VOLVER A OLGA OROZCO. Luis Benítez

Sus ojos verdes y agudos se abrieron en la finca familiar, en Santa Rosa de Toay, de la provincia argentina de La Pampa, el 17 de marzo de 1920, y la dolencia cardiovascular que padecía se los cerró definitivamente en el Sanatorio Anchorena -en la calle Dr. Tomás de Anchorena 1872- a pocas cuadras de la que entonces era mi casa, el 15 de agosto de 1999. Un mes antes la habían internado al detectársele una afección circulatoria y le realizaron un by-pass, aunque fue en vano.

Entre ambas fechas  se deslizó la misteriosa existencia de Olga Nilda Gugliotta Orozco, una de las mayores poetas de mi país. Si bien Olga y yo no teníamos una relación tan asidua como la que me reunía seguidamente con Enrique Molina  (1910-1997), Francisco Madariaga (1927-2000), Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983) o Elizabeth Azcona Cranwell (1933-2004), cada vez que nos veíamos la vieja magia de la amistad poética resurgía, tal como si hubiésemos conversado el día anterior. Para mí, cuando era un poeta joven con apenas dos libritos publicados en la década de los ’80, conocer a “la Orozco” -ya toda una institución dentro del olimpo y del hampa literaria de Argentina y de igual modo figura más que reconocida fuera de nuestras fronteras- se inscribió como un momento importante, pero lejos estaba de imaginarme que con las medianas reiteraciones de nuestros encuentros, escuchando sus opiniones vertidas con su singularísima voz grave, prestándole atención a sus consejos, ella me enseñaría sobre el género bastante más de lo que ya conocía como lector, mucho más de lo que suponía yo saber y entender. Es que Olga, como Enrique, como Francisco, como Raúl y Elizabeth, eran gentes que no hacían diferencia -cada uno a su manera, eso sí- entre letra y vida. No solamente escribían algunas de las mejores páginas del género, sino que vivían lo que escribían. Una peculiaridad que, con el fin de siglo que se los llevó, parece haber desaparecido junto con ellos.

 

En el paraíso de la infancia

Tal es el significado, en la lengua araucana, de Toay. Ubicada a 11 kilómetros de la capital provincial, en la década del ’20 no era ni mucho menos la ciudad presente, con sus 13 mil habitantes. Nacido el poblado en torno de un fortín (1) que todavía se conserva como patrimonio histórico, la localidad era conocida por la calidad de las aguas de su manantial cercano, pero contaba menos de treinta años desde su fundación.

En una de las tantas parcelas en que estaba dividido el futuro ejido de la ciudad, al despuntar el siglo pasado vino a establecerse don Carmelo Gugliotta, agricultor y propietario de campos también en las localidades pampeanas de Quehué y Naicó. Ex capitán en la Eritrea italiana -donde se destacó en la defensa de un fuerte al frente de solo 17 reclutas- vino a la Argentina en una misión y terminó quedándose en ella, afincándose en el interior. En  Toay, donde comenzó a alzar su casa-quinta, de casi una manzana de extensión, con amplios graneros y plena de árboles frutales, frente a las vías del ferrocarril, este siciliano de Capo d’ Orlando, casado con la argentina Cecilia Orozco, también se dedicó a la explotación de los espesos montes de caldén (2) que por entonces cubrían buena parte de las inmediaciones, abundantes en médanos y barridas por fuertes vientos.

Como les sucedió a Enrique Molina y también a Francisco Madariaga en sus infancias provincianas, el mundo mágico de la primera edad en la montaraz Toay dejó impresa para siempre su huella en Olga Orozco, quien en su obra poética retornará una y otra vez a esa sinfonía de visiones indelebles. No en vano, cuando décadas después ella ya era una de las mayores poetas latinoamericanas, en una entrevista periodística, cuando le preguntaron cómo era crecer en Toay, Orozco contestó que era “contar con la eternidad”: Una alquimia donde el panorama exterior se transforma en el paisaje interior del autor. Esta experiencia de lo maravilloso es lo que resume la poeta en una de sus dos obras en prosa: La oscuridad es otro sol (Editorial Losada, Buenos Aires, 1967).

