VOZ Y PRESENCIA DE OCTAVIO PAZ. Marco Antonio Cerdio Roussell

Este mes de marzo se cumple el centenario del natalicio de Octavio Paz. Frente a la evocación del poeta y la figura pública preferiría referirme al ensayista, ese conversador secreto que suele develar al lector detalles inesperados sobre su propia condición.

(Releo este texto un poco después de haberlo comenzado a redactar. Evidentemente la preferencia que tengo del ensayista sobre el poeta y la figura pública viene dada por el momento en que conocí a Octavio Paz. Mi generación, a diferencia de la del 68 y anteriores, no conocieron al Paz que se confrontó con el estado y que corrió el riesgo de asumir una serie de posiciones críticas frente a la monolítica opinión de la izquierda de la época. En mi caso, se trataba de un Octavio Paz en la cúspide del poder mediático, una voz que acompañaba presidentes y que terciaba entre hombres de trajes grises que aparecían en televisión. Más tarde, sus opiniones sobre las elecciones de 1988 y posteriormente el conflicto de 1994 parecieron enajenarlo aún más frente a los ojos de los jóvenes de ese entonces. Por supuesto, la lectura permitió conocer al verdadero Paz, el que se expresaba a través de sus escritos y no mediante entrevistas con Jacobo Zabludovsky).

Quizá el primer texto que salta a la memoria es  El laberinto de la soledad (1950). Este ensayo, culminación y síntesis de la indagación por lo mexicano que iniciaron figuras como Samuel Ramos, José Gaos y otros, sufre entre nosotros de una doble suerte: por un lado es ampliamente conocido y citado y por otro, pese a ser uno de los más leídos, se ha convertido en una lectura cuasi oficial, una lectura escolar que parece ser el prerrequisito necesario para pasar por culto en la esfera pública mexicana. Obviamente, el autor no tiene la culpa de este abuso, pero el mecánico afán de congelar la imagen proteica del escritor en una temática así sea tangencialmente del interés del mundo oficial mexicano, priva a los jóvenes lectores de conocer a un Paz que quizá podría resultar más próximo, más fresco y más revelador. Un ejemplo de lo anterior es “México y Estados Unidos: posiciones y contraposiciones” mismo que apareció en Tiempo Nublado (1983). En este texto el autor analiza con su particular profundidad los tremendos contrastes culturales entre los dos países norteamericanos. Sí, esa temática también se encuentra en el Laberinto, pero a diferencia de lo que sucede en ese texto, el Octavio Paz que se cuestiona sobre las asimetrías norteamericanas es uno que ya ha visto mundo, que ya ha ido y regresado de múltiples rupturas y que puede ofrecer a su lector una perspectiva más universal. Además, sus propuestas resultan profundamente sugerentes pese a ser escritas más de una década antes del NAFTA-TLCAN. Su texto no es un mero diagnóstico, es la exposición de un enigma barroco enfrentado a un diagrama contemporáneo, ambos circunscritos al mismo espacio y obligados al mutuo entendimiento.

(Nuevamente es una lectura a posteriori la que me revela porque tengo tanto aprecio por este ensayo de Paz. La disolución del entramado económico y social que servía de base a la hegemonía del Ogro Filantrópico resultó demasiado repentina, quizá aún para quienes la promovieron desde el mismo estado. Hoy mismo, el en aquel entonces denominado grupo compacto, el grupo del exsecretario de Programación y Presupuesto Carlos Salinas de Gortari, sigue confrontado y recriminándose respecto a los alcances, las responsabilidades y los efectos indeseados de la transformación que generó ese gobierno. Sin embargo, algo tengo que agradecerle a Paz: cuando el optimismo y la propaganda eran el pan de cada día, él continuaba ofreciendo ideas, perspectivas realistas con las cuales ir matizando o  atemperando el optimismo oficial. La importancia que daba en sus ensayos a la identidad, a la serie de procesos y eventos que sustentaban las contradicciones de este país que por un momento se soñó en la antesala del primer mundo, estaban ahí en letra impresa a despecho de la imagen, quizá a despecho de cierta confianza que ya en La llama doble parecía volver sobre sí y dar pábulo a una nueva crítica).

Con todo, el Octavio Paz que yo prefiero es el que hizo de la reflexión y la crítica de arte uno de sus más apasionados objetos de estudio. Las peras del olmo (1957) con su recopilación de opiniones críticas sobre la poesía y la pintura mexicanas es una de las lecturas más estéticamente formativas que se puede hacer. Ahí, Octavio Paz devela el movimiento y la imagen del arte mexicano, ya sea a través de la imagen o la palabra. Los hijos del limo (1974) resulta por su lado una reflexión capital sobre la poesía, en mi caso, un libro iniciático nunca cerrado a la relectura

(Efectivamente. El Paz más empático, el Paz que logra llamar la atención sobre obras, lugares, personajes y pasajes de la historia que parecen estar ahí frente a todos, pero que no percibimos sino es hasta después de leer sus ensayos, es el que habla sobre arte y cultura. Igualmente es el Paz menos leído fuera del ámbito académico.)

Los último ensayos de Paz, La llama doble (1993) y Vislumbres de la India (1995) representas dos esfuerzos diferentes por compartir con el lector la experiencia de la otredad. Por un lado, a través de la indagación de la naturaleza del sentimiento amoroso y lo erótico, un texto que semeja un viaje a una provincia desconocida de la vida común del hombre. Por el otro, la visualización de una cultura completamente diferente a la mexicana, un otro con el que no se tienen aparentemente puntos de contacto y que, por lo mismo, revela las excentricidades y singularidades de la propia cultura.

(Al final Paz está remontando los juicios sumarios de que fue y es objeto. Sin la figura de poder, con la posibilidad de generar nuevas lecturas y nuevos reconocimientos a través de su obra, el escritor mexicano se va convirtiendo por derecho propio en nuestro gran clásico, un mexicano que logro ser universal y que queda como asidero, ante la constante degradación del espacio público mexicano y global. Quizá Octavio Paz le resultó difícil de comprender a la generación a la que pertenezco porque creímos que nos daba respuestas que no queríamos. Es ahora cuando reflexionamos sobre su constante hacer preguntas. En cierta forma, nadie ocupa ahora su lugar en la esfera pública y aquellos con quienes en determinado momento tuvo desencuentros (Fuentes, Monsiváis, etc.) también dejaron sitiales vacíos. No queda más que la lectura para encontrar un interlocutor posible de este México a veces tan vacío del día de hoy).

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Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

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