finas, de colección, de ésas que se pone la gente que sabe mostrar con el dinero las sutilezas del poder: pendientes de diamantes, collares de perlas, brazaletes, anillos, por supuesto, eso sí —aclaró sonriente— nada de oro ni de colores estridentes.

—No sabía que el oro fuera un color estridente.

—¿No te lo parece? a mí sí, pero me cansé. Robar arte es más satisfactorio para el espíritu.

—No te creo —susurré al aire sin perderle mirada y guardando la esperanza de pescar algún gesto que la delatase.

—Podrás creerme el día que robes tu propio Botero.

—¡No!, digo que no creo que seas ladrona.

Sin dejar de echarme una mirada sacó de uno de los bolsillos laterales del pantalón bombacho una cajetilla de cigarros, extendió la caja para que yo tomara uno. Acepté el ofrecimiento. Desde otro de los bolsillos extrajo un encendedor de tapa cobriza y tambor de marfil en el que me pareció ver destellar la palabra Cartier. Levantó la tapa y con un grácil movimiento de manos me obsequió fuego. Aspiré fuerte. Ella hizo lo propio con el suyo.

—Tienes razón —dijo con un dejo de decepción—; mi vida es un dibujo mal trazado.

Esperé la aclaración completa en silencio.

—No soy más, y no te vayas a burlar, que una ilustradora de cuentos infantiles.

—¡Eso es extraordinario! —apunté emocionado—, siempre fuiste muy buena para el dibujo.

Volvió a reír mientras bajaba la mirada. Llegué a pensar que la había abochornado con los comentarios. No le di tregua:

—Todavía guardo uno de tus dibujos. Fue una caricatura que me hiciste hace unos años. Con ella vine a descubrir que tengo una nariz inusual y, como diría el crítico el primer año de labor, capturaste la esencia de mi rostro en aquel retrato esperpéntico.

—¡No me digas que aún guardas ese dibujo!

—Guardo eso y un poco más. Estaba enamorado de ti, ¿recuerdas?

A veces, soy consciente, puedo sonar como un verdadero imbécil. Pero me temo que no puedo hacer mucho al respecto más que intentar sobrellevar mis imprudencias.

—Por fortuna ya te has curado —anotó ella con dureza.

Odié ese comentario e incluso alcancé a odiarla por unos segundos. De todos modos, le respondí que eso creía y que quizá había visto alguno de sus dibujos en alguna parte.

—Quizá —se limitó a decir.

En algo no había cambiado del todo, había que estar de suerte para que proporcionara una respuesta completa, al menos satisfactoria. Ahí radicaba en parte el misterio acerca de ella. Nos fumamos el cigarrillo aspirando recuerdos, fue lo que yo hice y me solacé creyendo que ella me acompañaba en el mismo camino de regreso al pasado. Me fascinaban las tardes de sus llamadas telefónicas, aunque sólo fueran de tanto en tanto prescritas por algún ciclo secreto fuera de mi comprensión. Llamadas de voz dulce, preámbulos de un sexo intenso, aunque de poquísimas palabras, casi reducidas a “hola” y “nos vemos luego”. Por eso volví a tener la esperanza secreta de recrear por última vez el descenso silencioso al paraíso más cercano que había conocido a mis 22 años y que con total fidelidad ha quedado grabado en la historia personal de mis placeres. Nuevamente fue su voz la que interrumpió el estado de ensueño:

—Todavía no se ha publicado el primer libro con un dibujo mío.

—Lo siento —dije como si estuviera hablando de un funeral cercano.

—No, no es para tanto.

—Claro que sí —mentí—. Si ya me gustaban tus dibujos hace tantos años, puedo imaginar que ahora son pequeñas obras maestras.

Estaba haciendo demasiadas concesiones porque, ciertamente, no tenía la menor idea de la obra y tampoco soy un experto en arte. De todos modos, la mentirilla parecía surtir efecto porque ella buscó mi mano y la apretó por un instante.

—Yo sé que siempre estuviste loquito por mí.