La casa de la infancia de nuestra poeta no solamente se conserva, sino que se ha convertido en un museo que alberga muchos objetos que le pertenecieron, donados por la familia. Ello incluye su fiel máquina de escribir, una Olimpia Splendid 33 que Olga tecleaba solo de mañana y siempre sobre sus rodillas, así como su biblioteca personal, que suma 4.500 ejemplares. Sita en la Avda. Regimiento 13 de Caballería Nº 1102, la Casa Museo Olga Orozco -inaugurada como Casa de la Cultura “Olga Orozco” el 9 de julio de 1994, todavía en vida de la autora- puede ser visitada en diferentes horarios según la temporada (ver: https://sitio.lapampa.edu.ar/index.php/cultura/museos/casa-museo-olga-orozco). Don Carmelo la terminó de construir recién en 1906, mucho antes del nacimiento de su célebre hija, que hasta los ocho años de edad la recorrió y la vistió de magia en compañía de sus dos hermanas. Aquel trío de niñas había sobrevivido a la desaparición de un par más, producida antes del nacimiento de Olga, y padecerían también la muerte de Emilio, único varón de la familia y estudiante de medicina, fallecido de tuberculosis a sus 19 años, cuando Olga cumplía sus cinco. En una época en la que no existían los antibióticos, nuestra poeta estuvo a punto de morir de meningitis, con solo un año de edad; la misma afección que se había llevado a una de sus hermanas. Según contaba Olga, en aquellos tiempos la meningitis infantil era sinónimo de una muerte segura y ella, con 41 grados de fiebre y los ojos en blanco, fue salvada por una curandera del lugar, llamada doña Encarnación Díaz, quien le aplicó un extraño tratamiento “hidroterápico” repitiendo una y otra vez: “Del Infierno al Cielo, del Infierno al Cielo…”. Todo esto sucedió en una casona donde cada tarde se rezaba el rosario, de acuerdo con el fuerte sentimiento religioso de doña Cecilia, la mater familias.

 

Rumbo a la poesía

Aunque el ex capitán italiano se esmeró en traer a sus establecimientos paisanos sicilianos duchos en las tareas agrícolas y el manejo de aserraderos, pasando él mismo más de la mitad de cada mes en sus campos, tras un período de notable prosperidad su emprendimiento quebró y le quedó apenas un obraje en Ucal, cerca de Bahía Blanca, en la Provincia de Buenos Aires. Corría 1928 y los Gugliotta se mudaron entonces a la citada ciudad de Bahía Blanca, donde nuestra poeta cursaría los primeros dos años de la escuela normal, pues deseaba graduarse como maestra.

Contando Olga 15, su familia se traslada a una casa de la calle Carlos Calvo, en Buenos Aires, donde culminaría sus estudios docentes, para ingresar luego en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La capital argentina le depara otros cambios a la autora: el reencuentro con el ya entonces novel escritor Miguel Ángel Gómez (1911-1959), entonces estudiante de Derecho, cuya familia era una antigua conocida de los Gugliotta. Es con Gómez que Olga comienza a dar a leer sus primeros poemas, recibiendo del amigo de la infancia consejos, orientación y más tarde el acercamiento a otros autores que comenzaban a publicar sus obras. Asimismo, en la Facultad de Letras Olga conoce y trata a otro de sus mentores, Daniel Devoto (1916-2001), quien posteriormente se convertiría en un folclorista, musicólogo, medievalista, crítico literario y escritor de peso propio, así como uno de los más íntimos amigos del célebre Julio Cortázar (1914-1984). En esa etapa, teniendo 17 años, Olga contrae enlace matrimonial con Gómez, relación que se rompería cinco años después, cuando nuestra autora se enamoró apasionadamente de otro de los grandes autores de la poesía argentina: Enrique Molina. Las idas y vueltas del romance, que se prolonga con intermitencias en el curso de los años posteriores, han sido tratadas en profundidad y detalle por el poeta argentino Jorge Boccanera (1952) en su volumen La Pasión de los Poetas (Ed. Alfaguara, Buenos Aires, 2017, ISBN 978-950-511-783-3), lo que nos exime de explayarnos al respecto, dado que para los fines de este artículo constituye un aspecto complementario, que solamente referimos porque se relaciona con la historia de la protagonista.

Volviendo al final de la década del ’30, señalemos que contando 19 años Olga publica su primer poema, el titulado Sombra, en la revista Peñola, emprendimiento de un grupo de estudiantes de Letras que solo alcanzaría a editar tres números entre 1937 y 1939 y cuyo secretario de redacción era Devoto. Firma como “Olga Gugliotta Orozco” justamente en la última edición de la revista, correspondiente a junio de 1939 (Año 1 – Nº 3). De igual manera rubricaría su segundo poema publicado: Árbol de niebla, esta vez en la revista Canto (Nº 2, agosto de 1940, dirigida por su esposo), para pasar luego a firmar tal como la conocimos.

 

La generación poética del ’40

Las consideraciones respecto de esta generación poética en Argentina, a la que pertenecen Orozco, Molina, y muchos otros poetas que han dejado una impronta importante en el género local, son muchas veces divergentes, sino antagónicas, y no porque el estudio de las características de la poesía del período sea particularmente abundante, rasgo común y que se extiende a otras de las que componen el continuun del género en Argentina. Para críticos de la talla de Graciela Maturo (1928): “Los poetas del ´40, entre los cuales se hallan algunas de las voces más altas de la poesía argentina, expresan una elegía personal y grupal ante la caída de los ideales y la destrucción de Europa. (…) En el comienzo de una nueva Guerra Mundial se hizo evidente para los jóvenes poetas el desgaste del juego estético, la novedad ingeniosa, la ingenuidad filosófica y el humor saludable. En todos ellos asomaba una pregunta metafísica, una generalizada inquietud religiosa y, en consecuencia, un retorno al humanismo tradicional, de la mano de algunos maestros de la generación anterior, especialmente Molinari, Marechal, Girondo, Juan L. Ortiz, Horacio Rega Molina. (…) Otro rasgo de esta generación poética es el hallarse integrada por poetas provenientes de distintas regiones argentinas, y el integrarse en revistas de Buenos Aires y del interior del país. Los nombres de Miguel Angel Gómez, Olga Orozco, Enrique Molina, Daniel Devoto, Alfonso Solá González, Eduardo Jorge Bosco, María Granata, Luis Alberto Ruiz, Ana María Chohuy Aguirre, Manuel Castilla, Ana Fabani, María Adela Agudo, Raúl Galán, Mario Busignani, Alberto Ponce de León, Juan Rodolfo Wilcock, José María Castiñeira de Dios, León Benarós, Miguel Etchebarne, Alberto Themis Speroni, hablan a las claras de la riqueza y variedad de estos grupos” (3). En tanto, otros estudiosos del fenómeno, como Eduardo Romano (1938), señalarán aspectos negativos, particularmente en aquellos poetas pertenecientes al período que fueron definidos como “neorrománticos”: “iluminación garcilacista del mundo, propia de un momento de auge imperial, no de crisis y sometimiento, los muestra (a los poetas de la generación de 1940) en la desnudez de su artificio. La Argentina sin sombra, jerárquica, ordenada, que cantan no es la que viven, sino otra, a cuya evocación mendicante se dedican. Para ello les sirve un modelo inmediato, maestro en este tipo de escenografía: el Carlos Mastronardi de Luz de provincia, poema en el cual recurre catorce veces a la palabra luz. (…) El motivo de la infancia ha sido reconocido como relevante en esta poesía. Es en verdad la contraparte del sentirse arrojados en un mundo que los aplasta sin que tengan medios, o los busquen, para enfrentarlo. La infancia es otra señal de seguridad en su camino hacia atrás. (…) Pero la infancia es, sobre todo, la dimensión del mundo resuelto, organizado por los adultos para que el niño se limite a incorporarse. Esta seguridad absoluta, que ellos persiguieron, denodados, nunca más nítida que en la niñez. De ahí la recurrencia y la importancia del motivo. (…) Visión rígida del mundo natural, cuya fuerte coherencia interior pareciera indicarnos que nada fue dejado al azar, borrando así la inquietante presencia de lo imprevisto…” (4).