Ahora era ella la que sonaba despidiendo un muerto. No quise interrumpir aquello que parecía una línea por largo tiempo pensada. Y para hacer justicia a la verdad nunca estuve enamorado de ella. Fue eso, sí “algo” intenso, pero no tan comprometedor.

—…y nunca te traté con la dignidad que hubiera querido ser tratada por alguna de mis parejas.

Era hermosa, aún conservaba los rasgos angelicales de quien parece que se entrega, cuando en realidad adelanta una agenda propia como amante. Debí haberle dicho que la perdonaba si por una vez más volvía a entregarse a mí.

—…tú eres la pareja más estable con la que he estado —suspiró como quien ha terminado de arrepentirse de sus infamias.

—¿Cuántos años duramos? —pregunté haciéndome el desentendido.

—Tres —dijo de golpe.

Fueron casi cuatro, pero no la corrijo; o bien olvidó la forma como empezó todo, en casa de Elena, o no está contando las veces que me buscó después de que decidiera que no volvería a verme porque se iba a casar. Como nunca la consideré mía, no volver a verla fue tan sólo otra de sus ausencias prolongadas. Con el tiempo me acostumbré a escuchar sobre ella y sus locuras: que había pedido la anulación del matrimonio justo después de la luna de miel porque su esposo nunca supo cómo calibrar su destreza oral, que se había vuelto grafitera en las estaciones de trenes en Astoria, New York, que había puesto un restaurante de comida vegetariana en Brooklyn, que se había vuelto a casar con un gringo estúpido aficionado al paracaidismo, que desde entonces se volvió aficionada a los deportes extremos, que había quedado viuda al año de casada, que había tomado unos cursos sobre tatuajes en Londres, que había vuelto a Bogotá e intentado reorganizar su vida, pero que la ciudad le parecía un nido de ratas provincianas porque el negocio de tatuajes no había prosperado por el simple hecho de que todavía era considerado como un arte de presidiarios en esas latitudes. Tantas cosas he escuchado sobre ella en los últimos años que entre nosotros había logrado convertirse en una leyenda. Por eso cuando Elena organizó esta reunión de egresados y nos dijo que todos, sin excepción, asistirían, tan pronto confirmé que ese todos la incluía a ella, empecé a fantasear con este reencuentro.

—¿Por qué nunca me pediste que saliéramos?

—No sé. Quizá me dio miedo que dijeras que no, y preferí tenerte aunque fuera una o dos veces cada mes.

—Tienes razón, entonces yo era una niña engreída que creía que todo lo sabía.

—Cuando te casaste con Roberto —me escuché decir— me maldije por no haber sido capaz de decirte algo. Y con los años, sencillamente, me acostumbré a la perdida.

No podía creer lo que acababa de decirle.

—Entonces —dijo ella con un nuevo impulso—, quizá sea bueno que te diga que varias veces me recriminé por seleccionar hombres equivocados, y en el recuento de mi lista secreta tú siempre sales bien librado.

—Eso es porque nunca compartimos como pareja algo más que una habitación.

—Es cierto —se defendió—, pero salimos a tomar y a bailar varias veces.

—Sí, aunque íbamos en grupo y yo no podía tomarte de la mano porque la persona con la que salías podía vernos. Además —me sinceré, aprovechando el impulso que da la sangre cuando se acelera—, nuestra relación no daba para esas cursilerías, siempre creí que me querías porque sabía mantener la distancia.

—Ahora que estamos diciéndonos parte de nuestras verdades, contigo yo fui libre. Aunque no lo creas soy una persona introvertida, así que cuando te visitaba era como si yo pudiera encontrarme conmigo misma, hablar de lo que me viniera en gana.

—Pero no hablábamos mucho en la cama —volví a reprochar.

—Quizá tengas razón, pero para mí aquello era como si tuviera tiempo para todas las conversaciones que las amistades y la familia no me hubieran permitido tener por semanas. Atención, que no estoy diciendo que pensara en otra cosa cuando teníamos relaciones, lo que quiero indicar es justamente lo contrario, no pensaba; era yo siendo, no queriendo ser, ni intentando ser. Cuando estábamos juntos, tener sexo en silencio era en mi caso el paraíso porque antes en mi vida había más ruido del que podía soportar.