Se adhiera a una u otra postura (ambas muy simplificadamente expuestas aquí), la historia de la poesía argentina nos muestra a repetición -como también sucede en otras regiones del género- que entre los integrantes de una generación dada apuntan en tales y cuales autores los gérmenes que darán cuerpo y obra a los postulados de la generación siguiente y, a este respecto, es de señalar que tanto Orozco como Molina, si bien correspondientes por las fechas de publicación de sus primeros poemarios a la camada poética del ’40, harían evolucionar sus poéticas personales en los ’50 no solo para obtener sus voces propias, sino para influir con ellas de modo poderoso entre los poetas que vinieron después, en tanto que otros de sus compañeros generacionales amarrarían sus producciones a los formatos y los alcances logrados entre 1940 y 1950.

Retornando al despunte poético de nuestra autora, es en la animada redacción de Canto que se relaciona y es conocida por muchos de los nombres brindados por Maturo en la cita que reproducimos anteriormente, los principales animadores de la generación a la que pertenece Orozco. Aunque todavía faltaban algunos años para la publicación de su primer libro, ella se involucra más y más en el bullente mundillo literario porteño, lo que lleva a Eduardo Mallea (1903-1982), influyente narrador, ensayista, académico y diplomático de la época, director del suplemento cultural del matutino argentino La Nación desde 1931, a interesarse en nuestra autora. Mallea hace publicar obras de Orozco en el diario, anticipando tempranamente la amplia y reiterada ocasión en que obras suyas, a través de décadas, poblarían las páginas de este medio periodístico y cultural, del que ella sería asidua colaboradora ya en su madurez.

Son años difíciles para el mundo y también para los Gugliotta: el curso de la II Guerra Mundial impide discernir qué rumbo tomará la historia; la Segunda República Española ha sucumbido bajo un nuevo y sangriento dictador, Francisco Franco, y en la esfera doméstica de Olga, su padre, ya muy mayor, en 1940 ha caído bajo una parálisis que se prolongará hasta su fallecimiento en 1945. Carmelo Gugliotta, ex capitán del ejército italiano, agricultor y empresario, no verá la aparición del primer poemario de su hija.

La desastrosa caída de la República Española obligó a cientos de intelectuales opositores al régimen franquista a tomar la ruta del exilio, en una verdadera diáspora de talentos que llevó a unos por un rumbo y a otros por otros; entre aquellos que recalaron en Buenos Aires, en los ’40 estuvo Rafael Alberti (1902-1999), quien no demoró en insertarse en la vida cultural de la capital porteña. En cierta velada, el gran poeta andaluz se interesó en leer los ejemplares de Canto y Peñola que alguien le acercó y dictaminó que de los autores en ellas publicados, los poetas eran dos: Olga y Enrique Molina. El editor Gonzalo José Bernardo Juan Losada Benítez (1894-1981), también presente en la reunión, al escuchar los dichos de Alberti exclamó,  dirigiéndose a Olga: “tu primer libro lo publicaré yo”. Corría 1945 y la prometida edición se demoró un año más: así nació para los lectores  Desde lejos, la primera edición de Olga Orozco.

 

La poesía de Olga Orozco

Temible y aguardada como la muerte misma / se levanta la casa. /No será necesario que llamemos con todas nuestras /  lágrimas. / Nada. Ni el sueño, ni siquiera la lámpara.” Este fragmento del poema La casa, que integra Desde lejos, ya muestra algunos de los elementos que desarrollará hasta alcanzar su máxima intensidad nuestra autora, en obras posteriores. El clima de ensoñación que no evita lo siniestro, la múltiple referencia a la infancia y sus paisajes externos e internos, el sensible paso del tiempo, los temores y los presagios, el mágico llamado del absoluto y la otredad, dan sus primeros pasos de papel en esta obra, pero lo hacen con pie firme y bajo una mano ya segura. Vertidos por Olga en una forma que también le será característica, el poema extenso y de largo aliento, tan propio de la poesía latinoamericana.

Seis años separan a su entrega inicial de la segunda, Las Muertes (1952), porque la poeta era de escritura copiosa, como la mayoría de los grandes autores lo son, pero al igual que gran número de ellos, poseía una acerada capacidad de  autocrítica y selección, así como el don de aferrarse a una implacable corrección de sus propios textos. Ella, que solía escribir sus poemas a máquina, luego corregía una y otra vez, a mano: le hizo gracia que yo la llamase en cierta ocasión, con corto ingenio y atrevidamente para la poca confianza que todavía había entre nosotros, “la Flaubert de Barrio Norte”. En los 17 poemas que componen Las Muertes, Orozco trabaja uno de los temas centrales de la poesía a través de sendos personajes literarios, acrecentando el registro lírico que ya es señalado en su trabajo anterior.

En un bar que Orozco recordaba como La Fantasma, en 1958 conoce a Alejandra Pizarnik (1936-1972), una poeta veinteañera que ya acusaba la autoría de un poemario: La Tierra Más Ajena (1955) y entre ambas se establece una amistad duradera e inquebrantable, que se extiende hasta el mismo suicidio de la Pizarnik, a comienzos de los ‘70.

 

Horóscopos, viajes y poemas

Por aquel entonces, la maestra normal que nunca desempeñó el magisterio había tenido distintas ocupaciones, entre ellas como secretaria en el sello Fabril Editora, prestigiosa casa que dio a prensas títulos y traducciones hoy bien buscados por la calidad que caracterizaba a su nutrido catálogo, y fungiendo como  crítica teatral para la Radio Municipal. Inclusive se desempeñó como actriz durante un período, encarnado el personaje de “Mónica Videla” entre 1947 y 1954 y trabajando en Radio Splendid como parte de un elenco que dirigían Héctor Coire y Nydia Reynal. Muy pronto, la poeta comenzaría a colaborar en medios periodísticos, como la revista femenina Claudia, de Editorial Abril, donde bajo el seudónimo de “Valeria Guzmán” respondería el abundante correo sentimental de dicha publicación. Los heterónimos de Olga Orozco, en los impresos donde colaboró, fueron muchos: “Elena Prado” y “Carlota Ezcurra” cuando firmaba notas sociales y de cuidado de niños; “Sergio Medina” si se ocupaba de notas técnicas y del espectáculo; “Richard Reiner” cuando el tema era el esoterismo; “Jorge Videla” si abordaba el tango, y “Valentina Charpentier” si la tópica periodística eran los viajes o las biografías. Pero el seudónimo más famoso de cuantos empleó fue “Canopus”, para redactar la sección astrológica del diario Clarín, entre 1968 y 1974, los conocidos “orózcopos”, como los llamaban humorísticamente sus conocidos.

Ella había contraído matrimonio por segunda vez, con el arquitecto Valerio Peluffo, en 1965, y se iniciaba con ello una época signada por una gran estabilidad emocional y plenitud creativa, matizada por reiterados viajes al exterior, otra de las grandes pasiones de nuestra autora. Entre los ’60 y los ’90 da a prensas lo mejor de su obra poética, en la que se destaca la voz tan personal que le otorgan títulos como Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984) o Con esta boca en este mundo (1994). Su obra, traducida abundantemente al francés, inglés, italiano, alemán, rumano, portugués y japonés, no deja de ser objeto cada año de numerosos artículos críticos, investigaciones y papers en congresos y simposios literarios.

Un interés de especialistas y lectores que no se agota y que define la vigencia de esta extraordinaria poeta argentina, ya un clásico perdurable del género en la lengua castellana.