—Ahora ya no importa —vuelvo a mentir—, han pasado demasiados años y ya no somos los mismos. Mírate, tienes dos matrimonios encima y si mal no estoy, ahora eres viuda.

Sonrío con el único propósito de suavizar la charla.

—¿Viuda? Suena como si tuviera cuarenta.

—La viudez siempre habla mal de una persona, pero en ti es como una bendición para los pretendientes esperanzados.

—Cada día menos —repuso entre suspiros.

—¿Y cuándo es el próximo matrimonio? —vuelvo a hacerme el tonto.

—Pasarán muchos años antes de que decida comprometerme nuevamente, creo que he aprendido mi lección.

—Las de ese tipo nunca se aprenden, créemelo.

—Ya lo he escuchado antes, pero es que además he decidido que yo soy mi mejor amante y por ahora he decidido que quiero mantenerlo así por algún tiempo, ya no tengo prisa.

La miré deseando que pudiera entender el mensaje velado e imposible de decir de otra manera que yo siempre estaría allí para cuando ella quisiera verme, como antes.

—Ya sé lo que estás pensando —repuso de golpe.

—¿Qué? —respondí nervioso, creyendo realmente en sus poderes psíquicos.

—Que he perdido el juicio o que no podré mantener mi propósito por mucho tiempo.

—¡Te equivocas! —me dispuse a decir sin mayores preámbulos y me sentí bien haciéndolo—. Pensaba en que me gustaría volver a tenerte en mi vida.

—¡Qué cute! —dijo propinándome un beso en la mejilla.

A pesar de sentirlo bastante cerca de la comisura de los labios lo acepté imperturbable.

—Tienes razón —se incorporó—, ya no somos los mismos. Ahora quiero poner los zapatos en la nevera y tomar el tiempo necesario para ver con claridad lo que la vida me tiene reservada.

Parecía una buena decisión. Sin pensarlo, la envolví con mis brazos y le di un fuerte apretón de despedida. Con frases cortas me ofreció disculpas varias veces y respondí a cada una con un abrazo más fuerte. Nos quedamos así un rato por completo olvidados del mundo. Luego me pidió que regresáramos a la fiesta donde debían estar buscándonos. Antes de arrancar el auto le di las gracias porque ya empezaba a sentir los efectos vitamínicos de aquella puesta al día con la vida y me pareció conveniente reconocérselo, decirle que todo ahora parecía más claro. Agradecí que no dijera nada y que sólo apretara mi mano y sonriera sin decir palabra. Durante el trayecto de regreso no hablamos. Pude notar que ella también había saldado una cuenta. Antes de bajarse del coche volvió a mirarme sin mencionar palabra, me regaló una sonrisa amplia con la que creí escuchar el tintineo festivo de las argollas en los labios.

 

© All rights reserved Luis Molina Lora

Luis Molina Lora nació en Barranquilla, Colombia. Es licenciado en letras de la Universidad del Valle. Obtuvo la maestría y el doctorado en la Universidad de Ottawa. Ha publicado la novela a cinco manos La sucursal del cielo (2002). También ha coeditado junto a Julio Cesar Pérez Méndez Doble E: nuevos escritores del Caribe colombiano (2015). Con Julio Torres-Recinos ha coeditado Retrato de una nube: primera antología del cuento hispanocanadiense (2008) y Las imposturas de eros: cuentos de amor en la postmodernidad (2009) y La cola del cerdo (2017).  Cloudburst, la versión al inglés de Retrato de una nube ha sido publicada por University of Ottawa Press en el 2013. Dentro del trabajo académico, además de publicar media docena de artículos en revistas internacionales, coeditó con Shanna Lino el número monográfico Tráfico y producción cultural: Trazas de una globalización fragmentada, para la Revista Canadiense de Estudios Hispánicos (2013). En el año 2015 Arte poética Press publicó para Estados Unidos el volumen de cuentos Las falsas mujeres de Gauguin. Es el ganador del Concurso Nacional de Novela Cámara de Comercio de Medellín 2019 y primer finalista del premio de novela Medellín Negro 2017. Es el director de la editorial independiente Lugar Común.

 

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