Es posiblemente la ya nombrada poeta y crítica literaria Graciela Maturo (5) quien con la mayor exactitud describió el tipo de poesía que aportó Olga Orozco a nuestra tradición en el siglo XX: “Es característica temprana de la autora, cierta ilación gramatical que permite la inteligibilidad: nexos sintácticos que van eslabonando preguntas, afirmaciones, dubitaciones. Sin embargo no todo es tan claro en su poesía, que hace lugar a la actividad inconsciente, imaginaria. En el discurso aparentemente racional se hilvanan imágenes, metáforas y asociaciones no racionales ni explicables, que dan al poema cierto grado de oscuridad y ambigüedad, acorde con la ruptura de los mecanismos lógico-racionales. Estamos lejos del lenguaje poético como desviación de la norma (Jacobson), o como desviación provocada, (Jean Cohen). La poesía de Olga Orozco fluye como un lenguaje pleno, creador, hecho de luz y sombra. Sus metáforas -como en general las de los cuarentistas- no son -apelando al lenguaje aristotélico- diafóricas sino epifóricas, es decir tienen su arraigo en el mundo de la vida, son imágenes de fuerte significación simbólica y no frutos de la invención sorprendente. Como dice Jan Mukarovsky, la poesía es el lenguaje que rompe con la rutina, deshumanizante y alienante, y vuelve a instaurarse como lenguaje verdadero. Octavio Paz, colocándose como también lo hemos hecho nosotros en el extremo opuesto al de la lingüística moderna, llega a afirmar que “en el poema, el lenguaje recobra su originalidad primera, mutilada por la reducción que le imponen la prosa y el habla cotidiana”. Paz afirma que el poema es unidad de sonido y sentido, pero el sonido también es sentido, aunque no fácilmente racionalizable. Esto es una novedad si se considera que para ciertos lingüistas el sonido es la parte no significativa del lenguaje (confunden significación y concepto, en vez de reconocer que existen significaciones afectivas, imaginarias, volitivas). Todo en el poema significa, en un plano o en otro. La poesía de Olga Orozco moviliza una dinámica asociativa que relaciona el mundo sensible con realidades apenas vislumbradas. La mente entra en el goce de la libertad asociativa, amplía sus alcances. Según René Menard, lo que el poeta descubre a través de la metáfora es la estructura íntima de la realidad. Se asocia lo que es parecido pero también lo diferente. Jean Edeline señaló la tendencia progresiva a la anulación de los comentarios, que se manifiesta plenamente en la metáfora surrealista. Cuando mayor el grado poético, menor la posibilidad de explicar.”

 

Obras de Olga Orozco

Desde lejos (1946)

Las muertes (1952)

Los juegos peligrosos (1962)

La oscuridad es otro sol (prosa, 1967)

Museo salvaje (1974)

Veintinueve poemas (1975)

Cantos a Berenice (1977; con ilustraciones de Martino, 2015)

Mutaciones de la realidad (1979)

La noche a la deriva (1984)

Páginas de Olga Orozco (antología, 1984)

En el revés del cielo (1987)

Con esta boca en este mundo (1994)

También la luz es un abismo (prosa, 1995)

Relámpagos de lo invisible (antología, 1998)

Eclipses y fulgores (antología, 1998)

Últimos poemas (2009)

El jardín posible (antología, 2009)

Poesía Completa (2012)

 

 

NOTAS

(1)Fortín: Fuerte de pequeñas dimensiones, provisto de rústica empalizada y una torre de observación, que en tiempos de la lucha contra los pueblos originarios se erigía en diversos puntos de la Argentina.

(2)Caldén: Prosopis caldenia, árbol endémico de la Argentina que puede alcanzar los 12 metros de altura, cuya madera dura y compacta posee una notable resistencia y perdurabilidad, antiguamente muy empleada para fabricar postes, muebles, pisos, vigas, etc. El caldén es propio de suelos áridos y arenosos y su fruto es comestible.

(3)Maturo, Graciela. Olga Orozco (1ª Parte). Una poesía adentrada en el corazón, en: http://www.generacionabierta.com.ar/notas/33/orozco.htm.

(4)Romano, Eduardo; Becco, Horacio, y Giordano, Carlos. El 40. Editores Dos, Buenos Aires, 1965.

(5)Maturo, Graciela, op. cit., ver nota 3.

 

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